Guadalupe “Pita” Amor… La Undécima Musa – Poesía Mexicana

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Retrato de Guadalupe Amor por el maestro Diego Rivera

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Dueña de una prosa única como “dueña de la tinta americana” y de el sinuoso camino que ella misma eligió —o se inventó— para vivir. De si misma escribió las rimas que la convertirían en Pita Amor, la undécima musa, según su amigo, el escritor y poeta Salvador Novo, quien la bautizaría así aludiendo en referencia a la también llamada “décima musa”, Sor Juana Inés de la Cruz. Nacería en el seno de una familia de porfiriano abolengo, venida a menos gracias a la expropiación que la revolución mexicana hiciera del principal activo de ésta; la entonces hacienda azucarera San Gabriel de las Palmas. Como la última de los vástagos de una familia en inesperada situación económica, Pita no obtuvo igual esmero en su educación como sus otros seis hermanos, quienes además, no compartían su carácter explosivo y caprichoso. Ya en su tardía juventud —27 años— publicaría el primero de sus libros, Yo soy mi casa, el cual le abrió las puertas al mundo cultural e histriónico de la entonces pujante Ciudad de México. Lo mismo compartió ideas con grandes personajes de la época, escritores, actores, fotógrafos, artistas e intelectuales como Gabriela Mistral, Salvador Dalí, María Felix, Frida Kahlo, Juan Rulfo, Pablo Picasso, Alfonso Reyes y muchos otros, todos los que conformaban la escena en la primera mitad del Siglo XX. Diego Rivera la retrataría incluso en varías ocaciones, una de ellas desnuda, para escándalo de la conservadora familia Amor y la entonces sociedad mexicana.

El objetivo de Pita era claro, buscaba ser el centro de atención y una mojigata pero también efervescente sociedad pos-revolucionaria la recibiría con vítores y críticas, halagos y fuertes señalamientos a su postura tajante de libertad, esa que expresaban tantos sus letras como sus constantes desfiguros. Sus tres libros siguientes, Puerta obstinada, Círculo de angustia Polvo, la posicionaron como la indiscutible poeta del momento, heredera de un estilo clásico en sincretización irreverente con sus ideas, con la imagen de si misma y el personaje que se creo a partir de su narrativa. En algún momento leí un ensayo refiriéndose a ella como “las dos Pitas”, la conservadora católica niña de casa, y la otra, la mujer, la amante, la atormentada de los grandes ojos y expresivos ademanes, gran declamadora de sonetos, décimas y liras y vasta conocedora del Siglo de Oro. No sabemos cual de las dos Pita’s era la poeta, ni quien de las dos sobreviviría a la primera mitad de siglo; no sabemos cual quedaría atrapada bajo la dramática muerte de su único hijo, ni cual deambulaba con senil locura sobre las calles de la Zona Rosa cuajada en extravagante bisutería. Pero si tenemos constancia de su genio y es menester de todos rescatar su obra.

Michael K. Schuessler publicaría en 1986 junto a Elena Poniatowska —sobrina de Pita y escritora del prólogo— una necesaria y estimulante biografía sobre la vida y obra de la poeta. Poco, muy poco se ha escrito de ella y muy difícil es encontrar su obra en las estanterías mexicanas, que decir de otros países. Peor aún cuando se busca precisamente la reivindicación de la posición femenina y su importancia en las letras hispanoamericanas. Y voces como la de Guadalupe “Pita” Amor, muy pocas.

Décimas a Dios fue probablemente su libro más celebrado, el más intimo y con él ya no cabía lugar a duda sobre su talento. Publicaría ocho libros más reafirmando su legado y una rica herencia escrita para la hispanidad, la universalidad de su literatura, el feminismo y la mujer contemporánea.

Pasemos pues, a la esencial relectura de su obra…

 

Adentro de mi vaga superficie

Adentro de mi vaga superficie
se revuelve un constante movimiento;
es el polvo que todo lo renueva,
destruyendo.

Adentro de la piel que me protege
y de la carne a la que estoy nutriendo,
hay una voz interna que me nombra;
Polvo tenso.

Sé bien que no he escogido la materia
de este cuerpo tenaz, pero indefenso,
arrastro una cadena de cenizas:
polvo eterno.

Tal como yo han pasado las edades,
soportando la lucha de lo interno,
el polvo va tomando sus entrañas
de alimento…

¡Humanidad, del polvo experimento!

 

Por qué me desprendí

¿Por qué me desprendí de la corriente
misteriosa y eterna en la que estaba
fundida, para ser siempre la esclava
de este cuerpo tenaz e independiente?

¿Por qué me convertí en un ser viviente
que soporta una sangre que es de lava
y la angustiosa oscuridad excava
sabiendo que su audacia es impotente?

¡Cuántas veces pensando en mi materia
consideréme absurda y sin sentido,
farsa de soledad y de miseria,

ridícula criatura del olvido,
máscara sin valor de inútil feria
y eco que no proviene de sonido!

 

Viejas raíces empolvadas

Son mis viejas raíces empolvadas
la extraña clave de mi cautiverio;
atada estoy al polvo y su misterio,
llevo ajenas esencias ignoradas.

