El tercer piso

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¡Rico, poderoso y hacendado! eso decía yo que seria después de los treintas, que aprendería a tocar el piano como Chopin jamas soñó, que hablaría cinco idiomas, dos dialectos ¿y por qué no? una lengua muerta como el latín, una licenciatura (en universidad privada “of course”), una maestría en el extranjero y estudiando un doctorado. Y muy rico —¿lo mencione antes?—; cuando se es adolescente el tema monetario es prioritario, como lo es la acumulación misma en sus más superficiales variantes; viajes a los cinco continentes, un curso de fotografía, diseño o cualquier arte superfluo —pero “cool“— en Nueva York, ropa innecesariamente cara como símbolo del adquirido estatus, por lo menos una experiencia empresarial y otra más “espiritual” como seis meses en la India. Aún recuerdo en mis dieciocho primaveras soñar con vivir en cualquiera de los pisos más altos de las recién estrenadas torres Bay View Grand en mi natal Cancún. A mis veintiuno renové mi sueño por un discreto piso ocho en Residencial Las Olas, dos veces mas caro y con mejor vista (ni se preocupen que el dinero en los sueños sobra). Los sueños lucidos son como la cafeína, adictivos y a veces pareciera que los pudieras tocar/saborear. Ya para mis veintitrés el sueño se había tornado pesadilla y la vida, los astros, el cosmos, las estrellas y todo el conspirante universo me dejaron saber que ¡sorpresa! los sueños distan mucho de la realidad, que para llegar a ellos hay que escalar continuamente sobre cumbres con pendientes movedizas y sin garantía de éxito.

Hoy, postrado sobre este pedestal algo agrietado y descolorido, pero sólido —quiero pensar— al que llamo “tercer piso” (¡mis treintas, pues!) no puedo dejar de preguntarme ¿en verdad era tan estúpido? ¿en qué estaba pensando? Bueno, tampoco es para tanto, si entendemos que las aspiraciones son parte fundamental de nuestra evolución personal. Nos hablan directamente de lo que somos, porque en lo que muchas veces aspiramos se esconden también nuestros complejos, miedos, prejuicios e inseguridades. Entonces llega el día en que un ente iluminado y divino —en forma de espumoso expreso, quizás— pareciera trastocar nuestro juicio y nos detenemos, de repente, a preguntarnos los motivos de nuestras aspiraciones y si estas corresponden a nuestra realidad, nuestros alcances y más importante… nuestras pasiones.

¿Cuál es el motivo de la vida? ¡vale! si todos los filósofos europeos de los Siglos XIX y XX no dieron con la respuesta, es un hecho que yo tampoco lo haré: concentrémonos pues en los detalles… ¿Qué nos motiva, apasiona? esa pregunta está más fácil —bueno, no tanto— pero resulta interesante que a partir de ella podemos deshilvanar poco a poco nuestros reales intereses. En mi caso, mis intereses partían de una imagen mental y ficticia colgada en alguna pared donde se podrían ver todos mis éxitos desde la expresión de mi rostro y postura de mi cuerpo sentado sobre un elegante sillón en forma de trono. Es una idea fantasiosa de lo que —en extrema ironía— resulta también una fantasía. Pero por qué a una fantasía le daríamos tanto poder sobre nuestra vida y las acciones que realizamos, aun cuando nuestra realidad pueda contrastar de forma chocante, abismal. De donde surgiría la motivación/aspiración por ser/obtener lo que  desconocemos. Volviendo a mi caso, me resulta curioso como hechos que yo consideraba poco importantes son imprescindibles como piezas de un rompecabezas en construcción. La eterna búsqueda de éxito de mi padre parece engranar perfectamente, su suicidio también. La muñeca con la que nunca pude jugar en público de niño, la ocasión en que no pude terminar mi discurso en el concurso de oratoria y frente a todos, terminar abruptamente pidiendo “perdón”. Incluso hechos recientes como “un grupo de americanos riéndose de mi acento” pueden dejar marcas de notable influencia en nuestras conciencias, dirigir nuestras aspiraciones y con ello, nuestras acciones. De ahí que reconozca como fundamental el examen constante de nuestros sueños, un examen a menudo frustrante —del que todos huimos— pero necesario en nuestra etapa adulta y ¿madura? Solo así he logrado encontrar la forma de transformar mis intereses, ciertas conductas y la manera en como me relaciono con mi entorno. De repente las marcas de ropa resultan frivolidades, los motivos de los viajes cambian, te olvidas de buscar amistades con apariencia perfecta, después te olvidas de ser tu la persona “perfecta” que todo mundo “quieres” que quiera, la autocrítica como método valorativo se impone necesario, la ansiada fama pasa a ser la menor de tus preocupaciones y con ello, también la necesidad constante de agradar al prójimo. ¿Y la pasión? la pasión por todo aquello por lo que estás dispuesto a entregarte se vuelven el centro de todo. Más allá de los logros, es el minucioso y gratificante proceso de creación lo que alimenta nuestro nuevo “yo”.

