Espejos… micro historias de racismo

—Con la señora de la casa, por favor.

—Yo soy la señora de la casa.

Fue la risueña pero contundente respuesta de una mujer —a mis ojos— de aspecto humilde y que no correspondía como la propietaria de la “residencia” a la que yo acudía. A mis 17 años laboraba como animador en un show infantil y de los clientes que nos contrataban no conocíamos más que sus voces, hasta el momento de realizarse el evento, claro está. Fue así como conocí a la señora Pasos, empresaria exportadora de carnes que habría hecho fortuna junto a su esposo a partir de una pequeña carnicería. Grande mi sorpresa y penosa lección la que tuve que tragarme frente a la señora empresaria, quien respondió con una sonrisa y la más digna bienvenida a su bellísimo hogar. Asumir es probablemente el primer paso en un acto racista (consciente o inconsciente), todos asumimos a primera vista y nuestra interacción a posteriori deriva de esa primera impresión. ¿Pero de dónde surgirán nuestros preconcebidos estereotipos, imaginarios de lo que desconocemos pero creemos distinguir?

Distinta fue la experiencia con otra cliente de abolengo yucateco, quien nos sugirió pedirle a los personajes (botargas) no interactuar con las muchachas (nanas)… “Pensarán mis hijos que pueden jugar con la gente de servicio”, advirtió. Resultan interesantes las variopintas creencias, prejuicios, inseguridades, costumbres ¿y por qué no? incluso miedos con las que tenemos que lidiar día con día. Las de los que nos rodean y las propias, una amalgama de enseñanzas, experiencias, recuerdos, imposiciones, educación y, por supuesto, los medios de comunicación que a diario utilizamos. Hoy más que nunca resultamos ser un cocktail de la más sofisticada mixología psicosocial para pesar de los psiquiatras.

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Controversial fotografía de una acaudalada familia colombiana para la revista Hola

Y es que todo se complica cuando no sólo cargamos con nuestros prejuicios, sino con los de nuestros padres, familia, amigos, vecinos, redes sociales y vaya usted a saber de quien más. Que si los prietos, que si los güeros, los nacos, los fresas, gordos y feos; apelativos sobran y se filtran como el agua sobre la tierra blanda —y para colmo fértil— hasta formar parte de nuestra idiosincracia, que a la palestra, pueden ser términos ampliamente discutidos pero con innegable conexión cultural y profundo arraigo en el vocabulario, vaya, parte ya de nuestro subconsciente. La industria de los términos peyorativos crece hasta volverse incluso marcas, peor aún, ideologías… los chairos contra los fifís (en México) resultó la maquina de división ideológica perfecta para una campaña electoral que culminó en una presidencia sobre un país acentuadamente dividido.

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La serie Made In México (Netflix) buscaba retratar la clase alta mexicana

Whitexicans: Término (compuesto por dos neologismos anglosajones “white” y “mexicans“) utilizado de forma humorística y sarcástica para definir a los miembros de la élite blanca mexicana, que generalmente muestran orgullo por lo mexicano en el extranjero pero adoptan actitudes clasistas y racistas dentro de su país.

Tengo que confesar que crecí usando casi todos los términos aquí mencionados, incluso realmente creyéndome el dogma de las diferencias sociales como ejemplo de vida y en consecuencia, un nido de aspiraciones y expectativas ajenas que en su mayoría no corresponden a una realidad tangible. Un espejo empañado por lo espeso de un vapor ficticio que nos impide ver nuestro real rostro, su color, la mezcla de nuestros rasgos mostrándonos la alquimia de nuestras múltiples herencias étnicas y el inmenso árbol genealógico que nos antecede, que a su vez, enriquece nuestro mapa genético. Las ideas preconcebidas vienen y van, pero una imagen nítida frente al espejo —nuestro ADN— se impone ante los convencionalismos sociales contándonos la larga historia de nuestra piel, su recorrido por todos los continentes y lo profundo de sus raíces. No se puede huir de la certeza científica, son más nuestras coincidencias que lo que visualmente pueda diferenciarnos (rasgos fenotípicos); nos guste o no, somos hijos de un mismo ramal. Y precisamente, al no existir “las razas humanas” en la realidad biológica, el “racismo” solo se justifica en el mundo como una compleja construcción histórica-social; una especie de código estructural para el entendimiento de las civilizaciones y nuestro lugar en ellas.

Pero volvamos al principio, el mío: “Ya llegaron los catrines” decía mi abuela adoptiva cuando mi hermano y yo llegábamos a su casa —¿racismo a la inversa?—. Más allá de la sangre, nunca aceptó la diferencia entre nosotros y sus nietos biológicos, de rasgos marcadamente indígenas y modales diferentes. Jamás logré encajar del todo con mi “otra familia”, pero yo siendo apenas un niño no entendía mucho de distingos. Era complicado entender como pase de ser el morenito del colegio privado, a el clarito en la escuela pública. Al final, crecí creyéndome atrapado en una especie de limbo, ni de aquí ni de allá. La tez de mi piel resulta ambigua a los ojos de muchos; demasiado claro para ser moreno y demasiado moreno para ser blanco. Recuerdo incluso desesperarme al llenar formularios porque no sentía encajar con el término “moreno”, cuando yo —según los demás— era “moreno claro”, y el segundo adjetivo por alguna razón era importante.

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En México, según el INEGI, la tez de la piel influye de forma sustancial en la vida de cada uno de sus ciudadanos, desde las relaciones personales hasta la vida laboral. La discriminación —directa o disimulada— es una constante en un país que evita hablar del racismo como problema central. Pero los datos son duros y arrojan certeza sobre la mesa, México es un país profundamente racista y le cuesta muy caro. La movilidad social en las últimas décadas está prácticamente estancada y los resultados de las estadísticas explican la compleja realidad para una población mayoritariamente mestiza e indígena. Cosa sería, si agregamos la multiplicidad de aspectos objeto de discriminación; que van desde el color, el acento, la lengua, la apariencia, el físico, la religión, la identidad sexual, el nivel socio-económico y la educación, ésta última casi siempre consecuencia directa de las anteriores. Las probabilidades de ascenso económico-social para una persona de aspecto indígena son nimias, pero a los mexicanos —por indiferencia o mea culpa— nos encanta hablar de lo mexicano como un espectro homogéneo de igualdad racial, invalidando en nuestro imaginario la raigambre del racismo en nuestra cultura general. Ni la mexicana es una cultura homogénea ni somos una nación mestiza; argumento que bien pudo ayudar a la construcción de una identidad en tiempos post-revolucionarios (La raza cósmica, Vasconcelos) pero obsoleto en una actualidad enfrentada a problemáticas propias del desarrollo y sus variadas ideologías. De ahí que se recupere el racismo y la discriminación como tema de debate en últimas fechas, pero sin claros compromisos en la agenda gubernamental, interesada más en retóricas divisorias como generadoras de votos. Tampoco los culpo, resulta una estrategia fácil y obvia (y ampliamente repetida en la América Latina) ante una población socialmente resentida. Argumentos como el de la pigmentocrácia reducen considerablemente la complejidad del tema y sus dimensiones en la sociedad. El racismo como tal puede ser el factor primigenio de discriminación en México, pero su evolución a lo largo de nuestra historia como nación independiente multiplica sus alcances y sus componentes.

