El tercer piso

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¡Rico, poderoso y hacendado! eso decía yo que seria después de los treintas, que aprendería a tocar el piano como Chopin jamas soñó, que hablaría cinco idiomas, dos dialectos ¿y por qué no? una lengua muerta como el latín, una licenciatura (en universidad privada “of course”), una maestría en el extranjero y estudiando un doctorado. Y muy rico —¿lo mencione antes?—; cuando se es adolescente el tema monetario es prioritario, como lo es la acumulación misma en sus más superficiales variantes; viajes a los cinco continentes, un curso de fotografía, diseño o cualquier arte superfluo —pero “cool“— en Nueva York, ropa innecesariamente cara como símbolo del adquirido estatus, por lo menos una experiencia empresarial y otra más “espiritual” como seis meses en la India. Aún recuerdo en mis dieciocho primaveras soñar con vivir en cualquiera de los pisos más altos de las recién estrenadas torres Bay View Grand en mi natal Cancún. A mis veintiuno renové mi sueño por un discreto piso ocho en Residencial Las Olas, dos veces mas caro y con mejor vista (ni se preocupen que el dinero en los sueños sobra). Los sueños lucidos son como la cafeína, adictivos y a veces pareciera que los pudieras tocar/saborear. Ya para mis veintitrés el sueño se había tornado pesadilla y la vida, los astros, el cosmos, las estrellas y todo el conspirante universo me dejaron saber que ¡sorpresa! los sueños distan mucho de la realidad, que para llegar a ellos hay que escalar continuamente sobre cumbres con pendientes movedizas y sin garantía de éxito.

Hoy, postrado sobre este pedestal algo agrietado y descolorido, pero sólido —quiero pensar— al que llamo “tercer piso” (¡mis treintas, pues!) no puedo dejar de preguntarme ¿en verdad era tan estúpido? ¿en qué estaba pensando? Bueno, tampoco es para tanto, si entendemos que las aspiraciones son parte fundamental de nuestra evolución personal. Nos hablan directamente de lo que somos, porque en lo que muchas veces aspiramos se esconden también nuestros complejos, miedos, prejuicios e inseguridades. Entonces llega el día en que un ente iluminado y divino —en forma de espumoso expreso, quizás— pareciera trastocar nuestro juicio y nos detenemos, de repente, a preguntarnos los motivos de nuestras aspiraciones y si estas corresponden a nuestra realidad, nuestros alcances y más importante… nuestras pasiones.

¿Cuál es el motivo de la vida? ¡vale! si todos los filósofos europeos de los Siglos XIX y XX no dieron con la respuesta, es un hecho que yo tampoco lo haré: concentrémonos pues en los detalles… ¿Qué nos motiva, apasiona? esa pregunta está más fácil —bueno, no tanto— pero resulta interesante que a partir de ella podemos deshilvanar poco a poco nuestros reales intereses. En mi caso, mis intereses partían de una imagen mental y ficticia colgada en alguna pared donde se podrían ver todos mis éxitos desde la expresión de mi rostro y postura de mi cuerpo sentado sobre un elegante sillón en forma de trono. Es una idea fantasiosa de lo que —en extrema ironía— resulta también una fantasía. Pero por qué a una fantasía le daríamos tanto poder sobre nuestra vida y las acciones que realizamos, aun cuando nuestra realidad pueda contrastar de forma chocante, abismal. De donde surgiría la motivación/aspiración por ser/obtener lo que  desconocemos. Volviendo a mi caso, me resulta curioso como hechos que yo consideraba poco importantes son imprescindibles como piezas de un rompecabezas en construcción. La eterna búsqueda de éxito de mi padre parece engranar perfectamente, su suicidio también. La muñeca con la que nunca pude jugar en público de niño, la ocasión en que no pude terminar mi discurso en el concurso de oratoria y frente a todos, terminar abruptamente pidiendo “perdón”. Incluso hechos recientes como “un grupo de americanos riéndose de mi acento” pueden dejar marcas de notable influencia en nuestras conciencias, dirigir nuestras aspiraciones y con ello, nuestras acciones. De ahí que reconozca como fundamental el examen constante de nuestros sueños, un examen a menudo frustrante —del que todos huimos— pero necesario en nuestra etapa adulta y ¿madura? Solo así he logrado encontrar la forma de transformar mis intereses, ciertas conductas y la manera en como me relaciono con mi entorno. De repente las marcas de ropa resultan frivolidades, los motivos de los viajes cambian, te olvidas de buscar amistades con apariencia perfecta, después te olvidas de ser tu la persona “perfecta” que todo mundo “quieres” que quiera, la autocrítica como método valorativo se impone necesario, la ansiada fama pasa a ser la menor de tus preocupaciones y con ello, también la necesidad constante de agradar al prójimo. ¿Y la pasión? la pasión por todo aquello por lo que estás dispuesto a entregarte se vuelven el centro de todo. Más allá de los logros, es el minucioso y gratificante proceso de creación lo que alimenta nuestro nuevo “yo”.