Del lujoso apartamento en Cancún, nada. No digo que no lo quiera, pero ya no lo necesito, tampoco reafirmar mi estatus más allá de lo que es realmente importante reafirmar, mi libertad. De las experiencias ni hablamos, son como perlas y las atesoro invaluables en mi memoria, buenas, malas, dolorosas, placenteras, humillantes, no importa; todas dan, todas generan y de todas se aprende. Al final, del repaso de nuestros  inverosímiles sueños desde la infancia hasta nuestra edad adulta podemos escribir una tragicomedia, aunque también puede darnos sorpresas y como en mi caso, la aspiración olvidada de un niño que quería ser escritor regresa como una de las más importantes e irónica de las lecciones.

Lo mejor no está por venir después de los “treintas” ni los treintas son los nuevos “veintes”, ¿en verdad nos hacen falta tales frases huecas para enfrentar nuestra edad? la realidad es otra y suele ser, según mi caso y el de muchos de mi entorno, una etapa de constante aprendizaje, lo cual no implica necesariamente “felicidad”. Y que decir de nuestro miedo patológico a la inevitable acumulación de los años, como si envejecer no implicase también el aumento de la perspectiva, nuestro acervo de memorias, el cultivo de largas amistades, de amores, la plenitud que solo otorga la sabiduría adquirida de forma empírica, etc. Pero en una sociedad cada vez más infantilizada aunada a nuestro pos-modernista culto a la idiotez, parecieran generar cambios en el subconsciente y revertir nuestro deseo infantil de crecer, madurar… de ser grande. Y es que ahora que lo pienso, la forma en que nos imaginamos a futuro suele parecerse a una selfie en movimiento, siempre sonrientes y con el fondo perfecto. Pero resulta que ni caminaremos sobre esa playa eternamente con el viento revolviéndonos el pelo agarrados de la mano de ese alguien único y especial, ni —si hipotéticamente esa imagen se diera— duraría lo suficiente para ejemplificar nuestro futuro. Por otro lado, es un hecho que nuestro proceso de aprendizaje cognitivo valora más las experiencias dolorosas o inesperadas de las cuales extraemos valiosas lecciones importantes para nuestra supervivencia, que aquellas vivencias ideales que solo generaron un placer espontáneo. Pero tampoco es que yo sea psicólogo, apenas un escritor amateur muy atrevido, no me hagan mucho caso.