“La herramienta más importante en las manos del opresor es la mente del oprimido”… Steve Biko 

En su ciudad natal a mi madre le apodaban “la gringa”, siendo ella güera y de ojos claros aunque siempre vestida a la usanza de las niñas tehuanas; de trenzas, guaraches y largas naguas. En su adolescencia la terminaron casando con un joven de familia, de costumbres distintas y que con frecuencia la denostaba por ser —en su machista apreciación— una mujer ignorante y hasta por haber sido criada por una indiapero dicen por ahí que “más rápido cae un hablador que un cojo”, o como dice mi madrecita santa, “nunca escupas para arriba que en la cara te puede caer“. Al correr de los años y como un capítulo más de la mitología homérica, mi padre terminó casándose en segundas nupcias con una mujer de ascendencia indígena y que además era doméstica en la casa de su madre. ¿Ironía de la vida? puede ser ¿comprobación de las leyes kármicas? lo ignoro, pero misteriosos son los caminos del señor diría mi muy católica y espantada abuela.

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La imagen de Yalitza Aparicio (Vogue) puso en relieve el interiorizado racismo mexicano

¡Maldita india! le grité con el mayor de los corajes a Felipa, la muchacha de servicio de mi casa que me respondió con una bofetada cuando me negué a ayudarle lavar el baño. Aún desconozco de donde sacaría yo tal frase, no era mía, no podía serlo habiendo yo crecido en el seno de una familia diversa. De ahí lo peligroso del racismo, se esconde en nuestro interior como un virus silencioso sin que podamos darnos cuenta, que nos cuesta reconocer pero que habita en cada uno de nosotros, invariablemente. Por ello de racismo historias nos sobran. Crecimos siendo racistas y siendo sus propias víctimas, nadie escapa, desde el más rubio hasta el más oscuro. Aún hoy me descubro siéndolo y acepto ese rasgo como parte de mi, lo reconozco; tengo que hacerlo y por ello intento describirlo con ejemplos personales. Ayer hablaba pestes de los migrantes mexicanos que toleraban la constante discriminación como forma de vida a cambio de un ilusorio american dream, pero ¿que creen? ahora yo soy uno de ellos, parte de una estadística y de una lucha que no comprendía en la comodidad de mi país natal. De nuevo, el karma es cabrón y me ha tocado tragarme el orgullo atendiendo gringos que se burlan de mi acento, por ejemplo. Así las cosas.

—Creo que se burlaban de ustedes.

—¿De nosotros? ¿Por qué?

—Decían que seguro están buscando una Green Card.

Y en un bar Gay de Seattle… ¡de ese tamaño! dos hombres blancos homosexuales en la ciudad paradigma del progresismo (como mentarle la madre al cura en plena misa, pues) se burlaban de nuestro origen, ¿el pecado? hablar español. Resulta hasta cómico tomando en cuenta que el amigo que me acompañaba es ciudadano americano de tercera generación. Pero eso a los prejuicios poco le importa, la meta es crear una diferencia, marcar la sana distancia donde uno pueda dirigirse al otro desde la altura de un pedestal (ya sea moral o social) con el falso orgullo que brinda la certeza de que jamás serán iguales. ¡Y jamás lo seremos! es un hecho, pero nuestras diferencias no implican en ningún caso una desigualdad. Reconocer nuestras diferencias genera suspicacias cuando se sobreponen valores agregados. El nacer blanco, rico, pobre, con un aspecto o capacidad especifica es circunstancial y no debería determinar —en el más utópico de mis delirios— un valor factorial frente a otros individuos. Aunque las circunstancias sociales nos dicten otra realidad.

Aporofobia (rechazo a la pobreza) es el termino que acuña Adela Cortina, catedrática emérita de ética y filosofía política de la universidad de Valencia, quien nos explica el matiz que marca la diferencia en trato que se brinda a los migrantes, donde el extranjero turista es bienvenido mientras se discrimina de forma negativa al resto; ¿la causa del rechazo? la pobreza.

—¿De dónde eres?

—De Cancún

—¡Que padre! yo soy de Merida

—¿¡En serio!? ¿Cómo te llamas?

—Angel ¿y tú?

—¿Angel, qué? yo soy Enmanuel Arjona, mucho gusto

—Gonzalez, Angel Gonzalez.

Y así nos presentamos mi compañero de trabajo (supervisor) y yo, tan casual como intrascendente a no ser por un detalle, o dos: semanas después descubrí, a través de una lista de asistencia el nombre completo de mi supervisor, que por alguna razón me habría ocultado su primer apellido, ¿la razón? un apellido maya. ¿Pero por qué ocultarle a un subordinado y en un país extranjero, además, la procedencia de uno? Resultaría ilógico si no fuese por que él sabía que yo sabía las connotaciones sociales de los apellidos mayas en la península yucateca. Capítulo aparte en la historia mexicana y con una “guerra de castas” de por medio. Puedo entender incluso su omisión; para mi era común ver niños avergonzarse de sus apellidos en mi infancia y común era también burlarnos de su pronunciación. Empero, existe otro detalle; mi insistencia en saber precisamente su apellido, costumbre muy arraigada (y fea) de saber, primero el origen racial, y después el social. De donde vengo los apellidos son asunto de importancia y pueden determinar completamente el ascenso (o caída) de un individuo. A diferencia del resto de México, términos como”mestizo” marcan una profunda connotación indígena, usualmente usada de forma condescendiente, mientras el termino “criollo” (si, aún se usa) de origen colonial se utiliza para marcar la europea procedencia, y con ello probablemente la “clase social” —nada medieval el asunto—. Todo esto me resultaría cómico de no ser porque son experiencias personales, donde mis prejuicios y los de los que me rodean han moldeado parte de mi personalidad, para bien o para mal, el racismo forma parte de mi cotidianidad.

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“Es un estilo de vida, una conciencia de clase”, dice en una entrevista Guadalupe Loeza, autora de Las Niñas Bien. A mi parecer, una pequeña verdad envuelta en una gran falacia; se puede tener un estilo de vida, arraigadas costumbres y modales definidos pero ¿no es la conciencia de clase el pedestal que recrea una artificial desigualdad? “Con la clase se nace” suelen justificarse algunos, “aunque la mona se vista de seda, mona se queda” dicen los más atrevidos, pero no hay dicho ni frase —o no la he escuchado aún— que tire al piso la superflua necesidad de separarnos en tan básicos estereotipos, nuestro ingenio no parece llegar a tanto.