Del lujoso apartamento en Cancún, nada. No digo que no lo quiera, pero ya no lo necesito, tampoco reafirmar mi estatus más allá de lo que es realmente importante reafirmar, mi libertad. De las experiencias ni hablamos, son como perlas y las atesoro invaluables en mi memoria, buenas, malas, dolorosas, placenteras, humillantes, no importa; todas dan, todas generan y de todas se aprende. Al final, del repaso de nuestros  inverosímiles sueños desde la infancia hasta nuestra edad adulta podemos escribir una tragicomedia, aunque también puede darnos sorpresas y como en mi caso, la aspiración olvidada de un niño que quería ser escritor regresa como una de las más importantes e irónica de las lecciones.

Lo mejor no está por venir después de los “treintas” ni los treintas son los nuevos “veintes”, ¿en verdad nos hacen falta tales frases huecas para enfrentar nuestra edad? la realidad es otra y suele ser, según mi caso y el de muchos de mi entorno, una etapa de constante aprendizaje, lo cual no implica necesariamente “felicidad”. Y que decir de nuestro miedo patológico a la inevitable acumulación de los años, como si envejecer no implicase también el aumento de la perspectiva, nuestro acervo de memorias, el cultivo de largas amistades, de amores, la plenitud que solo otorga la sabiduría adquirida de forma empírica, etc. Pero en una sociedad cada vez más infantilizada aunada a nuestro pos-modernista culto a la idiotez, parecieran generar cambios en el subconsciente y revertir nuestro deseo infantil de crecer, madurar… de ser grande. Y es que ahora que lo pienso, la forma en que nos imaginamos a futuro suele parecerse a una selfie en movimiento, siempre sonrientes y con el fondo perfecto. Pero resulta que ni caminaremos sobre esa playa eternamente con el viento revolviéndonos el pelo agarrados de la mano de ese alguien único y especial, ni —si hipotéticamente esa imagen se diera— duraría lo suficiente para ejemplificar nuestro futuro. Por otro lado, es un hecho que nuestro proceso de aprendizaje cognitivo valora más las experiencias dolorosas o inesperadas de las cuales extraemos valiosas lecciones importantes para nuestra supervivencia, que aquellas vivencias ideales que solo generaron un placer espontáneo. Pero tampoco es que yo sea psicólogo, apenas un escritor amateur muy atrevido, no me hagan mucho caso.

Ahora bien, a mis actuales treinta y cuatro años puedo decir estar listo para el resto… ¡ha – ha! o por lo menos para ya no perder tanto el tiempo pensando en el futuro, me resulta inútil y frustrante. Pero ese es mi caso, siempre he sido una persona cambiante y poco asiduo a la rutina, me resultaría casi imposible planear mi vida a largo plazo. Lo que si es que el presente al que solía temerle (mucho) se ha transformado en mi etapa favorita, ahí sí que está el jugo, piénsenlo: nada como sentir que puedes cambiar tu camino a placer, cada experiencia se magnifica, cada antojo se prioriza, cada esfuerzo sabe a logro, cada caída se supera más rápido, las culpa o el arrepentimiento perduran menos tiempo y el conocimiento de las cosas se absorbe con mayor intensidad. En fin, cada intento puede ser el último ¡es ahora o nunca! Vale, tampoco quiero que suene a comercial, y no imagino la risa de mis veteranos lectores tratando de dilucidar la maraña de imberbes conceptos aquí escritos, o tal vez alguno que otro se identifique, tal vez. Pero bueno, basta ya de tanta parafernalia pretenciosa que tampoco es mi idea convencer a nadie de que a mis treintas se me ha sido revelado “el secreto”, que he encontrado el “hilo negro”, o que he tocado el “nirvana”, nada más alejado de la realidad. Solo creo interesante señalar lo importante de escudriñar nuestros deseos, abrir esa Caja de Pandora de vez en cuando y permitir salir los demonios que ahí subsisten. Es impresionante lo que uno se encuentra y lo mucho que ayuda dicha desempolvada. Enfrentarse a uno mismo… la catarsis obligada ¿no creen?

Hasta aquí esta columna y…

#GreetingsFromSeattle

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Ciudad de Todos – La Raza del Noreste

Les presento Ciudad de Todos, un nuevo proyecto de columna en el cual colaboraré de forma mensual a través del periódico local La Raza del Noreste. Un reto compartido con mi compañera Perla Mendoza y en el que buscaremos contar aquellas historias interesantes de la ciudad que habitamos, sufrimos, amamos y transitamos día con día, llamada Seattle. Desde aquí un agradecimiento al director del periódico Alvaro Guillen por todo su apoyo en esta nueva etapa y que esperamos sea de los más fructífera.

