Los festejos de vida y muerte.


A propósito del Día de Muertos, aquí un artículo sobre la festividad mexicana celebrada en Seattle, publicado en mi columna Ciudad de Todos a través del periódico local La Raza del Noreste: http://www.larazanw.com/noticias/festejos-de-vida-y-muerte/


Por Enmanuel R. Arjona – Ciudad de Todos

Dicen los que saben que en México la muerte es contradictoria, se festeja y se sufre. Como única también es en colores, sincretismos y precolombinas costumbres fuertemente enraizadas a la memoria colectiva de los mexicanos. Dicen, según las migrantes lenguas, que los muertos no tienen pasaporte, y que no lo necesitan cuando las mismas fronteras se diluyen ante las memorias de quienes los recuerdan. De ahí que las almas de nuestros fieles difuntos se manifiesten hasta en Seattle. ¡Bienvenidos sean!

En los últimos años, una festividad tradicionalmente mexicana y con profundo arraigo se manifiesta contundente en el mundo —principalmente en los Estados Unidos— como muestra inexcusable de la riqueza cultural y social latinoamericana, que a la postre, dignifica la imagen de una comunidad migrante fuertemente denostada. El Día de Muertos representa una ventana al país de origen de millones de hispanohablantes y latinos que día con día luchan por adaptarse a un sistema de vida diferente, sin olvidar la principal esencia de lo que podríamos llamar mexicanidad. 

Desde Everett hasta Lynwood y teniendo a Seattle como epicentro, autoridades, organizaciones y miembros de diversas comunidades trabajan en conjunto para recrear una festividad con amplio sentido de comunidad. “Compartir” es un verbo que nos invita a la reflexión de nuestro pasado y presente. Compartimos nuestra historia y somos hijos de ella, compartimos nuestra cultura y se nos valora por ello, se comparten las memorias en sentida remembranza de los que ya no están con los que aún quedamos. La muerte es en si misma el espectro a compartir por todos; ricos y pobres, poderosos, famosos o mendigos, el inframundo nos espera en iguales circunstancias. Más allá de lo estimulante que puede ser representar en una festividad el convivio entre vivos y muertos, traspasando todo razonamiento lógico, Día de Muertos recrea necesidades muy humanas —como el perdón, la nostalgia, el amor o el dolor— a través de la mística visión ancestral del más allá. 

Aunque el surrealismo que lo rodea es cosa del más acá, y el Día de Muertos no escapó a la sincretización imperante en los tiempos virreinales. De ahí que los evangelizadores españoles vieran oportuno el mezclar celebraciones nativas (Miccailhuitontli y Huey Miccaihuitl, por mencionar algunas) con el Día de todos los Santos, festividad de la liturgia católica que coincidía en tiempos con la prehispánica. El desenlace ya lo sabemos, y como los propios mexicanos, el Día de Muertos surge como una explosión mestiza de color, música, gastronomía y practicas diversas que van desde lo religioso a la expresividad folklórica.

En Seattle seremos pocos, pero ruidosos. Y nos encanta celebrar nuestra cultura por todo lo alto estemos donde estemos. No es extraño encontrarnos con multitudinarias representaciones a lo largo y ancho del estado. Y en Seattle, por ejemplo, asistimos curiosos y expectantes a por lo menos dos de ellas; La primera en Museo de Arte de Seattle (SAM) a cargo del artista local Fulgencio Lazo y la segunda en el Seattle Center coordinada por Edgardo Galicia, junto a una mesa directiva que el mismo preside.

Fiel a la idea central de la muerte como acto de trascendencia, la festividad también trasciende fusionándose en un conjunto de manifestaciones artísticas como la Danza, el Arte y la Música, rompiendo lo inmaculado del entorno museístico que lo aloja. El maestro Lazo nos propone —en Día de Muertos: Free Community Night Out at SAM— una visión contemporánea, alejada de convencionalismos pero respetando la esencia mística de su origen. Como buen oaxaqueño, Lazo nos estimula visualmente a través de un imponente tapete tradicional, similar a muchos otros que el artista realiza en distintos puntos. La gente lo rodea y se pregunta, cómo colores tan vivos pueden formar parte de un ritual mortuorio. El Altar de Muertos corona la exhibición para deleite de los curiosos, que aprenden lo significativo de ofrendar en sentido acto de conmemoración y de querencia.