En la actualidad, radicar en los Estados Unidos como un inmigrante hispanoamaericano implica enfrentarte constantemente a los fantasmas sociales de los que muchas veces huimos en nuestro país de origen. Pueden cambiar las formas pero el trasfondo racial-cultural continua en nuestras diarias interacciones. En primera instancia, el estatus legal es el factor más influyente, aunque no determinante. El acento (lo “correcto” de nuestro español), la vestimenta (apariencia en general) y hasta el neighborhood en que habitamos es materia relevante para nuestro nuevo retrato social. No es lo mismo vivir en zona de “blancos” que en zona de “latinos”, y de “negros” ni hablamos. Como tampoco es lo mismo para una mujer latina estar casada con un gringo, que con un europeo o —¡que tragedia!— con un latino. De ahí la persistencia de costumbres arcaicas en el “país de las libertades”, por ejemplo; utilizar el apellido de casada (solo en caso de ser extranjero, obviously) que para muchas mujeres (hombres inclusive) resulta vital.

En conclusión; resulta imperativo darle al Racismo la merecida importancia, no solo como objeto de estudio antropológico, sino como un factor determinante en nuestras vidas, desde que nacemos hasta el final de nuestros días. De ello depende nuestro ascenso social y económico como individuos y naciones, donde las retóricas modernas preconfiguran un futuro diverso y multicultural. Latinoamerica debe asumir su origen étnico-cultural junto a su convulsionado pasado. La riqueza americana estriba en la diversidad de sus habitantes, sus lenguas, culturas y cosmovisiones. Hablar de la América indígena o la europea por separado resulta ambiguo cuando somos resultado de ambas y precisamente en la reconciliación de ambas visiones se podría manifestar nuestro porvenir.

Hasta aquí está columna y…

#GreetingsFromSeattle

 

 

Relatos de mis múltiples infancias

Capítulo 4 – El niño que se hacía pipí

……..

—¿Ya se levantó el meón? Todos los días es lo mismo contigo… ¡Pinche chamaco nalgas meadas!

Al final, la madre optó por colocar bolsas negras de basura entre la cama y las sábanas, una situación incómoda y ruidosa para el callado niño «¡hacerse pipí tan grandote, que vergüenza!» pero sobre todo, una situación humillante.

En ocaciones, cuando el niño dormía en su hamaca, su madre ponía jergas de tela en el piso justo debajo, en esa curva convexa que el peso de su pequeño cuerpo creaba. Prefería dormir ahí, suspendido entre una nada que lo hacia mágicamente invisible, mirando entre los pliegues de la hamaca el reducido mundo que significaba su habitación, y desde esa perspectiva sentirse protegido.

Le gustaban los peces y todo lo que viniera del mar, sobretodo las elegantes formas de los tiburones, los coches de juguete y las muñecas ¡no! las muñecas no podían gustarle. En su cumpleaños numero cinco tuvo cinco piñatas con diferentes formas de peces, posteriormente llegaron los dinosaurios de todo tipo, incluidos sus favoritos los cuello-largo. Una colección de carritos Hot Wheels con todo y pista de carreras, vaya… ¡hasta un aeropuerto! Algunos años de abundancia Santa Claus y los Reyes le dejaban toda clase de juguetes Playmovil, y otros menos afortunados, ropa. Pero las muñecas seguían sin poderle gustar, entonces se las arreglaba para crearlas con playeras o trapos amarrados a la mitad por cordones y calcetines. Jugaba por horas escapando en una especie de realidad alterna, imaginándose subir una escalera blanca envuelto en un vestido azul —como el de Aurora con largos cabellos castaños y gigantes ojos verdes como los de su madre. Soñaba ser poseedor de la extraordinaria belleza de la princesa triste, atrapada en su palacio y aguardando el beso del príncipe, que a veces —en su mente— era su vecino Betoo su compañero de clases Miguel AngelCon Tatiana, la primera de sus grandes amigas, se ponían juntos los tacones de su mamá. La bisutería no podía faltar ¡perlas por aquí y diamantes por allá! mientras él, usaba una playera en la cabeza como pelo y se lo ponía de lado para verse más coqueto. Un par de años mayor, usaba a sus sobrinas para jugar juntos a las modelos, a la oficina, a la casitaSe encerraban en su habitación para producir animadas pasarelas con faldas de toalla, vaporosas capas de sábana o elaborados y finos vestidos de edredón. Imaginación no faltaba y el callado niño entretejía historias paralelas en las que él, seguro de si mismo, era quien deseaba ser.

……..

La princesa está triste… ¿Qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa,
que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
La princesa está pálida en su silla de oro,
está mudo el teclado de su clave sonoro,
y en un vaso, olvidada, se desmaya una flor.

……..

—Su hijo es muy callado, y muy bien portado.

—Si, es muy tranquilo.

Pero esa tranquilidad en el fondo inquietaba, lo suficiente para llevarlo al psicólogo en varias ocaciones. Así, pasó de tal vez ser medio autista o incluso retrasado, a tener déficit de atención. No era común ver a un niño jugando solito con las hormigas, hojeando páginas de libros que apenas podía leer o simplemente quedarse sentado observándolo todo sin emitir ruido alguno. Pero ante todo, no era ni común ni grato que continuara orinándose noche tras noche. En efecto, era un niño “rarito”, de cuerpo “menudito”, de expresivos ojos oscuros, delgados labios y una ocre tonalidad de piel. Coronado por una abundante cabellera que solía esponjarse como algodón de azúcar. Sus manos alargadas delataban cierta delicadeza, y siempre derechito —como soldadito— recuerdo de una abuela casi militar. Captar la atención no era la mayor de sus cualidades, cuestión que acarreaba la necesidad de tragarse sus infantiles frustraciones, que no eran pocas. Algo sucedía en su mente, algo le inquietaba, cosas revoloteaban en su cabeza que lo distraían del mundo, que lo desconectaban de su realidad. No racionaba al ritmo de los demás, los niños a menudo lo aburrían y el salón de clases era un continuo infierno. En síntesis, él no era normal, pero tenía que intentar serlo, por su madre, por su padrastro, por sus amigos y maestros de la escuela y por todos los que lo veían con ojos de condescendencia, esa maldita expresión de lástima que debería quedar prohibida a la vista de los niños. O tal vez no, ¿quiénes seríamos ahora sin nuestro sinuoso pasado?

……..

¡Ay!, la pobre princesa de la boca de rosa 
quiere ser golondrina, quiere ser mariposa, 
tener alas ligeras, bajo el cielo volar; 
ir al sol por la escala luminosa de un rayo, 
saludar a los lirios con los versos de mayo 
o perderse en el viento sobre el trueno del mar.

……..

En algún momento el niño de nuestra historia se rindió, guardo sus alas de cuento y las ocultó, preciosas, en un cajón secreto de su viejo ropero. Decidió intentar adaptarse a las circunstancias que lo rodeaban, decidió no ser más un pez, tampoco una princesa, no sería más un ave ni un rey oriental, tampoco el poeta de su libro favorito. Ya no quería pensar, porque pensar era lo único que sabía hacer y ello implicaba preguntárselo todo, y preguntárselo todo implicaba parecer estúpido. Los niños listos no preguntan tanto, lo asumen y solo piensan en jugar; corren sin miedos, hacen travesuras y se divierten como enanos con otros de su especie… mala suerte. Entonces, nuestro niño aceptó cabizbajo su destino, sería él condescendiente con el resto, aceptaría sus reglas y aprendería lo que se es normal, la conducta adecuada. Se ocultaría bajo la máscara temprana de quien se sabe diferente y tiene que pagar el precio. El telón del teatro se había abierto.


