Relatos de mis múltiples infancias

Capítulo 4 – El niño que se hacía pipí

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—¿Ya se levantó el meón? Todos los días es lo mismo contigo… ¡Pinche chamaco nalgas meadas!

Al final, la madre optó por colocar bolsas negras de basura entre la cama y las sábanas, una situación incómoda y ruidosa para el callado niño «¡hacerse pipí tan grandote, que vergüenza!» pero sobre todo, una situación humillante.

En ocaciones, cuando el niño dormía en su hamaca, su madre ponía jergas de tela en el piso justo debajo, en esa curva convexa que el peso de su pequeño cuerpo creaba. Prefería dormir ahí, suspendido entre una nada que lo hacia mágicamente invisible, mirando entre los pliegues de la hamaca el reducido mundo que significaba su habitación, y desde esa perspectiva sentirse protegido.

Le gustaban los peces y todo lo que viniera del mar, sobretodo las elegantes formas de los tiburones, los coches de juguete y las muñecas ¡no! las muñecas no podían gustarle. En su cumpleaños numero cinco tuvo cinco piñatas con diferentes formas de peces, posteriormente llegaron los dinosaurios de todo tipo, incluidos sus favoritos los cuello-largo. Una colección de carritos Hot Wheels con todo y pista de carreras, vaya… ¡hasta un aeropuerto! Algunos años de abundancia Santa Claus y los Reyes le dejaban toda clase de juguetes Playmovil, y otros menos afortunados, ropa. Pero las muñecas seguían sin poderle gustar, entonces se las arreglaba para crearlas con playeras o trapos amarrados a la mitad por cordones y calcetines. Jugaba por horas escapando en una especie de realidad alterna, imaginándose subir una escalera blanca envuelto en un vestido azul —como el de Aurora con largos cabellos castaños y gigantes ojos verdes como los de su madre. Soñaba ser poseedor de la extraordinaria belleza de la princesa triste, atrapada en su palacio y aguardando el beso del príncipe, que a veces —en su mente— era su vecino Betoo su compañero de clases Miguel AngelCon Tatiana, la primera de sus grandes amigas, se ponían juntos los tacones de su mamá. La bisutería no podía faltar ¡perlas por aquí y diamantes por allá! mientras él, usaba una playera en la cabeza como pelo y se lo ponía de lado para verse más coqueto. Un par de años mayor, usaba a sus sobrinas para jugar juntos a las modelos, a la oficina, a la casitaSe encerraban en su habitación para producir animadas pasarelas con faldas de toalla, vaporosas capas de sábana o elaborados y finos vestidos de edredón. Imaginación no faltaba y el callado niño entretejía historias paralelas en las que él, seguro de si mismo, era quien deseaba ser.

……..

La princesa está triste… ¿Qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa,
que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
La princesa está pálida en su silla de oro,
está mudo el teclado de su clave sonoro,
y en un vaso, olvidada, se desmaya una flor.

……..

—Su hijo es muy callado, y muy bien portado.

—Si, es muy tranquilo.

Pero esa tranquilidad en el fondo inquietaba, lo suficiente para llevarlo al psicólogo en varias ocaciones. Así, pasó de tal vez ser medio autista o incluso retrasado, a tener déficit de atención. No era común ver a un niño jugando solito con las hormigas, hojeando páginas de libros que apenas podía leer o simplemente quedarse sentado observándolo todo sin emitir ruido alguno. Pero ante todo, no era ni común ni grato que continuara orinándose noche tras noche. En efecto, era un niño “rarito”, de cuerpo “menudito”, de expresivos ojos oscuros, delgados labios y una ocre tonalidad de piel. Coronado por una abundante cabellera que solía esponjarse como algodón de azúcar. Sus manos alargadas delataban cierta delicadeza, y siempre derechito —como soldadito— recuerdo de una abuela casi militar. Captar la atención no era la mayor de sus cualidades, cuestión que acarreaba la necesidad de tragarse sus infantiles frustraciones, que no eran pocas. Algo sucedía en su mente, algo le inquietaba, cosas revoloteaban en su cabeza que lo distraían del mundo, que lo desconectaban de su realidad. No racionaba al ritmo de los demás, los niños a menudo lo aburrían y el salón de clases era un continuo infierno. En síntesis, él no era normal, pero tenía que intentar serlo, por su madre, por su padrastro, por sus amigos y maestros de la escuela y por todos los que lo veían con ojos de condescendencia, esa maldita expresión de lástima que debería quedar prohibida a la vista de los niños. O tal vez no, ¿quiénes seríamos ahora sin nuestro sinuoso pasado?

