Canción tropical

Palmas sobre las palmas, verdes sobre los verdes,

pájaro de cantos y hechizos, la maleza que oculta espectros

bajo los dientes filosos de sus ramas,

un sol que nunca penetra, lunas de sombra inagotable

ocultando un mundo bajo las hojas secas,

mundos sobre los árboles,

mundos sobre sub-mundos, verdes los tropicales

cosmos de criaturas hambrientas, heridas abiertas

de perversa naturaleza alimentándose sin piedad.

 

Tristeza sobre la tristeza anuncian en sus cantos las aves

verdes de tropicales nostalgias y verde sobre verdes plumajes,

aquí nada se explica y nada se ama y rabiosa se alimenta la existencia

sin esperar nada, temiéndolo todo, niebla constante y etérea

cual delirio de embriagante realidad.

 

¿Escuchas las criaturas cazar, huir, respirar… temer?

¿Sientes la resina de los arboles arder?

¿No vez acaso, ciego de ti, ignorante de tu instinto, de tus prístinos sentidos, curiosos ojos levitar sobre el oscuro follaje, escudriñando el misterio de tu especie para luego decidir fatal tu destino? 

 

Muerte sobre la muerte, la ignota penumbra bajo las palmas

habitante de todo, dueña de cosmos, cobija de la única esperanza,

amarga verdad, dulce mentira, la muerte caliente y húmeda suspira

en cada piedra, en cada helecho, en cada cause bestial de ríos

y golpe de tormenta, la madre resignada que asesina y furiosa

renueva el ciclo vital.

 

Verdes que cubren los trópicos, densa la neblina sobre las cumbres

verde se quiere, verde se llora, verde se lamenta, sombra sobre las sombras

salvaje se vive y se mata, salvaje se alimenta la araña, la serpiente y el caimán

salvajes cantan las aves y los monos, salvaje ruge el jaguar

salvaje la mantis devora la inocencia y salvaje el venado busca clemencia

salvajes los salvajes somos bajo esta noche tropical.

 

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Ciudad Serpiente

A la ciudad donde nací… Cancún. 

 

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En esta ciudad imaginaria,

las calles se bifurcan contrariadas de todo sentido,

no lo tienen, no lo buscan y continúan

renuentes un trazo confundido, nunca recto.

Su centro de caracolas marinas, suerte de casas

en contornos circulares,

entre camellones de almendros y framboyanes,

entre sinfonías de trinos a media tarde

y una húmeda ventisca de coral, se asemeja

-en armoniosa discordancia-

a un perfecto nido de serpientes.

 

En esta ciudad abstracta 

las palmas agachan sus coronas

en reverencia sacerdotal

y las huellas en la arena duran

lo que dura el desembarco de nuevos habitantes.

La central ruge a diario y el aeropuerto también.

Las avenidas se alargan de cansancio,

de nuevos avatares por venir 

y Kukulcán reposa su mirada de tarde, rosácea,

sobre las palmas agachadas.  

 

Mi casa -en este lugar de piedra-

se ubica donde las iguanas son de jade

y los mangles verdes de vida

y anidan particulares sueños y pesares.

Está donde las gaviotas reclaman nuevos soles.

La isla donde amanece un mar y anochece una laguna.

Mi casa se alza en dunas de pioneros recuerdos,

el primario palpitar de una ciudad nacida sobre ruinas

y que adormece acalorada y tibia.

 

Es la tempestad -vientos de secular sabiduría-

el molde de sus brazos, de sus líneas,

es la lluvia traslúcida viajera su agonía,

el llanto de un ardor que no cesa,

cuando los montes se alejan, cuando su selva se quiebra

y cruje.

Es la tempestad azul brasa, melancolía,

un grito ahogado de nostalgia, y el anuncio

de modernos horizontes.

Un prisma multicolor que crece, fecundo,

en su interior de madreselva,

-trémulo vientre-.

Y un aeropuerto sigue rugiendo,

una central que efervesce, grandes avenidas hirvientes

cuál venas la abastecen sin cesar.

 

En esta ciudad

El mono ya no aúlla sobre sus ramas,

ni el curioso venado merodea las periferias.

Nuevos trinos le despiertan, otros los aullidos,

nuevas huellas marcan su alfombra lodosa y hueca.

Otros vástagos le habitan y susurran.

En esta ciudad de antiguos ecos,

mi casa está donde la brisa,

donde el puente cruza verdes y reptiles universos

y la muerte tiene un sabor a sal.

Nací serpiente…

de un nido que tiene por techo mil soles y lunas,

por sótano el inframundo y un cocodrilo guardián.

 

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Cattie Coyle Photography