Resulta interesante lo fácil que es olvidarnos de nuestra infancia, por lo menos de lo que por alguna razón evitamos recordar, nos referimos a la niñez como algo ajeno, que ya no nos corresponde y desde esa insana lejanía intentar educar a nuestros hijos. Resulta irónico que en la misma dimensión en que de niños ocultamos lo que nos avergüenza, de grandes continuamos avergonzándonos de ese niño triste que —en mayor o menor medida— todos fuimos, y terminamos por abandonarlo en lo más recóndito de nuestra psique. Por miedo a reconocernos quizás, a conmovernos de nuestro infantil pasado, a sentir lástima de nosotros, sin darnos cuenta que, ese niño sentado en aquella esquina requiere nuestro abrazo, ahora más que nunca, nos necesita. 


Hoy el niño de nuestro relato ya no se hace pipí, dejó de hacerlo poco a poco hasta los trece, coincidiendo con la propia aceptación de sus diferencias y re-valoración de su intelecto. Ya no más bolsas de plástico entre las sábanas, ya no más burlas, ya no más “el meón”, “el tonto”, “el raro”, “el joto”, ya no más. La inteligencia es un rasgo que abruma a quien la posee y asusta a quienes la asimilan como un aspecto más, habitamos un mundo donde se romantiza las ficticias cualidades del corazón y resta las de la mente. La madurez infantil suele ser desvalorizada por una irracional tendencia a tratar al infante como una sub-raza a la que hay que disciplinar y amoldar al reflejo de nuestras propias aspiraciones, olvidándonos de nuestro pasado y extrapolando complejos propios de la adultez. Hoy nuestro ahora niño-adulto a vuelto a ser princesa, pero también es príncipe, tiene algo de mago, de artista y ya no teme enfrentarse a su sueño de poeta. Pero sobretodo, le gusta recordar, dolerse de nuevo, reconocer todo aquello que lo une a su pasado y darle gracias a ese pequeño niño por ser tan fuerte, por aguantar, por seguir adelante en su meta de vivir y no desaparecer entre selectivas memorias.

……..

—«Calla, calla, princesa —dice el hada madrina—;
en caballo, con alas, hacia acá se encamina,
en el cinto la espada y en la mano el azor,
el feliz caballero que te adora sin verte,
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,
a encenderte los labios con un beso de amor».

— Fragmentos de Sonatina, Ruben Darío

……..

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Capítulos anteriores  ⇓

https://milenguanativa.com/2017/08/20/el-refugio/

https://milenguanativa.com/2018/01/09/nunca-te-fuiste/

https://milenguanativa.com/2019/05/14/relatos-de-mis-multiples-infancias/

On the Hill

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Yo vivo sobre una colina, de esas que solo adviertes como tal desde la lejanía, porque quedaron atrapadas en la voraz mancha urbana que todo lo cambia, lo desfigura, lo moldea; llamémosle ciudad. Pero no me mal entiendan, la modernidad implica cambios a menudo traumáticos, también los hay terribles y algunos otros, como en el caso de esta colina, encantadores. Desconozco como sería su aspecto doscientos o trescientos años atrás, pero su aspecto hoy nos invita a recrear historias en cada esquina, incluso a vivirlas más allá de nuestros complejos y prejuicios. Aquí todos son lo que son o lo que aspiran a ser sin temor al desafío social tan normalizado en el interior de las grandes urbes.

Capitol Hill es el nombre de la colina cuyo tema nos ocupa hoy, un barrio de contrastes permeables en cada calle. Modernos edificios conviviendo pared a pared con otros de victorianas ventanas. Las antiguas mansiones, cual palacetes, se dejan ver aún desde las calles arboladas, tras sus jardines impecables y columnas moldeadas cien años atrás. Hombres con alas rosas desfilan por la calle Pine, junto a mujeres con estrambóticos atuendos y cabellos fluorecentes y en la esquina con la calle Melrose, un hombre de aspecto desnutrido arrastra una sabana sucia y larga, la misma que cada noche se convierte en su casa. Sobre la calle Broadway, a la altura del tren ligero, los múltiples cafés abren sus puertas (casi todas con una bandera multicolor) a sus cafeinómanos clientes; exóticos aromas de Colombia y Africa los despiertan, —no se puede vivir sin un buen café por la mañana— se dicen, vestidos con sencillos pantalones de dormir combinados con gabardinas de quinientos dólares y un corte de pelo impecable. Por la tarde, la oferta gastronómica domina los apetitos, y las carteras. Ensaladas para los healthy, menús especiales para los intolerantes al gluten. Desde México, Argentina, la India, Tailandia, cortes de Australia y sabrá Dios de que tantos otros rincones del mundo, variedad es lo que sobra y no cabe pretexto para no gastar —me disculpo— degustar un buen plato de comida.

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Foto de Lindsey Wasson/The Seattle Times

Unos lo llaman el barrio bohemio, otros el barrio gay, el barrio de los artistas o el barrio de la diversidad, aunque sus precios en rentas no sean precisamente diversos, siempre hay quien se las arregla para vivir su sueño seattleite en el barrio de moda. Así, por las calles, desde las más elegantes en North Capitol Hill hasta las más ruidosas como la calle Pike, se ven desfilar verdaderas diversidades, ricos y pobres, hippies y hipsters, intelectuales e intelectualoides, artistas, activistas, amazonians y todo el intrincado sistema de castas de la comunidad LGBTTTIQ. Todos caben aquí, aunque sea de visita si no puedes pagar su alquiler, todos te ven con naturalidad, nadie te cuestiona, nadie se espanta, es un código… está prohibido. Por la noche la ciudad muta, y nuestra colina, acostumbrada a los reflectores no puede quedarse atrás. Regresamos entonces al circuito de las calles Pine y Pike, ambas ruidosas, estrafalarias, estimulantes, un hombre toca su batería en la esquina del Poquito’s sin camisa y con una cabeza de caballo en la suya propia, su rostro no se le ve, no es necesario, la anécdota queda impresa en nuestras mentes transeúntes. Tres mujeres de color serio y expresivas redondeces hacen twerking en la entrada de algún antro, no recuerdo el nombre ¿importa? la memoria es selectiva y reserva los hechos más llamativos; hombres altos y corpulentos se acercan, ellas continúan, el hechizo parece funcionar. Pero la noche es larga, segundo a segundo una historia nueva, una luz de sirena policiaca tratando de custodiar lo que sabe que no puede, porque la noche no tiene ley, no debe. La entrada del R-Place se llena de gente queriendo entrar, súbditos de un reino en el que aspiran escalar en moda, en fama, en belleza… ¿quién se llevo al más guapo de la noche? ¿quién triunfo con el último éxito de Queen-B? Dos calles abajo soplan otros vientos, más promiscuos y directos, bath-houses a la vista de todos, pero que ofrecen en su interior la secrecía buscada, lo furtivo de un roce, de una mirada en pasillos de puertas que se abren al compás del deseo.