En mis poros están ya señaladas
las cicatrices de un eterno imperio;
el polvo en mí ha marcado su cauterio,
soy víctima de culpas olvidadas.

En polvorienta forma me presiento
y a las nuevas raíces sobresalto
he de legar, con mi angustioso aliento.

Mas conquistando el aire por asalto,
nada tengo que ver con lo que siento,
soy cómplice infeliz de algo más alto.

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La aritmética…


La aritmética alarmante
la matemática fría
la distante geografía
el álgebra desquiciante

la alquimia desconcertante
la glacial filosofía
la celeste astronomía
la teología enajenante

el ajedrez silencioso
el dominó misterioso
el deporte de la lumbre,

que es de los juegos la cumbre,
nunca podrán igualar
al deporte de pensar

 

Mi testamento


En estas líneas que con tinta escribo
te lego Juan de Dios mi testamento,
quede de testimonio documento
la palabra transcrita que transcribo

En estas letras dadas al olvido
infinitas, igual que el firmamento,
dejo mi signo, mi señal, mi acento
y te digo don Juan lo que he vivido

Y te digo don Juan cómo yo he muerto
Lego mis asombrosos abalorios
a la sombra del ávido desierto
y a la misa final de mis velorios
Y mi sangre la dejo al llano abierto
y mi gloria a los cielos transitorios

 

Ese Cristo…

Ese Cristo tan negro y vengativo
al que debo una deuda prometida,
permanece agónico y con vida
esperando mi tardo donativo

Ese Cristo de sangre fugitivo
prolonga su agonía desmedida
y su sangre está ya comprometida
con su cuerpo sangriento y abatido

Ese Cristo de noche a mí me sigue
y me cobra y me reta y me persigue
y su mirada eterna de agonía

a la luz de mis ojos desafía
Cubierto con un tápalo morado
es testigo de mi íntimo pecado

 

Me doctoré…

Me doctoré en masoquismos
también en jurisprudencia
me doctoré en la alta ciencia
de fabricar silogismos

y de inventar espejismos
Me doctoré en la vehemencia
de saber que la conciencia
sólo acelera los ismos

Me doctoré en teología
también en melancolía
Me doctoré en letras muertas

también en ciencias inciertas
Me doctoré en el amor
lo practiqué en Do Mayor

 

Shakespeare

Shakespeare me llamó genial
Lope de Vega, infinita
Calderón, bruja maldita
y Fray Luis la episcopal

Quevedo, grande inmortal
y Góngora la contrita
Sor Juana, monja inaudita
y Bécquer la mayoral

Rubén Darío, la hemorragia;
la hechicera de la magia
Machado, la alucinante

Villaurrutia, enajenante
García Lorca, la grandiosa
y yo me llamé la Diosa

 

He escrito dos mil sonetos

He escrito dos mil sonetos
y mil novecientas liras,
tengo un vestido de tiras
bordadas, y seis cuartetos

que escribí entre los abetos
En mis luminosos giros
hablé ya de odios y de iras
hablé de amores secretos

hablé de mapas y océanos,
de las palmas de mis manos
de los astros y los ríos

de mis cien mil extravíos
Pero es más lo que he callado
que lo que ya he publicado

 

Letanía de mis defectos

Soy vanidosa, déspota, blasfema;
soberbia, altiva, ingrata, desdeñosa;
pero conservo aún la tez de rosa.
La lumbre del infierno a mi me quema.

Es de cristal cortado mi sistema.
Soy ególatra, fría, tumultuosa.
Me quiebro como frágil mariposa.
Yo misma he construido mi anatema.

Soy perversa, malvada, vengativa.
Es prestada mi sangre y fugitiva.
Mis pensamientos son muy taciturnos.

Mis sueños de pecado son nocturnos.
Soy histérica, loca, desquiciada;
pero a la eternidad ya sentenciada.

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Retrato de Pita Amor - Juan Soriano

Retrato de Guadalupe Amor por el maestro Juan Soriano

 

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De lengua me como un taco

Ya han pasado poco mas de seis años y aún me encuentro inexorablemente atrapado en un proceso de adaptación cultural que, dicho sea de paso, me resulta gracioso. Y es que éste país se las arregla para mantenerme surprised a ratos, nostálgico en otros, pero entretenido… siempre. Aún me resulta imposible evitar la odiosa comparación entre mi vida aquí y la otra, tan diferente en México. Tampoco es que la diferencia en la paridad peso/dólar ayude. Pero la realidad se antoja mas compleja y abarca desde los más básicos detalles como; beberte una Coca Cola que no te sabe a Cola, hasta la necesidad de acostumbrarte a un idioma que no es «era» el tuyo.  Un día décadas atrás en un arranque de narcisismo mezclado con un toque de lucidez, cierto famosísimo pintor español anunció que nunca regresaría a pisar México, ya que; «no soportaba un país mas surrealista que sus pinturas». Y viniendo de un extranjero no me extraña, pero cuando es uno el extranjero «mexicano» viviendo en los United’s, la cosa cambia mi chato. 