Les anexo el enlace de nuestro primer artículo como presentación y los invitamos a seguirnos leyendo a través de La Raza del Noreste cada quince días.

http://www.larazanw.com/noticias/ciudad-de-todos/

 

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Relatos de mis múltiples infancias

Capítulo 4 – El niño que se hacía pipí

……..

—¿Ya se levantó el meón? Todos los días es lo mismo contigo… ¡Pinche chamaco nalgas meadas!

Al final, la madre optó por colocar bolsas negras de basura entre la cama y las sábanas, una situación incómoda y ruidosa para el callado niño «¡hacerse pipí tan grandote, que vergüenza!» pero sobre todo, una situación humillante.

En ocaciones, cuando el niño dormía en su hamaca, su madre ponía jergas de tela en el piso justo debajo, en esa curva convexa que el peso de su pequeño cuerpo creaba. Prefería dormir ahí, suspendido entre una nada que lo hacia mágicamente invisible, mirando entre los pliegues de la hamaca el reducido mundo que significaba su habitación, y desde esa perspectiva sentirse protegido.

Le gustaban los peces y todo lo que viniera del mar, sobretodo las elegantes formas de los tiburones, los coches de juguete y las muñecas ¡no! las muñecas no podían gustarle. En su cumpleaños numero cinco tuvo cinco piñatas con diferentes formas de peces, posteriormente llegaron los dinosaurios de todo tipo, incluidos sus favoritos los cuello-largo. Una colección de carritos Hot Wheels con todo y pista de carreras, vaya… ¡hasta un aeropuerto! Algunos años de abundancia Santa Claus y los Reyes le dejaban toda clase de juguetes Playmovil, y otros menos afortunados, ropa. Pero las muñecas seguían sin poderle gustar, entonces se las arreglaba para crearlas con playeras o trapos amarrados a la mitad por cordones y calcetines. Jugaba por horas escapando en una especie de realidad alterna, imaginándose subir una escalera blanca envuelto en un vestido azul —como el de Aurora con largos cabellos castaños y gigantes ojos verdes como los de su madre. Soñaba ser poseedor de la extraordinaria belleza de la princesa triste, atrapada en su palacio y aguardando el beso del príncipe, que a veces —en su mente— era su vecino Betoo su compañero de clases Miguel AngelCon Tatiana, la primera de sus grandes amigas, se ponían juntos los tacones de su mamá. La bisutería no podía faltar ¡perlas por aquí y diamantes por allá! mientras él, usaba una playera en la cabeza como pelo y se lo ponía de lado para verse más coqueto. Un par de años mayor, usaba a sus sobrinas para jugar juntos a las modelos, a la oficina, a la casitaSe encerraban en su habitación para producir animadas pasarelas con faldas de toalla, vaporosas capas de sábana o elaborados y finos vestidos de edredón. Imaginación no faltaba y el callado niño entretejía historias paralelas en las que él, seguro de si mismo, era quien deseaba ser.

……..

La princesa está triste… ¿Qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa,
que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
La princesa está pálida en su silla de oro,
está mudo el teclado de su clave sonoro,
y en un vaso, olvidada, se desmaya una flor.

……..

—Su hijo es muy callado, y muy bien portado.

—Si, es muy tranquilo.

Pero esa tranquilidad en el fondo inquietaba, lo suficiente para llevarlo al psicólogo en varias ocaciones. Así, pasó de tal vez ser medio autista o incluso retrasado, a tener déficit de atención. No era común ver a un niño jugando solito con las hormigas, hojeando páginas de libros que apenas podía leer o simplemente quedarse sentado observándolo todo sin emitir ruido alguno. Pero ante todo, no era ni común ni grato que continuara orinándose noche tras noche. En efecto, era un niño “rarito”, de cuerpo “menudito”, de expresivos ojos oscuros, delgados labios y una ocre tonalidad de piel. Coronado por una abundante cabellera que solía esponjarse como algodón de azúcar. Sus manos alargadas delataban cierta delicadeza, y siempre derechito —como soldadito— recuerdo de una abuela casi militar. Captar la atención no era la mayor de sus cualidades, cuestión que acarreaba la necesidad de tragarse sus infantiles frustraciones, que no eran pocas. Algo sucedía en su mente, algo le inquietaba, cosas revoloteaban en su cabeza que lo distraían del mundo, que lo desconectaban de su realidad. No racionaba al ritmo de los demás, los niños a menudo lo aburrían y el salón de clases era un continuo infierno. En síntesis, él no era normal, pero tenía que intentar serlo, por su madre, por su padrastro, por sus amigos y maestros de la escuela y por todos los que lo veían con ojos de condescendencia, esa maldita expresión de lástima que debería quedar prohibida a la vista de los niños. O tal vez no, ¿quiénes seríamos ahora sin nuestro sinuoso pasado?