Entonces lo entiendes, es un barrio distinto, sin mucho sentido pero con auténtico sentido de comunión. Solo así me explico un café para amantes de los gatos, donde puedes jugar con ellos en una habitación mientras tomas un té de flores silvestres. Iglesias con banderas de la comunidad gay y dispuestas a refugiar a quién lo necesite. Un huerto comunitario frente a un Starbucks, y dentro, dos hombres sucios frente a la chimenea calentándose antes de la ronda habitual, no tienen para un café, todos lo saben y nadie los molesta. En el Anderson’s Park, una familia asiática se cruza frente a otra latina, se sonríen en complicidad y extranjero apoyo. Una pareja de hombres pasea a su perro, este persigue los patos del espejo de agua y la mujer sentada enfrente sonríe antes de retomar su lectura. Mientras tanto, en el otro parque rodeado de elegantes residencias, dos señoras corren ataviadas en caros atuendos deportivos mientras en los baños públicos, posiblemente, el esposo de alguna de ellas mantiene una sesión sexual con algún universitario. Pareciera ser una pequeña ciudad dentro de otra, más bien una burbuja, si, una burbuja —¿inmobiliaria?— fue la sensación que me dio la primera vez que vine. Aún recuerdo cruzar ese puente sobre la apabullante autopista que divide a Capitol Hill del centro de la ciudad, aún recuerdo sentarme en los pilares del pequeño parque de la entrada y sentir que estaba en otro cosmos, fue así que decidí vivir aquí —y a toda costa— tener mi espacio en la colina… on the hill.

Y bien, mis estimados lectores, se preguntarán a que viene tanta apología de un barrio como muchos otros en otras más grandes y posiblemente interesantes ciudades, pero es que para un migrante como yo, la nostalgia pega fuerte y ahora que decido mudarme, siento que dejo una pequeña patria, y que como cuando dejé mi México, dejo algo de mi en ella. La razones son diversas como el mismo Capitol Hill, pero me duele dejar de ver desde mi ventanal las muchas historias que a diario caminan, bajo un fondo de antiguos ladrillos y moderno cristal.

Hasta aquí esta columna y…

#GreetingsFromSeattle 

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De lengua me como un taco

Ya han pasado poco mas de seis años y aún me encuentro inexorablemente atrapado en un proceso de adaptación cultural que, dicho sea de paso, me resulta gracioso. Y es que éste país se las arregla para mantenerme surprised a ratos, nostálgico en otros, pero entretenido… siempre. Aún me resulta imposible evitar la odiosa comparación entre mi vida aquí y la otra, tan diferente en México. Tampoco es que la diferencia en la paridad peso/dólar ayude. Pero la realidad se antoja mas compleja y abarca desde los más básicos detalles como; beberte una Coca Cola que no te sabe a Cola, hasta la necesidad de acostumbrarte a un idioma que no es «era» el tuyo.  Un día décadas atrás en un arranque de narcisismo mezclado con un toque de lucidez, cierto famosísimo pintor español anunció que nunca regresaría a pisar México, ya que; «no soportaba un país mas surrealista que sus pinturas». Y viniendo de un extranjero no me extraña, pero cuando es uno el extranjero «mexicano» viviendo en los United’s, la cosa cambia mi chato. 

Y probablemente se preguntarán, mis curiosos lectores, ¿cuál sería la primera diferencia a notar viviendo en los Estados Unidos? La respuesta además de fácil resulta obvia, la lengua es por mucho no solo el primero de los cambios, sino el más dramático. Porque no solo implica una sustitución del idioma a utilizar de forma genérica, sino además una deformación en nuestra propia lengua materna, la cual se ha visto dotada —muy a pesar de sus más conspicuos defensores— de transformaciones lingüísticas, gramaticales, fonéticas, ortográficas, semánticas, entre muchas otras “¿atrocidades?”. La lengua parece evolucionar a través de sus hablantes advirtiendo nuevos enfoques en el empleo de la misma. Resultando en el surgimiento de lo que muchos consideran, incluso, un dialecto nuevo. Pues ni tan nuevo, y es que resulta interesante de lo que uno se entera al indagar la historia del spanglish. Entonces te caen veintes que ni por asomo imaginabas, por ejemplo; que data de mediados del siglo XIX, cuando México pierde más de la mitad de su territorio frente a la naciente y expansiva potencia americana. Ya desde entonces los pobladores empiezan por adaptarse a un proceso de transculturación que hoy día continua. Incluso, se sabe de términos en spanglish que han dejado de usarse desde principios del siglo pasado, y con ello, se demuestra no solo la evidente y constante evolución de un sistema de comunicación único en el mundo, sino de una necesidad implícita derivada de una migración que no frena —y no tiene para cuando—. La diáspora latinoamericana parece no encontrar paragón en los tiempos contemporáneos; aunada a los muchos diferentes contextos sociales, históricos, políticos y religiosos que la rodean, nos ubicamos sin lugar a dudas frente a un interesante cocktail social y cultural tan embriagante como explosivo.

Como observarán, el temita lleva harta tela y no me alcanzarían ni los dedos ni las ganas para abordarlo por completo, pero si abundar en la importancia de estudiar un fenómeno de largo alcance y de muchas implicaciones geopolíticas en la todavía región económica más importante; Norte America. Hay un gran debate en ciernes, no hay duda de ello, y la moneda pareciera estar en el aire a favor de la comunidad latina. Imposible no estarlo cuando es Estados Unidos el segundo país hispanohablante de la tercera lengua del mundo, ¡ahí nomás! Imposible no prestar atención frente al crecimiento de una comunidad que exige, pero que aporta. Los Estados Unidos no serían lo que son sin los territorios antes mexicanos y sin la enorme diversidad étnico-cultural que posee. Sin embargo, es notable —desde mi punto de vista— la poca cohesión social que existe entre las diferentes comunidades raciales. Y hasta aquí una cuestión en la cual me es imposible evitar otra odiosa comparación. 

En México, por ejemplo, es visible la sincretización racial, social y cultural que se dio en épocas del virreinato y después, frente al opuesto sistema colonial de la entonces “en pañales” nación americana, misma que no sólo «no» impulsó una mezcla en sus diferentes poblaciones, sino que dichas diferencias permearon hasta nuestros días, dando lugar un país de enorme diversidad, si, pero de muy poca unidad. Con esto no quiero decir que en los temas —o problemas— de identidad racial son ajenos a la América Latina. Pero es un hecho que en el país del American Dream, se cuecen aparte. 