Y probablemente se preguntarán, mis curiosos lectores, ¿cuál sería la primera diferencia a notar viviendo en los Estados Unidos? La respuesta además de fácil resulta obvia, la lengua es por mucho no solo el primero de los cambios, sino el más dramático. Porque no solo implica una sustitución del idioma a utilizar de forma genérica, sino además una deformación en nuestra propia lengua materna, la cual se ha visto dotada —muy a pesar de sus más conspicuos defensores— de transformaciones lingüísticas, gramaticales, fonéticas, ortográficas, semánticas, entre muchas otras “¿atrocidades?”. La lengua parece evolucionar a través de sus hablantes advirtiendo nuevos enfoques en el empleo de la misma. Resultando en el surgimiento de lo que muchos consideran, incluso, un dialecto nuevo. Pues ni tan nuevo, y es que resulta interesante de lo que uno se entera al indagar la historia del spanglish. Entonces te caen veintes que ni por asomo imaginabas, por ejemplo; que data de mediados del siglo XIX, cuando México pierde más de la mitad de su territorio frente a la naciente y expansiva potencia americana. Ya desde entonces los pobladores empiezan por adaptarse a un proceso de transculturación que hoy día continua. Incluso, se sabe de términos en spanglish que han dejado de usarse desde principios del siglo pasado, y con ello, se demuestra no solo la evidente y constante evolución de un sistema de comunicación único en el mundo, sino de una necesidad implícita derivada de una migración que no frena —y no tiene para cuando—. La diáspora latinoamericana parece no encontrar paragón en los tiempos contemporáneos; aunada a los muchos diferentes contextos sociales, históricos, políticos y religiosos que la rodean, nos ubicamos sin lugar a dudas frente a un interesante cocktail social y cultural tan embriagante como explosivo.

Como observarán, el temita lleva harta tela y no me alcanzarían ni los dedos ni las ganas para abordarlo por completo, pero si abundar en la importancia de estudiar un fenómeno de largo alcance y de muchas implicaciones geopolíticas en la todavía región económica más importante; Norte America. Hay un gran debate en ciernes, no hay duda de ello, y la moneda pareciera estar en el aire a favor de la comunidad latina. Imposible no estarlo cuando es Estados Unidos el segundo país hispanohablante de la tercera lengua del mundo, ¡ahí nomás! Imposible no prestar atención frente al crecimiento de una comunidad que exige, pero que aporta. Los Estados Unidos no serían lo que son sin los territorios antes mexicanos y sin la enorme diversidad étnico-cultural que posee. Sin embargo, es notable —desde mi punto de vista— la poca cohesión social que existe entre las diferentes comunidades raciales. Y hasta aquí una cuestión en la cual me es imposible evitar otra odiosa comparación. 

En México, por ejemplo, es visible la sincretización racial, social y cultural que se dio en épocas del virreinato y después, frente al opuesto sistema colonial de la entonces “en pañales” nación americana, misma que no sólo «no» impulsó una mezcla en sus diferentes poblaciones, sino que dichas diferencias permearon hasta nuestros días, dando lugar un país de enorme diversidad, si, pero de muy poca unidad. Con esto no quiero decir que en los temas —o problemas— de identidad racial son ajenos a la América Latina. Pero es un hecho que en el país del American Dream, se cuecen aparte. 

Algo que llamó fuertemente mi atención es la imperante necesidad del sistema americano por identificarte constantemente de forma racial, religiosa, sexual, lingüística, etc. Me parece no solo estúpida dicha manía tan incisiva, dando pie a los comunes estereotipos, sino el hecho de no contar con una justificación racional para ello. Pero en un país obsesionado con los datos y estadísticas termina por ser el pan de cada día. Así, pasamos a acostumbrarnos a la idea de tener que identificar a cada rato y en cada formulario —ya sea escolar, medico, laboral ¡vaya! de lo que sea— tu origen o procedencia, como si mi cara para ello no bastara, o tal vez mi aspecto nórdico —pero de la península yucateca— pudiese levantar suspicacias. 

Pero volviendo al tema de la lengua, y porque de lengua me como un taco, aún me parecen increíbles los miedos y complejos que la llamada lengua de Cervantes suscita entre algunos, muchos ciudadanos americanos… de los güeritos, pues. Parecieran no aceptar o comprender el país en el que viven ni su real composición. Pero, a decir verdad, poco o nada pueden hacer frente al desbordante número de 60 millones de hispanohablantes que habitan, trabajan, sueñan y se desarrollan diariamente en español. Parecen no entender el inevitable —y si muy necesario— debate lingüístico del que se ha evitado entrar a toda costa desde el congreso. Tarde o temprano, será la exigencia de una población con cada vez mayor presencia y un peso político-económico decisivo. Entonces, preparémonos mentalmente para un futuro similar al de tantas otras naciones lejanas e incluso vecinas como Canadá, donde coexisten oficialmente tanto el Ingles como el Frances. Que decir de algunas naciones europeas con hasta cuatro zonas idiomáticas distintas, pero todas oficiales. Tal parece que en ésta y muchas otras materias de vanguardia social, los Estados Unidos se quedan cortos de miras; algo impropio de la denominada primera democracia del mundo. 