……..

¡Ay!, la pobre princesa de la boca de rosa 
quiere ser golondrina, quiere ser mariposa, 
tener alas ligeras, bajo el cielo volar; 
ir al sol por la escala luminosa de un rayo, 
saludar a los lirios con los versos de mayo 
o perderse en el viento sobre el trueno del mar.

……..

En algún momento el niño de nuestra historia se rindió, guardo sus alas de cuento y las ocultó, preciosas, en un cajón secreto de su viejo ropero. Decidió intentar adaptarse a las circunstancias que lo rodeaban, decidió no ser más un pez, tampoco una princesa, no sería más un ave ni un rey oriental, tampoco el poeta de su libro favorito. Ya no quería pensar, porque pensar era lo único que sabía hacer y ello implicaba preguntárselo todo, y preguntárselo todo implicaba parecer estúpido. Los niños listos no preguntan tanto, lo asumen y solo piensan en jugar; corren sin miedos, hacen travesuras y se divierten como enanos con otros de su especie… mala suerte. Entonces, nuestro niño aceptó cabizbajo su destino, sería él condescendiente con el resto, aceptaría sus reglas y aprendería lo que se es normal, la conducta adecuada. Se ocultaría bajo la máscara temprana de quien se sabe diferente y tiene que pagar el precio. El telón del teatro se había abierto.


Resulta interesante lo fácil que es olvidarnos de nuestra infancia, por lo menos de lo que por alguna razón evitamos recordar, nos referimos a la niñez como algo ajeno, que ya no nos corresponde y desde esa insana lejanía intentar educar a nuestros hijos. Resulta irónico que en la misma dimensión en que de niños ocultamos lo que nos avergüenza, de grandes continuamos avergonzándonos de ese niño triste que —en mayor o menor medida— todos fuimos, y terminamos por abandonarlo en lo más recóndito de nuestra psique. Por miedo a reconocernos quizás, a conmovernos de nuestro infantil pasado, a sentir lástima de nosotros, sin darnos cuenta que, ese niño sentado en aquella esquina requiere nuestro abrazo, ahora más que nunca, nos necesita. 


Hoy el niño de nuestro relato ya no se hace pipí, dejó de hacerlo poco a poco hasta los trece, coincidiendo con la propia aceptación de sus diferencias y re-valoración de su intelecto. Ya no más bolsas de plástico entre las sábanas, ya no más burlas, ya no más “el meón”, “el tonto”, “el raro”, “el joto”, ya no más. La inteligencia es un rasgo que abruma a quien la posee y asusta a quienes la asimilan como un aspecto más, habitamos un mundo donde se romantiza las ficticias cualidades del corazón y resta las de la mente. La madurez infantil suele ser desvalorizada por una irracional tendencia a tratar al infante como una sub-raza a la que hay que disciplinar y amoldar al reflejo de nuestras propias aspiraciones, olvidándonos de nuestro pasado y extrapolando complejos propios de la adultez. Hoy nuestro ahora niño-adulto a vuelto a ser princesa, pero también es príncipe, tiene algo de mago, de artista y ya no teme enfrentarse a su sueño de poeta. Pero sobretodo, le gusta recordar, dolerse de nuevo, reconocer todo aquello que lo une a su pasado y darle gracias a ese pequeño niño por ser tan fuerte, por aguantar, por seguir adelante en su meta de vivir y no desaparecer entre selectivas memorias.

……..

—«Calla, calla, princesa —dice el hada madrina—;
en caballo, con alas, hacia acá se encamina,
en el cinto la espada y en la mano el azor,
el feliz caballero que te adora sin verte,
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,
a encenderte los labios con un beso de amor».

— Fragmentos de Sonatina, Ruben Darío

……..

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Capítulos anteriores  ⇓

https://milenguanativa.com/2017/08/20/el-refugio/

https://milenguanativa.com/2018/01/09/nunca-te-fuiste/

https://milenguanativa.com/2019/05/14/relatos-de-mis-multiples-infancias/

On the Hill

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Yo vivo sobre una colina, de esas que solo adviertes como tal desde la lejanía, porque quedaron atrapadas en la voraz mancha urbana que todo lo cambia, lo desfigura, lo moldea; llamémosle ciudad. Pero no me mal entiendan, la modernidad implica cambios a menudo traumáticos, también los hay terribles y algunos otros, como en el caso de esta colina, encantadores. Desconozco como sería su aspecto doscientos o trescientos años atrás, pero su aspecto hoy nos invita a recrear historias en cada esquina, incluso a vivirlas más allá de nuestros complejos y prejuicios. Aquí todos son lo que son o lo que aspiran a ser sin temor al desafío social tan normalizado en el interior de las grandes urbes.