Algo que llamó fuertemente mi atención es la imperante necesidad del sistema americano por identificarte constantemente de forma racial, religiosa, sexual, lingüística, etc. Me parece no solo estúpida dicha manía tan incisiva, dando pie a los comunes estereotipos, sino el hecho de no contar con una justificación racional para ello. Pero en un país obsesionado con los datos y estadísticas termina por ser el pan de cada día. Así, pasamos a acostumbrarnos a la idea de tener que identificar a cada rato y en cada formulario —ya sea escolar, medico, laboral ¡vaya! de lo que sea— tu origen o procedencia, como si mi cara para ello no bastara, o tal vez mi aspecto nórdico —pero de la península yucateca— pudiese levantar suspicacias. 

Pero volviendo al tema de la lengua, y porque de lengua me como un taco, aún me parecen increíbles los miedos y complejos que la llamada lengua de Cervantes suscita entre algunos, muchos ciudadanos americanos… de los güeritos, pues. Parecieran no aceptar o comprender el país en el que viven ni su real composición. Pero, a decir verdad, poco o nada pueden hacer frente al desbordante número de 60 millones de hispanohablantes que habitan, trabajan, sueñan y se desarrollan diariamente en español. Parecen no entender el inevitable —y si muy necesario— debate lingüístico del que se ha evitado entrar a toda costa desde el congreso. Tarde o temprano, será la exigencia de una población con cada vez mayor presencia y un peso político-económico decisivo. Entonces, preparémonos mentalmente para un futuro similar al de tantas otras naciones lejanas e incluso vecinas como Canadá, donde coexisten oficialmente tanto el Ingles como el Frances. Que decir de algunas naciones europeas con hasta cuatro zonas idiomáticas distintas, pero todas oficiales. Tal parece que en ésta y muchas otras materias de vanguardia social, los Estados Unidos se quedan cortos de miras; algo impropio de la denominada primera democracia del mundo. 

En fin, es interesantísimo el choque cultural entre dos países que además de vecinos, poseen una historia común y un enlace comercial fortísimo: anécdotas hay para dar y repartir, pero para ello tengo que refrescar la memoria. Los invito a seguir leyendo mis impresiones en un país maravilloso, si, así lo creo, pero también de muchos contrastes. Y después de tanta verborrea ustedes preguntarán ¿Que tiene todo esto de positivo? Pues por mi parte, que llegué a vivir a un país del cual no creía su mentado sueño americano, pero entendí, y ahora lo comparto, que si es un país de grandes oportunidades; están ahí, a la espera de gente emprendedora y con los pies en la tierra, sin miedo a aprender y adaptarse a una cultura que, puede no gustarnos, pero es la que es, la que hay y la que nos da. 

Sigo sin creer en el sueño americano, pero al parecer, no me hace falta a mi ni nadie con la suficiente audacia. Hasta aquí ésta columna y…

#GreetingsFromSeattle

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Mural de la Segunda Avenida en Belltown, Seattle, WA.

Relatos de mis múltiples infancias

Capitulo 3 – LA CASA DE LAS BUGAMBILIAS 

Ya no están las bugambilias; en mi antigua casa ya no están junta a la barda que nos separa de la del vecino ni alrededor del arco de la entrada, las preciosas bugambilias de mamá. Ni los teléfonos de hojas verdes gigantes enredados en los protectores de las ventanas. El patio ahora luce solo un triste gris de concreto y en él ya no cabe posibilidad alguna de rescatar mi pequeña caja de secretos, enterrada en el pasillo del antes jardín; con mis tesoros. La casa luce más chica y reducida. Los ladrillos rojos de la cocina parecieran haber mutado de color y la luz ya no entra igual por la ventana de la sala. Ahora me parece una casa hecha para enanos, ¿Cómo pude crecer aquí pensando que mi casa era la más bonita del barrio? ¿dónde están los muebles? ¿dónde mi alto librero? ¿A dónde se fueron todos? Este ya no es el que solía ser mi hogar.

De las bugambilias nunca descifré cual era su color. No eran rojas ni moradas ni violetas, eran más bien de un rosáceo indescifrable, aunque ya no importa por que ya no están. Se erguían en la entrada vanidosas, frívolas del intenso color de sus flores, sabiendo que eran las únicas en varias calles a la redonda. Una en especial era alta y en forma de arco, llena de espinas pero muy bien escondidas entre el verdor de sus tallos, de forma tan discreta, que no advertías aquella doble personalidad.

La casa se ubicaba sobre la calle Hacienda (la calle principal), por donde tenías que entrar rodeando una fuente y seguir derecho hasta la avenida Francisco Y. Madero. Mi pequeña casa era la No. 2 y estaba justo a metros de la esquina. La de a lado —que si era esquina— estaba cubierta casi completamente de verdes enredaderas, de pared a pared y de piso a techo, con un árbol de hojas verdes y amarillas en el porche, muy raro, por que nunca había visto uno igual. Esa era la casa de mis vecinos y mejores amigos Jimmy y Beto. Ya vivían ahí cuando nosotros llegamos y con ellos compartí este capítulo de mi infancia tan peculiar. San Antonio era el nombre del nuevo fraccionamiento y nosotros vivíamos en la primera etapa, antes de que construyeran el parque de “las canchas”, antes de la “tiendita de enfrente” cruzando la avenida, antes de las casas de tantos otros amigos con los que años después recorríamos juntos las calles de la colonia. Antes incluso de aquel terreno baldío y hundido (nuestro escondite) se convirtiera años posteriores en una cancha deportiva.

Jimmy y su hermano mayor Beto eran dos impetuosos, hiperactivos y muchas veces irrespetuosos malandrines, que representaban todo lo que yo jamas hubiese podido —y soñado— ser. Eran contestones como solo dos hijos de padres consentidores se podían permitir, más aún; consientes de su rebeldía la explotaban como sinónimo de fama por todo San Antonio y alrededores. Ser yo su vecino era una casualidad inesperada y ser su amigo me garantizaba ser parte del grupo, aunque no necesariamente popularidad, pero para esos dos yo completaba el imprescindible tercio de ases con el que aspiraban dominar los nuevos territorios. No recuerdo bien de que misteriosa forma logramos entablar tan exótica amistad, pero si recuerdo que ellos representaron para mi una aspiración personal, la primera.


“Es curioso como después de los años los recuerdos se transforman, saben y huelen diferente. En mi caso, llegan sin previo aviso y en forma de cuento, como esas lecturas en las que tenemos que inventarnos imágenes para darles vida, color y forma en nuestra mente; una mezcla de narraciones en primera y tercera persona. Al final, creo que hay honestidad en mis recuerdos, pero también resulta una interpretación de memorias y deseos ya diluidos junto a los recuerdos de otros. ¿Hay ficción en mi relato? si, hay algo de fantasía, de reproche y de verdad”.