En fin, es interesantísimo el choque cultural entre dos países que además de vecinos, poseen una historia común y un enlace comercial fortísimo: anécdotas hay para dar y repartir, pero para ello tengo que refrescar la memoria. Los invito a seguir leyendo mis impresiones en un país maravilloso, si, así lo creo, pero también de muchos contrastes. Y después de tanta verborrea ustedes preguntarán ¿Que tiene todo esto de positivo? Pues por mi parte, que llegué a vivir a un país del cual no creía su mentado sueño americano, pero entendí, y ahora lo comparto, que si es un país de grandes oportunidades; están ahí, a la espera de gente emprendedora y con los pies en la tierra, sin miedo a aprender y adaptarse a una cultura que, puede no gustarnos, pero es la que es, la que hay y la que nos da. 

Sigo sin creer en el sueño americano, pero al parecer, no me hace falta a mi ni nadie con la suficiente audacia. Hasta aquí ésta columna y…

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Mural de la Segunda Avenida en Belltown, Seattle, WA.

La Marcha Fifí

Resulta increíble como a veces las personas nos discriminamos solas, como una marcha puede sacar a relucir complejos y prejuicios muy interiorizados… que si el color de piel, que si las marcas que usan, que si esos que marcharon nunca movieron un dedo en contra de los regímenes anteriores (vaya a usted a saber si es verdad y tampoco es que interese), en fin, el punto es generalizar a diestra y siniestra sacando a relucir resentimientos y estereotipos, sin pararnos a estudiar —y discernir— la legitimidad de lo que se protesta. Peor aún, se deslegitima desde el poder y el grueso de sus votantes la voz de una oposición también con derechos, como ciudadanos, a actuar frente a los hechos que consideren inadmisibles e independientemente de su actuar en gobiernos anteriores. Pero al parecer, seguimos en un México de clases y los oprimidos reclaman no solo derechos, también el privilegio de una voz con mayor peso que la del resto. “Nos toca”, dirán.
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Pero, ¿Quiénes son los oprimidos? ¿Quién determina si eres o no parte del llamado “pueblo oprimido”? ¿Quién dicta si uno ha sufrido lo suficiente como para alzar tus derechos por encima de el de los demás? ¿Cómo determinamos nosotros —como ciudadanos— quienes ya no merecen el respeto a sus opiniones en pos de la justicia? ¿Está la justicia social por encima de la Ley? ¿En qué momento nos convertimos en jueces revanchistas?

Antes, era el México de pocos, de los privilegiados; ahora es el México de muchos, del llamado “pueblo sabio, pueblo bueno”, pero, la división continua y seguirá acentuándose por las acciones de un gobierno tuerto, manco y mudo que no invierte en impulsar una unidad nacional, por que “divide y vencerás” y suyos serán los votos de los que resulten mayoría. Aunque la consecuencia sea una población enfrentada, que más da. Aunque la corrupción de una cúpula continue las viejas prácticas frente a nuestras narices. Aunque se entronicen antiguos sátrapas, ahora amigos del poder en turno y no estemos dispuestos a levantar un ápice con tal de no dar la razón a los otros; los conservadores, los “fifís”, los enemigos del pueblo. ¿No nos estaremos equivocando de enemigos?

Al final, nuestro ideal de nación —y de justicia— sigue en disputa, donde diferentes bandos estiran con fuerza —y muchas veces rencor—, una cuerda que no da más. México sigue siendo un país no solo de enorme diversidad cultural, sino de añejas heridas y enconados desencuentros con nosotros, con los otros y al parecer hasta con los españoles. 

Por mi parte yo si tengo una cosa clara, no soy del llamado “pueblo”, no soy un “fifí” ni mucho menos un “chairo”. Tampoco pertenezco a la nueva elite de los “oprimidos” y ello no le resta —no debería— valor ni a mis derechos ni a mis opiniones como lo que si soy… un ciudadano mexicano. 

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Fotografía – Claudia Altamirano (Animal Político)

 

 

La paradoja del arte minoritario. (Parte 1) — Seattle Escribe

Las carencias de visibilidad y representación que aquejan a los y las artistas pertenecientes a minorías han sido discutidas a profundidad en los círculos académicos de política cultural. 1.866 palabras más

a través de La paradoja del arte minoritario. (Parte 1) — Seattle Escribe

El monólogo de Carlota, primer episodio de Noticias del Imperio – Fernando del Paso

 Uno de los momentos cumbres de la literatura mexicana acontece con Noticias del Imperio, indudablemente la obra magna del escritor Fernando del Paso, que de entre un cúmulo de distinciones destaca el Premio Cervantes 2016. Transcurría el año de 1987 cuando después de 10 años de investigación, el ya célebre autor publicara la que se convertiría «según un jurado convocado por la revista Nexos» en la mejor novela mexicana de los últimos treinta años. Del Paso recrea a la perfección los tres años del efímero sueño imperial en sus 668 páginas, cada una densa en su contenido, rica en su lenguaje, escenas, contextos y motivos históricos. 