Capitol Hill es el nombre de la colina cuyo tema nos ocupa hoy, un barrio de contrastes permeables en cada calle. Modernos edificios conviviendo pared a pared con otros de victorianas ventanas. Las antiguas mansiones, cual palacetes, se dejan ver aún desde las calles arboladas, tras sus jardines impecables y columnas moldeadas cien años atrás. Hombres con alas rosas desfilan por la calle Pine, junto a mujeres con estrambóticos atuendos y cabellos fluorecentes y en la esquina con la calle Melrose, un hombre de aspecto desnutrido arrastra una sabana sucia y larga, la misma que cada noche se convierte en su casa. Sobre la calle Broadway, a la altura del tren ligero, los múltiples cafés abren sus puertas (casi todas con una bandera multicolor) a sus cafeinómanos clientes; exóticos aromas de Colombia y Africa los despiertan, —no se puede vivir sin un buen café por la mañana— se dicen, vestidos con sencillos pantalones de dormir combinados con gabardinas de quinientos dólares y un corte de pelo impecable. Por la tarde, la oferta gastronómica domina los apetitos, y las carteras. Ensaladas para los healthy, menús especiales para los intolerantes al gluten. Desde México, Argentina, la India, Tailandia, cortes de Australia y sabrá Dios de que tantos otros rincones del mundo, variedad es lo que sobra y no cabe pretexto para no gastar —me disculpo— degustar un buen plato de comida.

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Foto de Lindsey Wasson/The Seattle Times

Unos lo llaman el barrio bohemio, otros el barrio gay, el barrio de los artistas o el barrio de la diversidad, aunque sus precios en rentas no sean precisamente diversos, siempre hay quien se las arregla para vivir su sueño seattleite en el barrio de moda. Así, por las calles, desde las más elegantes en North Capitol Hill hasta las más ruidosas como la calle Pike, se ven desfilar verdaderas diversidades, ricos y pobres, hippies y hipsters, intelectuales e intelectualoides, artistas, activistas, amazonians y todo el intrincado sistema de castas de la comunidad LGBTTTIQ. Todos caben aquí, aunque sea de visita si no puedes pagar su alquiler, todos te ven con naturalidad, nadie te cuestiona, nadie se espanta, es un código… está prohibido. Por la noche la ciudad muta, y nuestra colina, acostumbrada a los reflectores no puede quedarse atrás. Regresamos entonces al circuito de las calles Pine y Pike, ambas ruidosas, estrafalarias, estimulantes, un hombre toca su batería en la esquina del Poquito’s sin camisa y con una cabeza de caballo en la suya propia, su rostro no se le ve, no es necesario, la anécdota queda impresa en nuestras mentes transeúntes. Tres mujeres de color serio y expresivas redondeces hacen twerking en la entrada de algún antro, no recuerdo el nombre ¿importa? la memoria es selectiva y reserva los hechos más llamativos; hombres altos y corpulentos se acercan, ellas continúan, el hechizo parece funcionar. Pero la noche es larga, segundo a segundo una historia nueva, una luz de sirena policiaca tratando de custodiar lo que sabe que no puede, porque la noche no tiene ley, no debe. La entrada del R-Place se llena de gente queriendo entrar, súbditos de un reino en el que aspiran escalar en moda, en fama, en belleza… ¿quién se llevo al más guapo de la noche? ¿quién triunfo con el último éxito de Queen-B? Dos calles abajo soplan otros vientos, más promiscuos y directos, bath-houses a la vista de todos, pero que ofrecen en su interior la secrecía buscada, lo furtivo de un roce, de una mirada en pasillos de puertas que se abren al compás del deseo.

Entonces lo entiendes, es un barrio distinto, sin mucho sentido pero con auténtico sentido de comunión. Solo así me explico un café para amantes de los gatos, donde puedes jugar con ellos en una habitación mientras tomas un té de flores silvestres. Iglesias con banderas de la comunidad gay y dispuestas a refugiar a quién lo necesite. Un huerto comunitario frente a un Starbucks, y dentro, dos hombres sucios frente a la chimenea calentándose antes de la ronda habitual, no tienen para un café, todos lo saben y nadie los molesta. En el Anderson’s Park, una familia asiática se cruza frente a otra latina, se sonríen en complicidad y extranjero apoyo. Una pareja de hombres pasea a su perro, este persigue los patos del espejo de agua y la mujer sentada enfrente sonríe antes de retomar su lectura. Mientras tanto, en el otro parque rodeado de elegantes residencias, dos señoras corren ataviadas en caros atuendos deportivos mientras en los baños públicos, posiblemente, el esposo de alguna de ellas mantiene una sesión sexual con algún universitario. Pareciera ser una pequeña ciudad dentro de otra, más bien una burbuja, si, una burbuja —¿inmobiliaria?— fue la sensación que me dio la primera vez que vine. Aún recuerdo cruzar ese puente sobre la apabullante autopista que divide a Capitol Hill del centro de la ciudad, aún recuerdo sentarme en los pilares del pequeño parque de la entrada y sentir que estaba en otro cosmos, fue así que decidí vivir aquí —y a toda costa— tener mi espacio en la colina… on the hill.