……..

¡Ay!, la pobre princesa de la boca de rosa 
quiere ser golondrina, quiere ser mariposa, 
tener alas ligeras, bajo el cielo volar; 
ir al sol por la escala luminosa de un rayo, 
saludar a los lirios con los versos de mayo 
o perderse en el viento sobre el trueno del mar.

……..

En algún momento el niño de nuestra historia se rindió, guardo sus alas de cuento y las ocultó, preciosas, en un cajón secreto de su viejo ropero. Decidió intentar adaptarse a las circunstancias que lo rodeaban, decidió no ser más un pez, tampoco una princesa, no sería más un ave ni un rey oriental, tampoco el poeta de su libro favorito. Ya no quería pensar, porque pensar era lo único que sabía hacer y ello implicaba preguntárselo todo, y preguntárselo todo implicaba parecer estúpido. Los niños listos no preguntan tanto, lo asumen y solo piensan en jugar; corren sin miedos, hacen travesuras y se divierten como enanos con otros de su especie… mala suerte. Entonces, nuestro niño aceptó cabizbajo su destino, sería él condescendiente con el resto, aceptaría sus reglas y aprendería lo que se es normal, la conducta adecuada. Se ocultaría bajo la máscara temprana de quien se sabe diferente y tiene que pagar el precio. El telón del teatro se había abierto.


Resulta interesante lo fácil que es olvidarnos de nuestra infancia, por lo menos de lo que por alguna razón evitamos recordar, nos referimos a la niñez como algo ajeno, que ya no nos corresponde y desde esa insana lejanía intentar educar a nuestros hijos. Resulta irónico que en la misma dimensión en que de niños ocultamos lo que nos avergüenza, de grandes continuamos avergonzándonos de ese niño triste que —en mayor o menor medida— todos fuimos, y terminamos por abandonarlo en lo más recóndito de nuestra psique. Por miedo a reconocernos quizás, a conmovernos de nuestro infantil pasado, a sentir lástima de nosotros, sin darnos cuenta que, ese niño sentado en aquella esquina requiere nuestro abrazo, ahora más que nunca, nos necesita. 


Hoy el niño de nuestro relato ya no se hace pipí, dejó de hacerlo poco a poco hasta los trece, coincidiendo con la propia aceptación de sus diferencias y re-valoración de su intelecto. Ya no más bolsas de plástico entre las sábanas, ya no más burlas, ya no más “el meón”, “el tonto”, “el raro”, “el joto”, ya no más. La inteligencia es un rasgo que abruma a quien la posee y asusta a quienes la asimilan como un aspecto más, habitamos un mundo donde se romantiza las ficticias cualidades del corazón y resta las de la mente. La madurez infantil suele ser desvalorizada por una irracional tendencia a tratar al infante como una sub-raza a la que hay que disciplinar y amoldar al reflejo de nuestras propias aspiraciones, olvidándonos de nuestro pasado y extrapolando complejos propios de la adultez. Hoy nuestro ahora niño-adulto a vuelto a ser princesa, pero también es príncipe, tiene algo de mago, de artista y ya no teme enfrentarse a su sueño de poeta. Pero sobretodo, le gusta recordar, dolerse de nuevo, reconocer todo aquello que lo une a su pasado y darle gracias a ese pequeño niño por ser tan fuerte, por aguantar, por seguir adelante en su meta de vivir y no desaparecer entre selectivas memorias.

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—«Calla, calla, princesa —dice el hada madrina—;
en caballo, con alas, hacia acá se encamina,
en el cinto la espada y en la mano el azor,
el feliz caballero que te adora sin verte,
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,
a encenderte los labios con un beso de amor».

— Fragmentos de Sonatina, Ruben Darío

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Capítulos anteriores  ⇓

https://milenguanativa.com/2017/08/20/el-refugio/

https://milenguanativa.com/2018/01/09/nunca-te-fuiste/

https://milenguanativa.com/2019/05/14/relatos-de-mis-multiples-infancias/

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On the Hill

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Yo vivo sobre una colina, de esas que solo adviertes como tal desde la lejanía, porque quedaron atrapadas en la voraz mancha urbana que todo lo cambia, lo desfigura, lo moldea; llamémosle ciudad. Pero no me mal entiendan, la modernidad implica cambios a menudo traumáticos, también los hay terribles y algunos otros, como en el caso de esta colina, encantadores. Desconozco como sería su aspecto doscientos o trescientos años atrás, pero su aspecto hoy nos invita a recrear historias en cada esquina, incluso a vivirlas más allá de nuestros complejos y prejuicios. Aquí todos son lo que son o lo que aspiran a ser sin temor al desafío social tan normalizado en el interior de las grandes urbes.