La memoria colectiva mexicana aún recuerda el segundo imperio (predecesor del imperio de Agustín de Iturbide) algunos con añoranza, otros descargando en el frustraciones del presente, pero es innegable el halo romántico y nostálgico del que se ha dotado a la pareja imperial desde su trágico desenlace. La majestad del Castillo de Chapultepec en lo alto del bosque, vigilante del horizonte que gobierna y por el cual desciende el Paseo de la Emperatriz «hoy convertido en Paseo de la Reforma» nos convoca a reconciliarnos con la historia que nos antecede. Gil Gámez escribiría en su análisis a la novela “Una historia que recrea, imagina, explora a los personajes de ese entonces, penetra la tragedia, recupera la historia y se detiene, en especial, en la emperatriz Carlota perdida en el laberinto de su delirio”.

No es de extrañar el enfoque protagónico hacia la emperatriz, partiendo de los muchos acontecimientos en los que ella, lucida y loca, participó antes, durante y después del imperio. Vivió en el siglo de las emperatrices, termino acuñado por el extraño hecho de convivir, en un mismo tiempo, tres emperatrices de tres imperios distintos. Fue nieta del último rey de Francia y su esposo el primer descendiente de los reyes católicos Isabel y Fernando, en cruzar el Atlántico hacia tierras americanas. Su aversión legendaria a la no menos trágica emperatriz Sissi. Su muerte a sus ochenta y siete años siendo la mujer más rica del mundo y la única en haber pernoctado en el Vaticano. En su lecho de muerte la emperatriz viuda murmuró; “Recordadle al universo al hermoso extranjero de cabellos rubios. Dios quiera que se nos recuerde con tristeza, pero sin odio”, y según el historiador mexicano Luis Weckmann sus últimas palabras fueron; “Todo aquello terminó sin haber alcanzado el éxito”.

Como dije antes, México no olvida a sus otrora emperadores, más allá de la opulencia de sus rangos, por la tragicidad de una historia que emula en muchos sentidos, la propia historia del país del águila y la serpiente. Tal sentimiento es permeable en las letras del escritor Vicente Riva Palacio, nieto del héroe nacional Vicente Guerrero, en cuyo canción se congrega la melancolía de una nación a uno de sus más románticos episodios.

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Alegre el marinero

Con voz pausada canta,

Y el ancla ya levanta

Con extraño rumor.

La nave va en los mares

Botando cual pelota.

Adiós, mamá Carlota;

Adiós, mi tierno amor.

…..

Y en tanto los chinacos

Que ya cantan victoria,

Guardando tu memoria

Sin miedo ni rencor,

Dicen mientras el viento

Tu embarcación azota;

Adiós, mamá Carlota;

Adiós, mi tierno amor

…..

“La historia es la novela de los hechos, y la novela es la historia de los sentimientos” Claude Adrien Helvetius

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En 1861, el Presidente Benito Juárez suspendió los pagos de la deuda externa mexicana. Esta suspensión sirvió de pretexto al entonces emperador de los franceses, Napoleón III, para enviar a México un ejército de ocupación, con el fin de crear en ese país una monarquía al frente de la cual estaría un príncipe católico europeo. El elegido fue el Archiduque austríaco Fernando Maximiliano de Habsburgo, quien a mediados de 1864 llegó a México en compañía de su mujer, la Princesa Carlota de Bélgica. Este libro se basa en este hecho histórico y en el destino trágico de los efímeros Emperadores de México.

CASTILLO DE BOUCHOUT 1927

«La imaginación, la loca de la casa», frase atribuida a Malebranche.

Yo soy María Carlota de Bélgica, Emperatriz de México y de América. Yo soy María Carlota Amelia, prima de la Reina de Inglaterra, Gran Maestre de la Cruz de San Carlos y Virreina de las provincias del Lombardovéneto acogidas por la piedad y la clemencia austríacas bajo las alas del águila bicéfala de la Casa de Habsburgo. Yo soy María Carlota Amelia Victoria, hija de Leopoldo Príncipe de Sajonia-Coburgo y Rey de Bélgica, a quien llamaban el Néstor de los Gobernantes y que me sentaba en sus piernas, acariciaba mis cabellos castaños y me decía que yo era la pequeña sílfide del Palacio de Laeken. Yo soy María Carlota Amelia Victoria Clementina, hija de Luisa María de Orleáns, la reina santa de los ojos azules y la nariz borbona que murió de consunción y de tristeza por el exilio y la muerte de Luis Felipe, mi abuelo, que cuando todavía era Rey de Francia me llenaba el regazo de castañas y la cara de besos en los Jardines de las Tullerías. Yo soy María Carlota Amelia Victoria Clementina Leopoldina, sobrina del Príncipe Joinville y prima del Conde de París, hermana del Duque de Brabante que fue Rey de Bélgica y conquistador del Congo y hermana del Conde de Flandes, en cuyos brazos aprendí a bailar, cuando tenía 10 años, a la sombra de los espinos en flor. Yo soy Carlota Amelia, mujer de Fernando Maximiliano José, Archiduque de Austria, Príncipe de Hungría y de Bohemia, Conde de Habsburgo, Príncipe de Lorena, Emperador de México y Rey del Mundo, que nació en el Palacio Imperial de Schönbrunn y fue el primer descendiente de los Reyes Católicos Fernando e Isabel que cruzó el mar océano y pisó las tierras de América, y que mandó construir para mí a la orilla del Adriático un palacio blanco que miraba al mar y otro día me llevó a México a vivir a un castillo gris que miraba al valle y a los volcanes cubiertos de nieve, y que una mañana de junio de hace muchos años murió fusilado en la ciudad de Querétaro. Yo soy Carlota Amelia, Regente de Anáhuac, Reina de Nicaragua, Baronesa del Mato Grosso, Princesa de Chichén Itzá. Yo soy Carlota Amelia de Bélgica, Emperatriz de México y de América: tengo 86 años de edad y 60 de beber, loca de sed, en las fuentes de Roma.