Ahora bien, a mis actuales treinta y cuatro años puedo decir estar listo para el resto… ¡ha – ha! o por lo menos para ya no perder tanto el tiempo pensando en el futuro, me resulta inútil y frustrante. Pero ese es mi caso, siempre he sido una persona cambiante y poco asiduo a la rutina, me resultaría casi imposible planear mi vida a largo plazo. Lo que si es que el presente al que solía temerle (mucho) se ha transformado en mi etapa favorita, ahí sí que está el jugo, piénsenlo: nada como sentir que puedes cambiar tu camino a placer, cada experiencia se magnifica, cada antojo se prioriza, cada esfuerzo sabe a logro, cada caída se supera más rápido, las culpa o el arrepentimiento perduran menos tiempo y el conocimiento de las cosas se absorbe con mayor intensidad. En fin, cada intento puede ser el último ¡es ahora o nunca! Vale, tampoco quiero que suene a comercial, y no imagino la risa de mis veteranos lectores tratando de dilucidar la maraña de imberbes conceptos aquí escritos, o tal vez alguno que otro se identifique, tal vez. Pero bueno, basta ya de tanta parafernalia pretenciosa que tampoco es mi idea convencer a nadie de que a mis treintas se me ha sido revelado “el secreto”, que he encontrado el “hilo negro”, o que he tocado el “nirvana”, nada más alejado de la realidad. Solo creo interesante señalar lo importante de escudriñar nuestros deseos, abrir esa Caja de Pandora de vez en cuando y permitir salir los demonios que ahí subsisten. Es impresionante lo que uno se encuentra y lo mucho que ayuda dicha desempolvada. Enfrentarse a uno mismo… la catarsis obligada ¿no creen?

Hasta aquí esta columna y…

#GreetingsFromSeattle

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Ciudad de Todos – La Raza del Noreste

Les presento Ciudad de Todos, un nuevo proyecto de columna en el cual colaboraré de forma mensual a través del periódico local La Raza del Noreste. Un reto compartido con mi compañera Perla Mendoza y en el que buscaremos contar aquellas historias interesantes de la ciudad que habitamos, sufrimos, amamos y transitamos día con día, llamada Seattle. Desde aquí un agradecimiento al director del periódico Alvaro Guillen por todo su apoyo en esta nueva etapa y que esperamos sea de los más fructífera.

Les anexo el enlace de nuestro primer artículo como presentación y los invitamos a seguirnos leyendo a través de La Raza del Noreste cada quince días.

http://www.larazanw.com/noticias/ciudad-de-todos/

 

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On the Hill

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Yo vivo sobre una colina, de esas que solo adviertes como tal desde la lejanía, porque quedaron atrapadas en la voraz mancha urbana que todo lo cambia, lo desfigura, lo moldea; llamémosle ciudad. Pero no me mal entiendan, la modernidad implica cambios a menudo traumáticos, también los hay terribles y algunos otros, como en el caso de esta colina, encantadores. Desconozco como sería su aspecto doscientos o trescientos años atrás, pero su aspecto hoy nos invita a recrear historias en cada esquina, incluso a vivirlas más allá de nuestros complejos y prejuicios. Aquí todos son lo que son o lo que aspiran a ser sin temor al desafío social tan normalizado en el interior de las grandes urbes.

Capitol Hill es el nombre de la colina cuyo tema nos ocupa hoy, un barrio de contrastes permeables en cada calle. Modernos edificios conviviendo pared a pared con otros de victorianas ventanas. Las antiguas mansiones, cual palacetes, se dejan ver aún desde las calles arboladas, tras sus jardines impecables y columnas moldeadas cien años atrás. Hombres con alas rosas desfilan por la calle Pine, junto a mujeres con estrambóticos atuendos y cabellos fluorecentes y en la esquina con la calle Melrose, un hombre de aspecto desnutrido arrastra una sabana sucia y larga, la misma que cada noche se convierte en su casa. Sobre la calle Broadway, a la altura del tren ligero, los múltiples cafés abren sus puertas (casi todas con una bandera multicolor) a sus cafeinómanos clientes; exóticos aromas de Colombia y Africa los despiertan, —no se puede vivir sin un buen café por la mañana— se dicen, vestidos con sencillos pantalones de dormir combinados con gabardinas de quinientos dólares y un corte de pelo impecable. Por la tarde, la oferta gastronómica domina los apetitos, y las carteras. Ensaladas para los healthy, menús especiales para los intolerantes al gluten. Desde México, Argentina, la India, Tailandia, cortes de Australia y sabrá Dios de que tantos otros rincones del mundo, variedad es lo que sobra y no cabe pretexto para no gastar —me disculpo— degustar un buen plato de comida.