Son muchas las memorias que saltan una tras otra cuando pienso en mi casa de San Antonio, y no es para menos, siendo ahí donde aprendería a manejar la bicicleta —por ejemplo— yo solito y en un valiente impulso con la pequeña y viejita bici de mi vecino. Mi padrastro había intentando enseñarme antes comprándome una preciosa bicicleta de montaña, pero olvidó —yo ya montado en ella— enseñarme a usar los frenos. Tampoco puedo olvidar nuestra obsesión infantil por coleccionar —o robarnos— los pequeños rosales de jardines vecinos, pensando que se trataban de arboles Bonsai como los que aparecían en la famosísima Karate Kid. Fue en esa casa donde descubrí como eran los cuerpos de los adultos desnudos a través de una revista porno de mi hermano. Fue ahí donde tuve mis primeras mascotas; una pecera, regalo de cumpleaños, hecha por mi padrastro a la que después llenamos de caracoles, una piedra caliza llena de hoyos —a forma de pequeños escondites— que papá Alfonso mismo taladró y plantitas varias de plástico. Sus primeros habitantes morían ya sea por exceso de comida o de cloro, pero con el tiempo me volví experto en el cuidado de mi pecera. Un gordo y casi deforme pez dorado y un largo y plano pez ángel color plata fueron mis consentidos, y vaya que podía pasar horas observándolos. Después llegaría una tortuga de tierra, que gustaba de vivir debajo de nuestra alberca inflable. Podía pasar semanas perdida y volvía a aparecer como si nada, hasta que un día de plano, no volvió a aparecer. Un par de pollitos ruidosos, de los cuales uno fallecería dramáticamente bajo el peso de mi hermano, y el otro, que crecería hasta convertirse en un gran pollo cagón e intolerable a los ojos de mi madre. Nos enteraríamos después de su final y condimentado destino en forma de mole a manos de doña Mary, su comadre. También tuvimos la efímera visita de un perro tipo lobo que andaba perdido por el barrio, una pareja de periquitos australianos que con su alpiste estropearon el hasta entonces parejito y bien cuidado pasto de mamá. Y por último, mis pericos. Uno del que casi no tengo recuerdos, pero al segundo, mi Paco, lo recordaré siempre.

Y es que era un perico sin igual, repetía cotorro y cotorrito, cotorrito de forma muy graciosa, aunque su palabra favorita —y aquí muero de pena, mis amables lectores— era la infame, prosaica y ordinaria palabra puto. Se daba el gusto incluso de repetirla —para la mayor de mis vergüenzas— en forma de ametralladora… puto, puto, puto, puto, hasta que se hartaba —¡pinche Paco!—. Pero yo lo adoraba y a pesar de su limitado y vulgar vocabulario lo cuidaba como la más preciosa de mis posesiones. Un día desapareció, sin más y yo me canse de buscarlo por toda la casa y varias calles a la redonda, Jimmy me acompañaba en la empresa de una búsqueda inútil, puesto que tres días perdido parecía demasiado tiempo. Entonces, cabizbajos, nos trepamos al árbol de su porche, cuando escuchamos algo, nos quedamos quietos, mirándonos fijamente y… puto, puto, puto ¡era Paco! pero como encontrarlo ¡coño! si el perico era verde y amarillo como el mismo árbol. Hasta que Jimmy lo divisó en una de las ramas más altas, no me importo y me trepe con mis miedos hasta la cima. Así, mi Paco contra todo pronóstico y en gran hazaña, regresó.

Su muerte representó el primero de mis duelos; hasta ese momento la mayor de mis perdidas y tristezas. Murió de una forma estúpida, tras ingerir jabón en polvo para lavar la ropa. Mi pequeña prima lo descubriría en el patio patas arriba y cubierto de hormigas. No era el final que yo esperaría para él, pero su funeral si lo fue, enterrado solemnemente en el jardín de mi casa y en el mismo rincón donde años después enterraría mi caja de secretos.

Por fortuna para un niño las heridas duelen menos tiempo, incluso se curan solas y tras pasar los meses, la muerte de mi querido Paco ya era solo un nostálgico recuerdo. Para esa época mi curiosidad había descubierto otros tesoros, que junto al recuerdo de mi grosero perico, me acompañarían toda la vida, mis libros.

Y es que no vengo precisamente de una familia lectora, salvo mi abuelo materno quien vivía en otra ciudad y Julian, mi padre biológico —y desaparecido— no contaba con mayor referencia para el gusto de la lectura. Pero sucedió, y fueron los libros de un alto mueble en sala de mi casa quienes me acompañaron a partir de ese momento. Los bajaba todos y me rodeaba de ellos sentado en el piso. Los ojeaba en un principio por sus ilustraciones, a veces por aburrimiento y después empece a leerlos —y disfrutarlos— por un placer inusitado. Aun no sé a ciencia cierta el por qué de su presencia, pero estaban ahí y los hice míos. Una colección de cuentos clásicos, una enciclopedia temática, otra de la historia de México, antologías poéticas y libros varios, ¡vaya! un poco de todo.

Fueron mis libros el refugio perfecto, el escondite de un niño tímido que luchaba contra si mismo. A través de ellos, me inventé los mundos necesarios para escapar a ratos de una realidad compleja. Y es que nunca tuve claro quien quería ser; antes tenia que saber o averiguar quien debía ser, y eran tantas cosas que hubiese sido muy útil manejar —a mis 6, 8 o 10 años— una agenda. Las comparaciones dicen que son odiosas y mi madre las usaba como dardos. Por si fueran poco me sabía diferente, en muchos aspectos, algunos muy dolorosos. Hoy sigo comparándome pero con todos los yo que quise y los que ahora quiero, puedo ser. Los libros, me ayudaron a entender la complejidad del mundo y a su vez, a comprender la mía propia.

Como ven, la casa de las bugambilias fue un hogar especial, lleno de experiencias, lecciones y aprendizajes. Lleno de recuerdos nítidos y otros confusos, que juntos complementan el rompecabezas de imágenes de un relato en constante cambio, una memoria variopinta, una historia en la que no se permiten ediciones…

…como las tuyas, las de todos.

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Arte – Rosa María Castaño Olivera

 

* El capítulo 4 será publicado en las próximas semanas *

 

Capítulos anteriores  

https://milenguanativa.com/2017/08/20/el-refugio/

https://milenguanativa.com/2018/01/09/nunca-te-fuiste/

 

Martina

Capítulo 1 – La travesía

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……..

Cuentan los viejos árboles del cerro alto, que sucede lo mismo cada año en el mismo día, invariablemente, como sucede todo en el polvoriento pueblo de Santa Catalina. La única calle empedrada se viste de las flores de los cuatrocientos pétalos que llegan al mercado desde los campos aledaños, y entonces las casas despiden un penetrante olor a pan y a madera quemada. Después de la obligada misa del mediodía le sigue la procesión general al camposanto, donde los deudos limpian, comen y beben sobre las tumbas de los que ya no están pero que siempre regresan, cada año en el mismo día, invariablemente, como sucede todo en el polvoriento pueblo de Santa Catalina.