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Hoy ha venido el mensajero a traerme noticias del Imperio. Vino, cargado de recuerdos y de sueños, en una carabela cuyas velas hinchó una sola bocanada de viento luminoso preñado de papagayos. Me trajo un puñado de arena de la Isla de Sacrificios, unos guantes de piel de venado y un enorme barril de maderas preciosas rebosantes de chocolate ardiente y espumoso, donde me voy a bañar todos los días de mi vida hasta que mi piel de princesa borbona, hasta que mi piel de loca octogenaria, hasta que mi piel blanca de encaje de Alenzón y de Bruselas, mi piel nevada como las magnolias de los Jardines de Miramar, hasta que mi piel, Maximiliano, mi piel quebrada por los siglos y las tempestades y los desmoronamientos de las dinastías, mi piel blanca de ángel de Memling y de novia del Béguinage se caiga a pedazos y una nueva piel oscura y perfumada, oscura como el cacao de Soconusco y perfumada como la vainilla de Papantla me cubra entera, Maximiliano, desde mi frente oscura hasta la punta de mis pies descalzos y perfumados de india mexicana, de virgen morena, de Emperatriz de América.

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La pequeña Carlota de Bélgica

El mensajero me trajo también, querido Max, un relicario con algunas hebras de la barba rubia que llovía sobre tu pecho condecorado con el Águila Azteca y que aleteaba como una inmensa mariposa de alas doradas, cuando a caballo y al galope y con tu traje de charro y tu sombrero incrustado con arabescos de plata esterlina recorrías los llanos de Apam entre nubes de gloria y de polvo. Me han dicho que esos bárbaros, Maximiliano, cuando tu cuerpo estaba caliente todavía, cuando apenas acababan de hacer tu máscara mortuoria con yeso de París, esos salvajes te arrancaron la barba y el pelo para vender los mechones por unas cuantas piastras. Quién iba a imaginar, Maximiliano, que te iba a suceder lo mismo que a tu padre, si es que de verdad lo fue el infeliz del Duque de Reichstadt a quien nada ni nadie pudo salvar de la muerte temprana, ni los baños muriáticos ni la leche de burra ni el amor de tu madre la Archiduquesa Sofía, y que apenas unos minutos después de haber muerto en el mismo Palacio de Schönbrunn donde acababas de nacer, le habían trasquilado todos sus bucles rubios para guardarlos en relicarios: pero de lo que sí se salvó él, y tú no, Maximiliano, fue de que le cortaran en pedazos el corazón para vender las piltrafas por unos cuantos reales. Me lo dijo el mensajero. Al mensajero se lo contó Tüdös el fiel cocinero húngaro que te acompañó hasta el patíbulo y sofocó el fuego que prendió en tu chaleco el tiro de gracia, y me entregó, el mensajero, y de parte del Príncipe y la Princesa Salm Salm un estuche de cedro donde había una caja de zinc donde había una caja de palo de rosa donde había, Maximiliano, un pedazo de tu corazón y la bala que acabó con tu vida y con tu Imperio en el Cerro de las Campanas. Tengo aquí esta caja agarrada con las dos manos todo el día para que nadie, nunca, me la arrebate. Mis damas de compañía me dan de comer en la boca, porque yo no la suelto. La Condesa d’Hulst me da de beber leche en los labios, como si fuera yo todavía el pequeño ángel de mi padre Leopoldo, la pequeña bonapartista de los cabellos castaños, porque yo no te olvido.

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La ejecución de Maximiliano en el cerro de las Campanas