Capitol Hill es el nombre de la colina cuyo tema nos ocupa hoy, un barrio de contrastes permeables en cada calle. Modernos edificios conviviendo pared a pared con otros de victorianas ventanas. Las antiguas mansiones, cual palacetes, se dejan ver aún desde las calles arboladas, tras sus jardines impecables y columnas moldeadas cien años atrás. Hombres con alas rosas desfilan por la calle Pine, junto a mujeres con estrambóticos atuendos y cabellos fluorecentes y en la esquina con la calle Melrose, un hombre de aspecto desnutrido arrastra una sabana sucia y larga, la misma que cada noche se convierte en su casa. Sobre la calle Broadway, a la altura del tren ligero, los múltiples cafés abren sus puertas (casi todas con una bandera multicolor) a sus cafeinómanos clientes; exóticos aromas de Colombia y Africa los despiertan, —no se puede vivir sin un buen café por la mañana— se dicen, vestidos con sencillos pantalones de dormir combinados con gabardinas de quinientos dólares y un corte de pelo impecable. Por la tarde, la oferta gastronómica domina los apetitos, y las carteras. Ensaladas para los healthy, menús especiales para los intolerantes al gluten. Desde México, Argentina, la India, Tailandia, cortes de Australia y sabrá Dios de que tantos otros rincones del mundo, variedad es lo que sobra y no cabe pretexto para no gastar —me disculpo— degustar un buen plato de comida.

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Foto de Lindsey Wasson/The Seattle Times

Unos lo llaman el barrio bohemio, otros el barrio gay, el barrio de los artistas o el barrio de la diversidad, aunque sus precios en rentas no sean precisamente diversos, siempre hay quien se las arregla para vivir su sueño seattleite en el barrio de moda. Así, por las calles, desde las más elegantes en North Capitol Hill hasta las más ruidosas como la calle Pike, se ven desfilar verdaderas diversidades, ricos y pobres, hippies y hipsters, intelectuales e intelectualoides, artistas, activistas, amazonians y todo el intrincado sistema de castas de la comunidad LGBTTTIQ. Todos caben aquí, aunque sea de visita si no puedes pagar su alquiler, todos te ven con naturalidad, nadie te cuestiona, nadie se espanta, es un código… está prohibido. Por la noche la ciudad muta, y nuestra colina, acostumbrada a los reflectores no puede quedarse atrás. Regresamos entonces al circuito de las calles Pine y Pike, ambas ruidosas, estrafalarias, estimulantes, un hombre toca su batería en la esquina del Poquito’s sin camisa y con una cabeza de caballo en la suya propia, su rostro no se le ve, no es necesario, la anécdota queda impresa en nuestras mentes transeúntes. Tres mujeres de color serio y expresivas redondeces hacen twerking en la entrada de algún antro, no recuerdo el nombre ¿importa? la memoria es selectiva y reserva los hechos más llamativos; hombres altos y corpulentos se acercan, ellas continúan, el hechizo parece funcionar. Pero la noche es larga, segundo a segundo una historia nueva, una luz de sirena policiaca tratando de custodiar lo que sabe que no puede, porque la noche no tiene ley, no debe. La entrada del R-Place se llena de gente queriendo entrar, súbditos de un reino en el que aspiran escalar en moda, en fama, en belleza… ¿quién se llevo al más guapo de la noche? ¿quién triunfo con el último éxito de Queen-B? Dos calles abajo soplan otros vientos, más promiscuos y directos, bath-houses a la vista de todos, pero que ofrecen en su interior la secrecía buscada, lo furtivo de un roce, de una mirada en pasillos de puertas que se abren al compás del deseo.