Y bien, mis estimados lectores, se preguntarán a que viene tanta apología de un barrio como muchos otros en otras más grandes y posiblemente interesantes ciudades, pero es que para un migrante como yo, la nostalgia pega fuerte y ahora que decido mudarme, siento que dejo una pequeña patria, y que como cuando dejé mi México, dejo algo de mi en ella. La razones son diversas como el mismo Capitol Hill, pero me duele dejar de ver desde mi ventanal las muchas historias que a diario caminan, bajo un fondo de antiguos ladrillos y moderno cristal.

Hasta aquí esta columna y…

#GreetingsFromSeattle 

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Dueño soy de mis pestañas.

Texto inspirado en experiencias personales y el poema “Soy dueña del universo” de Guadalupe «Pita» Amor.

………….

Me gusta verme, admirarme, proyectar en mis tacones aspiraciones secretas, deseos de escenario y de brillante lentenjuela. Observo esta desnudes que en otros mundos no se me permite, pero que ahora es mía, mía de mi cuerpo y mis deseos, de los afectos de quienes yo pretenda, de mis miedos vencidos, de la seguridad que repentinamente poseo a través de mis caderas, los pasos de acero de mis piernas; y lo quiero todo, todo y a todos viéndome desde la pista, sintiéndome lejana y arrogante, déspota, segura, divina, absolutista, poderosa y audaz como una perra.

Y yo, como «Guadalupe Teresa Amor Schmidtlein» dueño soy de mis pestañas…

Como dueño de las ansiedades que me desvisten y revisten cada noche de bruma, de espejismos y espectáculo. Me maquillo para Afrodita volviéndome vitral de mis obsesiones y en cada entalle, en cada transparencia del vestuario… mis libertades. Entonces me descarno este traje de niño/niña decente, maloliente y me vuelvo puta. Porque de las putas es el reino de los cielos al que aspira mi entrepierna, este sexo que nocturno brota como flor de Nochebuena.

Y yo, como «Pita, mi Pitita» dueño soy del universo…

Y de los astros y los soles que me invento, dueño soy del firmamento de luces esta noche, que de un centro nocturno brotan mundos paralelos; bullentes, como en el principio de los tiempos y de los hombres y las religiones, del pecado original y la virtud ignota, del ángel caído que acaricia mis intenciones y las vuelve lumbre, mis manos de lumbre, mis cabellos y mis ojos y mis labios que escupen lumbre. Me deshago, me desconozco y me seduzco; este espejo de camerino que se ríe a carcajadas y me hechiza con su maldito reflejo.

Y yo, como «Guadalupe “Pita” Amor» me vuelto otro(a)

Me transformo, quimera de mis pasiones, de mis lujurias, de esta vasta inteligencia de bruja que me vuelve pitonisa de mi propio destino, y adelantada a los tiempos, en tácito pacto con mis infiernos sentencio libertad. Libre el albedrío, libres mis pezones y mis muslos, libres mis movimientos de hombre/mujer/dragón/serpiente, libres mis intimas perversiones de chacal, de hiena, de gata. Este hambre de hombre, de triunfo y de furtivas miradas. Esta ansiedad de belleza inusitada al amparo de la luna, de oscura vanidad y ambición de discoteca. Este soy yo en mis noches de travestismo, de eterna dragola diva y de la más lúcida de mis verdades.

Dueño —solo esta noche— soy de mi.

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Guadalupe “Pita” Amor… La Undécima Musa – Poesía Mexicana

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Retrato de Guadalupe Amor por el maestro Diego Rivera

……..