Y es por eso, nada más que por eso, te lo juro, Maximiliano, que dicen que estoy loca. Es por eso que me llaman la loca de Miramar, de Terveuren, de Bouchout. Pero si te lo dicen, si te dicen que loca salí de México y que loca atravesé el mar encerrada en un camarote del barco Impératrice Eugénie después que le ordené al capitán que arriara la bandera francesa para izar el pabellón imperial mexicano, si te cuentan que en todo el viaje nunca salí de mi camarote porque estaba ya loca y lo estaba no porque me hubieran dado de beber toloache en Yucatán o porque supiera que Napoleón y el Papa nos iban a negar su ayuda y a abandonarnos a nuestra suerte, a nuestra maldita suerte en México, sino que lo estaba, loca y desesperada, perdida porque en mi vientre crecía un hijo que no era tuyo sino del Coronel Van Der Smissen, si te cuentan eso, Maximiliano, diles que no es verdad, que tú siempre fuiste y serás el amor de mi vida, y que si estoy loca es de hambre y de sed, y que siempre lo he estado desde ese día en el Palacio de Saint Cloud en que el mismísimo diablo Napoleón Tercero y su mujer Eugenia de Montijo me ofrecieron un vaso de naranjada fría y yo supe y lo sabía todo el mundo que estaba envenenada porque no les bastaba habernos traicionado, querían borrarnos de la faz de la Tierra, envenenarnos y no sólo Napoleón el Pequeño y la Montijo, sino hasta nuestros amigos más cercanos, nuestros servidores, no lo vas a creer, Max, el propio Blasio: cuídate del lápiz-tinta con el que escribe las cartas que le dictas camino a Cuernavaca y de su saliva y del agua sulfurosa de los manantiales de Cuautla cuídate, Max, y del pulque con champaña, como tuve yo que cuidarme de todos, hasta de la Señora Neri del Barrio con la que iba yo todas las mañanas en un fiacre negro a la Fuente de Trevi porque decidí, y así lo hice, beber sólo de las aguas de las fuentes de Roma en el vaso de Murano que me regaló Su Santidad Pío Nono cuando fui a verlo de sorpresa sin pedirle audiencia y lo encontré desayunando y él se dio cuenta de que estaba yo muerta de hambre y de sed, ¿quiere unas uvas la Emperatriz de México? ¿Se le antojaría un cuerno con mantequilla? ¿Leche quizás, Doña Carlota, leche de cabra recién ordeñada? Pero yo lo único que quería era mojar los dedos en ese líquido ardiente y espumoso que me habría de quemar y tostar la piel, y me avalancé sobre el tazón, metí los dedos en el chocolate del Papa, me los chupé, Max, y no sé qué hubiera hecho yo después de no haber ido al mercado a comprar nueces y naranjas para llevarlas al Albergo di Roma: yo misma las escogí, las limpié con la mantilla de encaje negro que me regaló Eugenia, examiné las cáscaras, las pelé, las devoré y también unas castañas asadas que compré en la Via Appia y no puedo imaginar cómo me las hubiera arreglado sin la Señora Kuchacsévich y sin el gato, que probaban toda mi comida antes que yo, y sin mi camarera Matilde Doblinger que se procuró un hornillo de carbón y me hizo el favor de llevar unas gallinas a la suite imperial para que yo pudiera comer sólo aquellos huevos que viera poner con mis propios ojos.

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Entonces, Maximiliano, cuando yo era el pequeño ángel, la sílfide de Laeken y jugaba a deslizarme por el barandal de las escaleras de madera del palacio, y jugaba a estarme quieta para la eternidad en los jardines, mientras mi hermano el Conde de Flandes se paraba de cabeza y me hacía muecas para hacerme reír y mi hermano el Duque de Brabante inventaba ciudades imaginarias y me contaba la historia de los naufragios célebres, entonces, cuando mi padre me había invitado ya a cenar por primera vez con él y me coronó con rosas y me llenó de regalos, yo iba cada año a Inglaterra a visitar a mi abuela María Amelia que vivía en Claremont, ¿te acuerdas de ella, Max, que nos dijo que no fuéramos a México porque allí nos iban a asesinar?, y una de esas veces en el Castillo de Windsor conocí a mi prima Victoria y mi primo el Príncipe Alberto. Entonces, mi querido Max, cuando yo era la niña de los cabellos castaños y mi cama era un nido blanco alfombrado con nieve tibia donde mi madre Luisa María humedecía sus labios, mi prima Victoria que tanto se asombró de que yo me supiera de memoria los nombres de todos los reyes de Inglaterra desde Haroldo hasta su tío Guillermo Cuarto, en premio a mi aplicación me regaló una casa de muñecas y cuando la casa llegó a Bruselas mi papá Leopich como yo le decía me llamó, me la mostró, me volvió a sentar en sus piernas, pasó su mano por mi frente y al igual que le había dicho a su sobrina Victoria la Reina de Inglaterra, me dijo que cada noche de cada día mi conciencia, así como mi casa de muñecas, debía estar inmaculada. Desde entonces Maximiliano, no hay noche en que no me dedique a ordenar mi casa y mi conciencia. Sacudo las libreas de terciopelo de mis lacayos en miniatura y te perdono que hayas llorado, en la Isla de Madeira, la muerte de una novia a la que quisiste más que a mí. Lavo en una palangana los mil platos minúsculos de mi vajilla de Sevres, y te perdono que en Puebla me hayas abandonado en mi cama imperial, bajo el dosel de tules y brocados, para irte a dormir a un catre de campaña y masturbarte pensando en la condesita Von Linden. Y les saco brillo a las fuentes de plata miniatura, limpio las alabardas de mis alabarderos liliputienses, lavo las pequeñísimas uvas de los pequeñísimos racimos de cristal y te perdono que hayas hecho el amor con la mujer de un jardinero a la sombra de las buganvillas de los Jardines Borda. Después barro con una escoba del tamaño de un pulgar las alfombras del castillo del tamaño de un pañuelo, y sacudo los cuadros y vacío las escupideras de oro del tamaño de un dedal y los ceniceros minúsculos, y así como te perdono todo lo que me hiciste, perdono a todos nuestros enemigos y perdono a México.