Sin embargo, el artista también nos advierte, a consecuencia de la inusitada demanda de la festividad mexicana como producto de mercadotecnia y mera celebración lúdica. Día de Muertos no es una fiesta como tal, y es responsabilidad de la comunidad intentar defender su real significado para frenar lo que a nuestros ojos —y gracias a su masiva exhibición en los medios— ya parece irreversible; Día de Muertos convertido en un Holiday más. Un frente de lucha adicional para la cultura mexicana, o tal vez, un pretexto de unificación social de una comunidad que muchas veces pregona “unidad” como eslogan más allá de la práctica.

Pero la fiesta continua; y el Seattle Center Armony se viste de colorida gala para recibir a residentes, turistas, curiosos y los invitados más importantes… las ánimas. En el Día de Muertos Festival Seattle 2019 un desfile de altares en fiel representación nos enseña que no es lo mismo morirse en Michoacan que en Oaxaca, y que mientras unos se van derechito al Xibalba, otros se dirigen ansiosos al Mictlán. La música y los bailes no pueden faltar, y diversos grupos nos zapatean los oídos al son que se toque. Las mujeres faldean en orgullosa estampa, niños por aquí y por allá, caras pintadas por doquier y un catrín en traje de charro nos hace voltear sorprendidos. Los músicos esta prestos y la gente quiere fiesta. La comida está servida ¡llévese su Pan de Muerto! y la vendimia nos recuerda que somos gente de mercado, que nos gusta tantear la fruta y probarnos la blusa finamente bordada ¡se nos ve re chula! —pensamos. La gente pasa y pasa y las ánimas entre nosotros, sin darnos cuenta, nos susurran que más pronto que nunca estaremos con ellos. Pero ¡que no cunda el pánico, señores! porque la muerte mexicana no es muerte sino vida después del plano terrenal… transcendencia.

El comité organizador del festival se muestra atento y orgulloso de un “trabajo comunitario para la comunidad”, sin mayor pretensión que la de compartir una parte de lo que somos, fuimos y buscamos seguir siendo. Día de Muertos en Seattle Center se ha convertido en si misma una tradición propia de la ciudad, y nos recuerda que somos parte de ella, de su riqueza, diversidad y crecimiento. No hay Seattle sin latinos y los latinos debemos asumirnos orgullosos ciudadanos de esta ciudad de diversidades, modernidad y verdes paisajes. Nuestras vidas jamás volverán a ser como en nuestra tierra, pero la muerte sabia nos recuerda en estas fechas, precisamente, que al migrar trascendemos inevitablemente.

Y así concluimos generosos de convivencia un año más de celebrar la vida, nuestro paso por ella y sin miedo al destino que nos aguarda. Pero felices de constatar que, a pesar de la distancia, nuestras raíces se manifiestan ricas como en su origen. Esperemos ansiosos seguir visitando año tras año eventos como estos, para volverlos tradición de nuestra ciudad, en la intimidad de nuestras casas, tradiciones para todos.

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Nota: Un especial agradecimiento al artista Fulgencio Lazo por su colaboración en el desarrollo de este texto.

Martina

Capítulo 1 – La travesía

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Cuentan los viejos árboles del cerro alto, que sucede lo mismo cada año en el mismo día, invariablemente, como sucede todo en el polvoriento pueblo de Santa Catalina. La única calle empedrada se viste de las flores de los cuatrocientos pétalos que llegan al mercado desde los campos aledaños, y entonces las casas despiden un penetrante olor a pan y a madera quemada. Después de la obligada misa del mediodía le sigue la procesión general al camposanto, donde los deudos limpian, comen y beben sobre las tumbas de los que ya no están pero que siempre regresan, cada año en el mismo día, invariablemente, como sucede todo en el polvoriento pueblo de Santa Catalina.

La familia Rodríguez era nueva en el pueblo, llegaron una noche abrazada por los calores de mayo a la casa de la vieja Agustina y jamás se volverían a ir. Con ellos venía un perro con un par de ojos de cacahuate y orejas de piloncillo, regordete como un algodón de azúcar, de esos que venden en las ferias de marzo. Chencho —como lo llamaban— era feo como la chingada y ruidoso como el tren de los sábados del mediodía. Le gustaba tomar el sol ardiente de la blancuzca tarde en la puerta siempre abierta de la casa, velando la siesta de la vieja Agustina, recostada en su mecedora aún más vieja. Comía todo lo que encontraba en la mesa sin vigilancia, desatando los airados gritos de la vieja o los escobasos de Martina. Rompía sin compasión zapatos, bolsas para el mandado y cualquier objeto que llamase su atención. Perseguía rapaz la curiosidad de los gatos y el hambre desorientado de una que otra rata camino a la fonda de la esquina. Para colmo, el perro gruñía a todo aquel que intentaba acercarse al niño de Martina, siempre envuelto en un sarape oscuro sin hacer otra cosa más que aparentemente dormir —cosa extraña— aunque con los habitantes de la casa, Chencho, el perro, era más dulce que un pan de canela.