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Foto de Lindsey Wasson/The Seattle Times

Unos lo llaman el barrio bohemio, otros el barrio gay, el barrio de los artistas o el barrio de la diversidad, aunque sus precios en rentas no sean precisamente diversos, siempre hay quien se las arregla para vivir su sueño seattleite en el barrio de moda. Así, por las calles, desde las más elegantes en North Capitol Hill hasta las más ruidosas como la calle Pike, se ven desfilar verdaderas diversidades, ricos y pobres, hippies y hipsters, intelectuales e intelectualoides, artistas, activistas, amazonians y todo el intrincado sistema de castas de la comunidad LGBTTTIQ. Todos caben aquí, aunque sea de visita si no puedes pagar su alquiler, todos te ven con naturalidad, nadie te cuestiona, nadie se espanta, es un código… está prohibido. Por la noche la ciudad muta, y nuestra colina, acostumbrada a los reflectores no puede quedarse atrás. Regresamos entonces al circuito de las calles Pine y Pike, ambas ruidosas, estrafalarias, estimulantes, un hombre toca su batería en la esquina del Poquito’s sin camisa y con una cabeza de caballo en la suya propia, su rostro no se le ve, no es necesario, la anécdota queda impresa en nuestras mentes transeúntes. Tres mujeres de color serio y expresivas redondeces hacen twerking en la entrada de algún antro, no recuerdo el nombre ¿importa? la memoria es selectiva y reserva los hechos más llamativos; hombres altos y corpulentos se acercan, ellas continúan, el hechizo parece funcionar. Pero la noche es larga, segundo a segundo una historia nueva, una luz de sirena policiaca tratando de custodiar lo que sabe que no puede, porque la noche no tiene ley, no debe. La entrada del R-Place se llena de gente queriendo entrar, súbditos de un reino en el que aspiran escalar en moda, en fama, en belleza… ¿quién se llevo al más guapo de la noche? ¿quién triunfo con el último éxito de Queen-B? Dos calles abajo soplan otros vientos, más promiscuos y directos, bath-houses a la vista de todos, pero que ofrecen en su interior la secrecía buscada, lo furtivo de un roce, de una mirada en pasillos de puertas que se abren al compás del deseo.

Entonces lo entiendes, es un barrio distinto, sin mucho sentido pero con auténtico sentido de comunión. Solo así me explico un café para amantes de los gatos, donde puedes jugar con ellos en una habitación mientras tomas un té de flores silvestres. Iglesias con banderas de la comunidad gay y dispuestas a refugiar a quién lo necesite. Un huerto comunitario frente a un Starbucks, y dentro, dos hombres sucios frente a la chimenea calentándose antes de la ronda habitual, no tienen para un café, todos lo saben y nadie los molesta. En el Anderson’s Park, una familia asiática se cruza frente a otra latina, se sonríen en complicidad y extranjero apoyo. Una pareja de hombres pasea a su perro, este persigue los patos del espejo de agua y la mujer sentada enfrente sonríe antes de retomar su lectura. Mientras tanto, en el otro parque rodeado de elegantes residencias, dos señoras corren ataviadas en caros atuendos deportivos mientras en los baños públicos, posiblemente, el esposo de alguna de ellas mantiene una sesión sexual con algún universitario. Pareciera ser una pequeña ciudad dentro de otra, más bien una burbuja, si, una burbuja —¿inmobiliaria?— fue la sensación que me dio la primera vez que vine. Aún recuerdo cruzar ese puente sobre la apabullante autopista que divide a Capitol Hill del centro de la ciudad, aún recuerdo sentarme en los pilares del pequeño parque de la entrada y sentir que estaba en otro cosmos, fue así que decidí vivir aquí —y a toda costa— tener mi espacio en la colina… on the hill.