La familia Rodríguez era nueva en el pueblo, llegaron una noche abrazada por los calores de mayo a la casa de la vieja Agustina y jamás se volverían a ir. Con ellos venía un perro con un par de ojos de cacahuate y orejas de piloncillo, regordete como un algodón de azúcar, de esos que venden en las ferias de marzo. Chencho —como lo llamaban— era feo como la chingada y ruidoso como el tren de los sábados del mediodía. Le gustaba tomar el sol ardiente de la blancuzca tarde en la puerta siempre abierta de la casa, velando la siesta de la vieja Agustina, recostada en su mecedora aún más vieja. Comía todo lo que encontraba en la mesa sin vigilancia, desatando los airados gritos de la vieja o los escobasos de Martina. Rompía sin compasión zapatos, bolsas para el mandado y cualquier objeto que llamase su atención. Perseguía rapaz la curiosidad de los gatos y el hambre desorientado de una que otra rata camino a la fonda de la esquina. Para colmo, el perro gruñía a todo aquel que intentaba acercarse al niño de Martina, siempre envuelto en un sarape oscuro sin hacer otra cosa más que aparentemente dormir —cosa extraña— aunque con los habitantes de la casa, Chencho, el perro, era más dulce que un pan de canela.

Los Rodríguez, según cuentan también árboles de montes circundantes, venían de un pueblo del sur a nueve días de distancia, allá donde se dan las naranjas gordas y dulces dicen los marchantes, pasando el río chico donde exactamente a las 12 p.m. cruzan las culebras de agua dulce y finalmente el río grande, donde se pescan bigotones bagres todas la mañanas. «Tuvieron que rodear la hacienda de los Albores» chismean las comadres Clotilde y Gertrudis, ya que la gigantesca hacienda está cercada por un alto muro de piedras y púas vigilada por matones centinelas, rodeando y atrapando así todo el pueblo de San Martín de la Cruz. 

—¡Y que cruz! —lamenta Gertrudis—. Pobres! tener que trabajar en esa jodida hacienda toda la vida sin poder hacer otra cosa, ¡sin poder escapar, comadre! que vida tan desgraciada, ¡que vida!

—¡Mil veces malditos esos los Albores! —Agrega ya encanijada Clotilde.

—Fue necesario atravesar dos días en burro las colinas del valle de San Mateo, —comenta rasposamente el borracho Fermín—. Yo les digo que es imposible hacerlo a pata, ahí no crecen ni árboles ni nada y el agua… ¡hum! no hay nadita a kilómetros a la redonda.

—No pos sí, sin burro esta cabrón —afianzan sus mareados compinches.

—Y ese mendigo perro feo —refunfuña el piadoso y bien alimentado padrecito Don Pedro Elizondo—. No hace más que distraer a los niños de la parroquia y orinar las bancas.

—¡Y mis macetas, padre! —levanta la voz doña Cuquita—. ¡Ese cochino y condenado perro! hay dispense padrecito, pero siempre me orina las macetas y se come mis gardenias ¡mis azaleas!

—Pos dicen que se lo encontraron en el camino antes de llegar a Santa Catalina —chismosea la recatada Prudencia—. Debajo de un almendro a la orilla del riachuelo que cruza la finca de los Elizondo, de sus primos, padre… ¿no será de ellos?

—¡Pero que cosas dices, Prudencia! un perro de esa calaña en mi familia ¡ni lo mande Dios! —sentencia el padre en un levantar de ceja.

En efecto, fue debajo de un árbol, pero de un joven ahuehuete que buscando la sombra negada días atrás en el valle de San Mateo, los sedientos Rodríguez se toparon con el redondo y fastidioso perro. Acababan de entregar como lo prometido al tigrillo, uno de los muchos burros de la finca de los Elizondo, que entre sus muchos negocios estaba el de rentar las cansadas bestias para cruzar el mortal valle.

—Que gordo está —Dice la acalorada Martina recargándose en el tronco y recibiendo así, la primera sombra de muchos días—. Mira como nos mueve la cola, Dionisio, se ve que es requete juguetón.

—Y requete feo —Arguye Dionisio liberando sus pies de sus apretadas botas—. No te encariñes, mujer, que a duras penas tenemos pa’ nosotros.

—Pues ni modo que lo dejemos aquí, pobrecito se va a morir de hambre, mira como brinca el condenado, ¡mira! —Martina acaricia la cabeza del perro viéndolo directamente a los ojos—. Tas feo… si, pero se ve que eres leal y alegre y pos, yo hasta te veo bien chulo, mi Chencho.

—¿¡Chencho!? —Pregunta de un brinco Dionisio—. Que te digo que no le pongas nombre a ese animal que no es de nosotros, ¿que tal que es de la finca?

—Que va a hacer siendo de la finca si esta re descuidado, ¡mira! parece perro de rancho, flaco y panzon.

—Pos será el sereno pero yo no cargo con más bestias que las mías.

—Pos yo soy tu bestia, y vete viendo a ver quien te hace la merienda ahora que lleguemos… y ya ni me digas nada que estoy encanijada.

—¡Oh pues! —Se lamenta un apenado Dionisio.

Así pasaron las horas debajo de aquel gallardo árbol a la orilla del riachuelo. Los Rodriguez no tardaron ni diez minutos en buscarse la mirada y otros diez en hablarse con el tono de quienes se saben suyos, los unos a los otros como los árboles a la tierra, como el agua cristalina al cauce del riachuelo, como la luna misma a la noche primorosa. Fue jugando con las marcadas protuberancias en las manos de su esposo, que Martina lo convenció de llevarse al perro. Fue con un piojito en la cabeza de su señor, que Martina le confirmó que se llamaría Chencho, y fue, una hora antes del anochecer, que Martina ofrendó el más largo de los besos a un atolondrado Dionisio, sellando así el tácito pacto. Al final y faltando una hora antes de caer la nocturna neblina sobre el valle, los Rodríguez se levantaron para emprender el último tramo de su azaroso viaje. Dionisio llevaba consigo toda la carga mientras que Martina abrazaba en su rebozo a su inmóvil hijo, envuelto en un sarape oscuro sin ninguna extremidad a la vista, cual muñeco de trapo. Martina decidió entonces no amarrar al perro convencida de que si este los seguía, sería de ellos… y así sucedió.

……..

224067_144550_1Arte Fotográfico – Juan Rulfo

 

 

* El capítulo 2 será publicado en las próximas semanas *

 

Libros para la Caravana — Rita Wirkala

Aquí la increíble experiencia de la escritora Rita Wirkala en la frontera mexicana repartiendo libros infantiles a los niños de la caravana migrante. Un relato conmovedor sobre un compromiso valiente con el único afán de crear una sonrisa en los niños de la caravana. Desde aquí, un gran abrazo y toda mi admiración para Rita, su esposo Elwin y su acompañante Claudia.

Aprovechando millas para un vuelo gratis, el sábado 5 de enero, mi esposo Elwin Wirkala, nuestra amiga Claudia Castillo y yo nos embarcamos para San Diego. Esa misma tarde cruzamos la célebre frontera entre los haves y los have-nots, o, como diría nuestro Tweeter-in-Chief, la que nos separa de los criminales, los violadores, los traficantes, […]

a través de Libros para la Caravana — Rita Wirkala