Dueña de una prosa única como “dueña de la tinta americana” y de el sinuoso camino que ella misma eligió —o se inventó— para vivir. De si misma escribió las rimas que la convertirían en Pita Amor, la undécima musa, según su amigo, el escritor y poeta Salvador Novo, quien la bautizaría así aludiendo en referencia a la también llamada “décima musa”, Sor Juana Inés de la Cruz. Nacería en el seno de una familia de porfiriano abolengo, venida a menos gracias a la expropiación que la revolución mexicana hiciera del principal activo de ésta; la entonces hacienda azucarera San Gabriel de las Palmas. Como la última de los vástagos de una familia en inesperada situación económica, Pita no obtuvo igual esmero en su educación como sus otros seis hermanos, quienes además, no compartían su carácter explosivo y caprichoso. Ya en su tardía juventud —27 años— publicaría el primero de sus libros, Yo soy mi casa, el cual le abrió las puertas al mundo cultural e histriónico de la entonces pujante Ciudad de México. Lo mismo compartió ideas con grandes personajes de la época, escritores, actores, fotógrafos, artistas e intelectuales como Gabriela Mistral, Salvador Dalí, María Felix, Frida Kahlo, Juan Rulfo, Pablo Picasso, Alfonso Reyes y muchos otros, todos los que conformaban la escena en la primera mitad del Siglo XX. Diego Rivera la retrataría incluso en varías ocaciones, una de ellas desnuda, para escándalo de la conservadora familia Amor y la entonces sociedad mexicana.

El objetivo de Pita era claro, buscaba ser el centro de atención y una mojigata pero también efervescente sociedad pos-revolucionaria la recibiría con vítores y críticas, halagos y fuertes señalamientos a su postura tajante de libertad, esa que expresaban tantos sus letras como sus constantes desfiguros. Sus tres libros siguientes, Puerta obstinada, Círculo de angustia Polvo, la posicionaron como la indiscutible poeta del momento, heredera de un estilo clásico en sincretización irreverente con sus ideas, con la imagen de si misma y el personaje que se creo a partir de su narrativa. En algún momento leí un ensayo refiriéndose a ella como “las dos Pitas”, la conservadora católica niña de casa, y la otra, la mujer, la amante, la atormentada de los grandes ojos y expresivos ademanes, gran declamadora de sonetos, décimas y liras y vasta conocedora del Siglo de Oro. No sabemos cual de las dos Pita’s era la poeta, ni quien de las dos sobreviviría a la primera mitad de siglo; no sabemos cual quedaría atrapada bajo la dramática muerte de su único hijo, ni cual deambulaba con senil locura sobre las calles de la Zona Rosa cuajada en extravagante bisutería. Pero si tenemos constancia de su genio y es menester de todos rescatar su obra.

Michael K. Schuessler publicaría en 1986 junto a Elena Poniatowska —sobrina de Pita y escritora del prólogo— una necesaria y estimulante biografía sobre la vida y obra de la poeta. Poco, muy poco se ha escrito de ella y muy difícil es encontrar su obra en las estanterías mexicanas, que decir de otros países. Peor aún cuando se busca precisamente la reivindicación de la posición femenina y su importancia en las letras hispanoamericanas. Y voces como la de Guadalupe “Pita” Amor, muy pocas.

Décimas a Dios fue probablemente su libro más celebrado, el más intimo y con él ya no cabía lugar a duda sobre su talento. Publicaría ocho libros más reafirmando su legado y una rica herencia escrita para la hispanidad, la universalidad de su literatura, el feminismo y la mujer contemporánea.

Pasemos pues, a la esencial relectura de su obra…

 

Adentro de mi vaga superficie

Adentro de mi vaga superficie
se revuelve un constante movimiento;
es el polvo que todo lo renueva,
destruyendo.

Adentro de la piel que me protege
y de la carne a la que estoy nutriendo,
hay una voz interna que me nombra;
Polvo tenso.

Sé bien que no he escogido la materia
de este cuerpo tenaz, pero indefenso,
arrastro una cadena de cenizas:
polvo eterno.

Tal como yo han pasado las edades,
soportando la lucha de lo interno,
el polvo va tomando sus entrañas
de alimento…

¡Humanidad, del polvo experimento!

 

Por qué me desprendí

¿Por qué me desprendí de la corriente
misteriosa y eterna en la que estaba
fundida, para ser siempre la esclava
de este cuerpo tenaz e independiente?

¿Por qué me convertí en un ser viviente
que soporta una sangre que es de lava
y la angustiosa oscuridad excava
sabiendo que su audacia es impotente?

¡Cuántas veces pensando en mi materia
consideréme absurda y sin sentido,
farsa de soledad y de miseria,

ridícula criatura del olvido,
máscara sin valor de inútil feria
y eco que no proviene de sonido!

 

Viejas raíces empolvadas

Son mis viejas raíces empolvadas
la extraña clave de mi cautiverio;
atada estoy al polvo y su misterio,
llevo ajenas esencias ignoradas.

En mis poros están ya señaladas
las cicatrices de un eterno imperio;
el polvo en mí ha marcado su cauterio,
soy víctima de culpas olvidadas.

En polvorienta forma me presiento
y a las nuevas raíces sobresalto
he de legar, con mi angustioso aliento.

Mas conquistando el aire por asalto,
nada tengo que ver con lo que siento,
soy cómplice infeliz de algo más alto.

……..

……..