Y bien, mis estimados lectores, se preguntarán a que viene tanta apología de un barrio como muchos otros en otras más grandes y posiblemente interesantes ciudades, pero es que para un migrante como yo, la nostalgia pega fuerte y ahora que decido mudarme, siento que dejo una pequeña patria, y que como cuando dejé mi México, dejo algo de mi en ella. La razones son diversas como el mismo Capitol Hill, pero me duele dejar de ver desde mi ventanal las muchas historias que a diario caminan, bajo un fondo de antiguos ladrillos y moderno cristal.

Hasta aquí esta columna y…

#GreetingsFromSeattle 

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De lengua me como un taco

Ya han pasado poco mas de seis años y aún me encuentro inexorablemente atrapado en un proceso de adaptación cultural que, dicho sea de paso, me resulta gracioso. Y es que éste país se las arregla para mantenerme surprised a ratos, nostálgico en otros, pero entretenido… siempre. Aún me resulta imposible evitar la odiosa comparación entre mi vida aquí y la otra, tan diferente en México. Tampoco es que la diferencia en la paridad peso/dólar ayude. Pero la realidad se antoja mas compleja y abarca desde los más básicos detalles como; beberte una Coca Cola que no te sabe a Cola, hasta la necesidad de acostumbrarte a un idioma que no es «era» el tuyo.  Un día décadas atrás en un arranque de narcisismo mezclado con un toque de lucidez, cierto famosísimo pintor español anunció que nunca regresaría a pisar México, ya que; «no soportaba un país mas surrealista que sus pinturas». Y viniendo de un extranjero no me extraña, pero cuando es uno el extranjero «mexicano» viviendo en los United’s, la cosa cambia mi chato. 

Y probablemente se preguntarán, mis curiosos lectores, ¿cuál sería la primera diferencia a notar viviendo en los Estados Unidos? La respuesta además de fácil resulta obvia, la lengua es por mucho no solo el primero de los cambios, sino el más dramático. Porque no solo implica una sustitución del idioma a utilizar de forma genérica, sino además una deformación en nuestra propia lengua materna, la cual se ha visto dotada —muy a pesar de sus más conspicuos defensores— de transformaciones lingüísticas, gramaticales, fonéticas, ortográficas, semánticas, entre muchas otras “¿atrocidades?”. La lengua parece evolucionar a través de sus hablantes advirtiendo nuevos enfoques en el empleo de la misma. Resultando en el surgimiento de lo que muchos consideran, incluso, un dialecto nuevo. Pues ni tan nuevo, y es que resulta interesante de lo que uno se entera al indagar la historia del spanglish. Entonces te caen veintes que ni por asomo imaginabas, por ejemplo; que data de mediados del siglo XIX, cuando México pierde más de la mitad de su territorio frente a la naciente y expansiva potencia americana. Ya desde entonces los pobladores empiezan por adaptarse a un proceso de transculturación que hoy día continua. Incluso, se sabe de términos en spanglish que han dejado de usarse desde principios del siglo pasado, y con ello, se demuestra no solo la evidente y constante evolución de un sistema de comunicación único en el mundo, sino de una necesidad implícita derivada de una migración que no frena —y no tiene para cuando—. La diáspora latinoamericana parece no encontrar paragón en los tiempos contemporáneos; aunada a los muchos diferentes contextos sociales, históricos, políticos y religiosos que la rodean, nos ubicamos sin lugar a dudas frente a un interesante cocktail social y cultural tan embriagante como explosivo.

Como observarán, el temita lleva harta tela y no me alcanzarían ni los dedos ni las ganas para abordarlo por completo, pero si abundar en la importancia de estudiar un fenómeno de largo alcance y de muchas implicaciones geopolíticas en la todavía región económica más importante; Norte America. Hay un gran debate en ciernes, no hay duda de ello, y la moneda pareciera estar en el aire a favor de la comunidad latina. Imposible no estarlo cuando es Estados Unidos el segundo país hispanohablante de la tercera lengua del mundo, ¡ahí nomás! Imposible no prestar atención frente al crecimiento de una comunidad que exige, pero que aporta. Los Estados Unidos no serían lo que son sin los territorios antes mexicanos y sin la enorme diversidad étnico-cultural que posee. Sin embargo, es notable —desde mi punto de vista— la poca cohesión social que existe entre las diferentes comunidades raciales. Y hasta aquí una cuestión en la cual me es imposible evitar otra odiosa comparación. 