 


 

 

Mi Lengua Nativa

Mi lengua se sostiene en latinismos, se enreda en arabismos y de anglicismos bebe sedienta en los ríos que surcan las planicies, los valles y montañas de la América septentrional. Fue del más violento de los vórtices lingüísticos que mi lengua surgió pausada, altiva y de palabras largas, de gramática rigurosa, metáforas que saben a rosa y poesía excepcional.

Sus acentos; se bifurcan y se mezclan inconscientes y lentos se enriquecen de dialectos y regionalismos. No sabe de muros ni océanos ni distancias; cruza a paso firme las fronteras, se confunden las banderas y al final, se sostiene de un tronco milenario que no conoce el límite del cielo que lo cubre, por que la tierra que lo rodea es fértil y los vientos que lo mecen un abrazo gentil.

Mi lengua es nativa de la historia y de los imperios, de la suerte de una Europa convulsionada entre guerras dinásticas, intrigas papales y ecos protestantes. Atrapada entre los vientos de la modernidad renacentista con reminiscencias bizantinas y el ocaso de un invierno medieval. Así, el ultimo suspiro del siglo XV selló triunfal el destino ineluctable de una Europa global, y Antonio de Nebrija hacia lo propio otorgándole al Castellano la primera de sus sólidas columnas; “La gramática Castellana” (Grammatica Antonii Nebrissensis) legitimando la hegemonía de la lengua castellana sobre los reinos de la península ibérica. 

Rómulo bebió de Luperca el dulce néctar de la vida como la hispanidad bebe de sus hablantes su fuerza vital. Nuestra lengua nace del latín vulgar como la mas hambrienta de sus vástagos y por consecuencia; la más extendida de las lenguas romances, cuyos orígenes indoeuropeos son la raíz primera de nuestra visión occidental. El resto, pertenece ya a la memoria colectiva de la historia.

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El termino Hispanidad es en sí mismo plural y complejo, su origen lingüístico provisto —a fuerza de batalla— de connotaciones étnicas, geográficas y culturales vislumbra un futuro expansivo y del más largo alcance. Más allá de las centenarias páginas de la Real Academia de la Lengua Española, la hispanidad fluye vívida desde las fauces del Niágara hasta el Río de la Plata, de lo alto del Castillo de Chapultepec a las galerías del Museo del Prado, de las Islas Filipinas a la Guinea Ecuatorial. En ambos hemisferios y en todas direcciones, nuestra lengua se enraíza y entrelaza en la propia identidad de quienes la hablamos, somos el resultado de más de mil años de efervescencia cultural, la amalgama perfecta de civilizaciones, lenguas y dialectos, cosmogonías, arte y literatura universal.

He ahí la importancia de establecer un mayor vínculo con nuestro idioma, de entender su origen, desde su impulso primigenio de comunicación hasta la vastedad de un legado que se transforma día con día, de aceptar como herencia el firme compromiso de compartirla y no reducirla a un simple concepto individual. No existe la “identidad hispana” como tal, existen las múltiples identidades hispanas; todas diferentes, todas ricas, complejas y diversas y son nuestras voces las que las enriquecen, nuestros pies el dulce fruto que las expanden.

Por lo tanto:

“Que nuestra lengua fluya poderosa a través del trueno de nuestras gargantas, que nuestra voz se escuche en palabras mas allá del límite de nuestros ecos y del seno de cada identidad germine gloriosa… la nueva hispanidad”.

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La mujer y el arte…

El arte, dicen por ahí, no tiene género… se alimenta insaciable de todo aquel que ose invocarle entre su fulgurante locura y diáfana elocuencia, devorándose en trozos la cordura cual ave de rapiña e invadiendo venenoso todo nuestro sistema para al final, ya instalado en nuestras venas, dirigirnos somnolientos en un viaje sueño/realidad sin retorno, retocado con acuarelas de estrambóticos colores, melódicas sonatas, bailes escarlatas, nerudianos versos de amor y desesperanza y en un suspiro, impávidos, como una hoja desprendida de la rama seca, precipitarnos a la muerte transformados en poco más y en nada menos que… artistas.

Así, al arte lo percibo como un ente infeccioso, sin prejuicios, que no discrimina y solo se introduce, se alimenta, se incuba para brotar luminoso de nuestras manos, de nuestros pies, de nuestra voz, de nuestra humana naturaleza surrealista y contrastante, nostálgica, amorosa, inestable, peligrosa, por momentos alegre, por momentos suicida, pero siempre llena de vida y al mismo tiempo, mortal.

En ese mismo sentido, en esa visión sin etiquetas, la mujer es más que una musa, es… la creadora perfecta.

La artesana, curadora, mecenas, experta, la adicta, asesora, protectora de todo a lo que el arte y sus menesteres convenga, la mujer se fusiona líquida con el placer de saberse artista, por que al igual que a los hombres, el arte su conciencia dicta.

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