La aritmética…


La aritmética alarmante
la matemática fría
la distante geografía
el álgebra desquiciante

la alquimia desconcertante
la glacial filosofía
la celeste astronomía
la teología enajenante

el ajedrez silencioso
el dominó misterioso
el deporte de la lumbre,

que es de los juegos la cumbre,
nunca podrán igualar
al deporte de pensar

 

Mi testamento


En estas líneas que con tinta escribo
te lego Juan de Dios mi testamento,
quede de testimonio documento
la palabra transcrita que transcribo

En estas letras dadas al olvido
infinitas, igual que el firmamento,
dejo mi signo, mi señal, mi acento
y te digo don Juan lo que he vivido

Y te digo don Juan cómo yo he muerto
Lego mis asombrosos abalorios
a la sombra del ávido desierto
y a la misa final de mis velorios
Y mi sangre la dejo al llano abierto
y mi gloria a los cielos transitorios

 

Ese Cristo…

Ese Cristo tan negro y vengativo
al que debo una deuda prometida,
permanece agónico y con vida
esperando mi tardo donativo

Ese Cristo de sangre fugitivo
prolonga su agonía desmedida
y su sangre está ya comprometida
con su cuerpo sangriento y abatido

Ese Cristo de noche a mí me sigue
y me cobra y me reta y me persigue
y su mirada eterna de agonía

a la luz de mis ojos desafía
Cubierto con un tápalo morado
es testigo de mi íntimo pecado

 

Me doctoré…

Me doctoré en masoquismos
también en jurisprudencia
me doctoré en la alta ciencia
de fabricar silogismos

y de inventar espejismos
Me doctoré en la vehemencia
de saber que la conciencia
sólo acelera los ismos

Me doctoré en teología
también en melancolía
Me doctoré en letras muertas

también en ciencias inciertas
Me doctoré en el amor
lo practiqué en Do Mayor

 

Shakespeare

Shakespeare me llamó genial
Lope de Vega, infinita
Calderón, bruja maldita
y Fray Luis la episcopal

Quevedo, grande inmortal
y Góngora la contrita
Sor Juana, monja inaudita
y Bécquer la mayoral

Rubén Darío, la hemorragia;
la hechicera de la magia
Machado, la alucinante

Villaurrutia, enajenante
García Lorca, la grandiosa
y yo me llamé la Diosa

 

He escrito dos mil sonetos

He escrito dos mil sonetos
y mil novecientas liras,
tengo un vestido de tiras
bordadas, y seis cuartetos

que escribí entre los abetos
En mis luminosos giros
hablé ya de odios y de iras
hablé de amores secretos

hablé de mapas y océanos,
de las palmas de mis manos
de los astros y los ríos

de mis cien mil extravíos
Pero es más lo que he callado
que lo que ya he publicado

 

Letanía de mis defectos

Soy vanidosa, déspota, blasfema;
soberbia, altiva, ingrata, desdeñosa;
pero conservo aún la tez de rosa.
La lumbre del infierno a mi me quema.

Es de cristal cortado mi sistema.
Soy ególatra, fría, tumultuosa.
Me quiebro como frágil mariposa.
Yo misma he construido mi anatema.

Soy perversa, malvada, vengativa.
Es prestada mi sangre y fugitiva.
Mis pensamientos son muy taciturnos.

Mis sueños de pecado son nocturnos.
Soy histérica, loca, desquiciada;
pero a la eternidad ya sentenciada.

……..

Retrato de Pita Amor - Juan Soriano

Retrato de Guadalupe Amor por el maestro Juan Soriano

 

Por mi ventana… la tarde

Por mi ventana entra ésta tarde, y la otra de ayer y todas las que caben a través de los ojos de mi casa, donde lánguida se posa su blancuzca luz de ocaso, serena.

No entran las noches sigilosas ni las mañanas completas porque entreabiertas las persianas las hacen gotear, de a poquitos, filtrando una vastedad de espejos y prismas.

No entran nocturnas nieblas ni matinales vacíos en esta casa hecha para historias carentes de finales y principios, porque de tardes está hecho el presente, de cuervos trinos su lírica en tenue luz, rojiza plenitud de un sol que sueña despierto.

Cae dorada la brasa sobre el ventanal de entre mis cuencas, y escribo con la mirada fija a todos sus afueras; observando levitar fantasmales transeúntes cual asteroides en elípticas órbitas de un espacio-tiempo austral, constantes y repetidos de paradojas, en espejismos sus muchas vidas que resultan una contada mil veces en acertijos, pero vividas tan ignotas como las ilusas gotas de lluvia atrapadas anochecidas sobre el cristal.

Y otra vez, vuelve una luz-canto de ave murmurando otro relato.

Por mi ventana entra áurea la poética belleza del mundo, y en su silueta de tarde, atrapada, titubeante, me entrega todo su rosáceo esplendor.

……..

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