Entonces lo entiendes, es un barrio distinto, sin mucho sentido pero con auténtico sentido de comunión. Solo así me explico un café para amantes de los gatos, donde puedes jugar con ellos en una habitación mientras tomas un té de flores silvestres. Iglesias con banderas de la comunidad gay y dispuestas a refugiar a quién lo necesite. Un huerto comunitario frente a un Starbucks, y dentro, dos hombres sucios frente a la chimenea calentándose antes de la ronda habitual, no tienen para un café, todos lo saben y nadie los molesta. En el Anderson’s Park, una familia asiática se cruza frente a otra latina, se sonríen en complicidad y extranjero apoyo. Una pareja de hombres pasea a su perro, este persigue los patos del espejo de agua y la mujer sentada enfrente sonríe antes de retomar su lectura. Mientras tanto, en el otro parque rodeado de elegantes residencias, dos señoras corren ataviadas en caros atuendos deportivos mientras en los baños públicos, posiblemente, el esposo de alguna de ellas mantiene una sesión sexual con algún universitario. Pareciera ser una pequeña ciudad dentro de otra, más bien una burbuja, si, una burbuja —¿inmobiliaria?— fue la sensación que me dio la primera vez que vine. Aún recuerdo cruzar ese puente sobre la apabullante autopista que divide a Capitol Hill del centro de la ciudad, aún recuerdo sentarme en los pilares del pequeño parque de la entrada y sentir que estaba en otro cosmos, fue así que decidí vivir aquí —y a toda costa— tener mi espacio en la colina… on the hill.

Y bien, mis estimados lectores, se preguntarán a que viene tanta apología de un barrio como muchos otros en otras más grandes y posiblemente interesantes ciudades, pero es que para un migrante como yo, la nostalgia pega fuerte y ahora que decido mudarme, siento que dejo una pequeña patria, y que como cuando dejé mi México, dejo algo de mi en ella. La razones son diversas como el mismo Capitol Hill, pero me duele dejar de ver desde mi ventanal las muchas historias que a diario caminan, bajo un fondo de antiguos ladrillos y moderno cristal.

Hasta aquí esta columna y…

#GreetingsFromSeattle 

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Dueño soy de mis pestañas.

Texto inspirado en experiencias personales y el poema “Soy dueña del universo” de Guadalupe «Pita» Amor.

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Me gusta verme, admirarme, proyectar en mis tacones aspiraciones secretas, deseos de escenario y de brillante lentenjuela. Observo esta desnudes que en otros mundos no se me permite, pero que ahora es mía, mía de mi cuerpo y mis deseos, de los afectos de quienes yo pretenda, de mis miedos vencidos, de la seguridad que repentinamente poseo a través de mis caderas, los pasos de acero de mis piernas; y lo quiero todo, todo y a todos viéndome desde la pista, sintiéndome lejana y arrogante, déspota, segura, divina, absolutista, poderosa y audaz como una perra.

Y yo, como «Guadalupe Teresa Amor Schmidtlein» dueño soy de mis pestañas…

Como dueño de las ansiedades que me desvisten y revisten cada noche de bruma, de espejismos y espectáculo. Me maquillo para Afrodita volviéndome vitral de mis obsesiones y en cada entalle, en cada transparencia del vestuario… mis libertades. Entonces me descarno este traje de niño/niña decente, maloliente y me vuelvo puta. Porque de las putas es el reino de los cielos al que aspira mi entrepierna, este sexo que nocturno brota como flor de Nochebuena.

Y yo, como «Pita, mi Pitita» dueño soy del universo…

Y de los astros y los soles que me invento, dueño soy del firmamento de luces esta noche, que de un centro nocturno brotan mundos paralelos; bullentes, como en el principio de los tiempos y de los hombres y las religiones, del pecado original y la virtud ignota, del ángel caído que acaricia mis intenciones y las vuelve lumbre, mis manos de lumbre, mis cabellos y mis ojos y mis labios que escupen lumbre. Me deshago, me desconozco y me seduzco; este espejo de camerino que se ríe a carcajadas y me hechiza con su maldito reflejo.

Y yo, como «Guadalupe “Pita” Amor» me vuelto otro(a)

Me transformo, quimera de mis pasiones, de mis lujurias, de esta vasta inteligencia de bruja que me vuelve pitonisa de mi propio destino, y adelantada a los tiempos, en tácito pacto con mis infiernos sentencio libertad. Libre el albedrío, libres mis pezones y mis muslos, libres mis movimientos de hombre/mujer/dragón/serpiente, libres mis intimas perversiones de chacal, de hiena, de gata. Este hambre de hombre, de triunfo y de furtivas miradas. Esta ansiedad de belleza inusitada al amparo de la luna, de oscura vanidad y ambición de discoteca. Este soy yo en mis noches de travestismo, de eterna dragola diva y de la más lúcida de mis verdades.

Dueño —solo esta noche— soy de mi.

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