En México, por ejemplo, es visible la sincretización racial, social y cultural que se dio en épocas del virreinato y después, frente al opuesto sistema colonial de la entonces “en pañales” nación americana, misma que no sólo «no» impulsó una mezcla en sus diferentes poblaciones, sino que dichas diferencias permearon hasta nuestros días, dando lugar un país de enorme diversidad, si, pero de muy poca unidad. Con esto no quiero decir que en los temas —o problemas— de identidad racial son ajenos a la América Latina. Pero es un hecho que en el país del American Dream, se cuecen aparte. 

Algo que llamó fuertemente mi atención es la imperante necesidad del sistema americano por identificarte constantemente de forma racial, religiosa, sexual, lingüística, etc. Me parece no solo estúpida dicha manía tan incisiva, dando pie a los comunes estereotipos, sino el hecho de no contar con una justificación racional para ello. Pero en un país obsesionado con los datos y estadísticas termina por ser el pan de cada día. Así, pasamos a acostumbrarnos a la idea de tener que identificar a cada rato y en cada formulario —ya sea escolar, medico, laboral ¡vaya! de lo que sea— tu origen o procedencia, como si mi cara para ello no bastara, o tal vez mi aspecto nórdico —pero de la península yucateca— pudiese levantar suspicacias. 

Pero volviendo al tema de la lengua, y porque de lengua me como un taco, aún me parecen increíbles los miedos y complejos que la llamada lengua de Cervantes suscita entre algunos, muchos ciudadanos americanos… de los güeritos, pues. Parecieran no aceptar o comprender el país en el que viven ni su real composición. Pero, a decir verdad, poco o nada pueden hacer frente al desbordante número de 60 millones de hispanohablantes que habitan, trabajan, sueñan y se desarrollan diariamente en español. Parecen no entender el inevitable —y si muy necesario— debate lingüístico del que se ha evitado entrar a toda costa desde el congreso. Tarde o temprano, será la exigencia de una población con cada vez mayor presencia y un peso político-económico decisivo. Entonces, preparémonos mentalmente para un futuro similar al de tantas otras naciones lejanas e incluso vecinas como Canadá, donde coexisten oficialmente tanto el Ingles como el Frances. Que decir de algunas naciones europeas con hasta cuatro zonas idiomáticas distintas, pero todas oficiales. Tal parece que en ésta y muchas otras materias de vanguardia social, los Estados Unidos se quedan cortos de miras; algo impropio de la denominada primera democracia del mundo. 

En fin, es interesantísimo el choque cultural entre dos países que además de vecinos, poseen una historia común y un enlace comercial fortísimo: anécdotas hay para dar y repartir, pero para ello tengo que refrescar la memoria. Los invito a seguir leyendo mis impresiones en un país maravilloso, si, así lo creo, pero también de muchos contrastes. Y después de tanta verborrea ustedes preguntarán ¿Que tiene todo esto de positivo? Pues por mi parte, que llegué a vivir a un país del cual no creía su mentado sueño americano, pero entendí, y ahora lo comparto, que si es un país de grandes oportunidades; están ahí, a la espera de gente emprendedora y con los pies en la tierra, sin miedo a aprender y adaptarse a una cultura que, puede no gustarnos, pero es la que es, la que hay y la que nos da. 

Sigo sin creer en el sueño americano, pero al parecer, no me hace falta a mi ni nadie con la suficiente audacia. Hasta aquí ésta columna y…

#GreetingsFromSeattle

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Mural de la Segunda Avenida en Belltown, Seattle, WA.