Los Rodríguez, según cuentan también árboles de montes circundantes, venían de un pueblo del sur a nueve días de distancia, allá donde se dan las naranjas gordas y dulces dicen los marchantes, pasando el río chico donde exactamente a las 12 p.m. cruzan las culebras de agua dulce y finalmente el río grande, donde se pescan bigotones bagres todas la mañanas. «Tuvieron que rodear la hacienda de los Albores» chismean las comadres Clotilde y Gertrudis, ya que la gigantesca hacienda está cercada por un alto muro de piedras y púas vigilada por matones centinelas, rodeando y atrapando así todo el pueblo de San Martín de la Cruz. 

—¡Y que cruz! —lamenta Gertrudis—. Pobres! tener que trabajar en esa jodida hacienda toda la vida sin poder hacer otra cosa, ¡sin poder escapar, comadre! que vida tan desgraciada, ¡que vida!

—¡Mil veces malditos esos los Albores! —Agrega ya encanijada Clotilde.

—Fue necesario atravesar dos días en burro las colinas del valle de San Mateo, —comenta rasposamente el borracho Fermín—. Yo les digo que es imposible hacerlo a pata, ahí no crecen ni árboles ni nada y el agua… ¡hum! no hay nadita a kilómetros a la redonda.

—No pos sí, sin burro esta cabrón —afianzan sus mareados compinches.

—Y ese mendigo perro feo —refunfuña el piadoso y bien alimentado padrecito Don Pedro Elizondo—. No hace más que distraer a los niños de la parroquia y orinar las bancas.

—¡Y mis macetas, padre! —levanta la voz doña Cuquita—. ¡Ese cochino y condenado perro! hay dispense padrecito, pero siempre me orina las macetas y se come mis gardenias ¡mis azaleas!

—Pos dicen que se lo encontraron en el camino antes de llegar a Santa Catalina —chismosea la recatada Prudencia—. Debajo de un almendro a la orilla del riachuelo que cruza la finca de los Elizondo, de sus primos, padre… ¿no será de ellos?

—¡Pero que cosas dices, Prudencia! un perro de esa calaña en mi familia ¡ni lo mande Dios! —sentencia el padre en un levantar de ceja.

En efecto, fue debajo de un árbol, pero de un joven ahuehuete que buscando la sombra negada días atrás en el valle de San Mateo, los sedientos Rodríguez se toparon con el redondo y fastidioso perro. Acababan de entregar como lo prometido al tigrillo, uno de los muchos burros de la finca de los Elizondo, que entre sus muchos negocios estaba el de rentar las cansadas bestias para cruzar el mortal valle.

—Que gordo está —Dice la acalorada Martina recargándose en el tronco y recibiendo así, la primera sombra de muchos días—. Mira como nos mueve la cola, Dionisio, se ve que es requete juguetón.

—Y requete feo —Arguye Dionisio liberando sus pies de sus apretadas botas—. No te encariñes, mujer, que a duras penas tenemos pa’ nosotros.

—Pues ni modo que lo dejemos aquí, pobrecito se va a morir de hambre, mira como brinca el condenado, ¡mira! —Martina acaricia la cabeza del perro viéndolo directamente a los ojos—. Tas feo… si, pero se ve que eres leal y alegre y pos, yo hasta te veo bien chulo, mi Chencho.

—¿¡Chencho!? —Pregunta de un brinco Dionisio—. Que te digo que no le pongas nombre a ese animal que no es de nosotros, ¿que tal que es de la finca?

—Que va a hacer siendo de la finca si esta re descuidado, ¡mira! parece perro de rancho, flaco y panzon.

—Pos será el sereno pero yo no cargo con más bestias que las mías.

—Pos yo soy tu bestia, y vete viendo a ver quien te hace la merienda ahora que lleguemos… y ya ni me digas nada que estoy encanijada.

—¡Oh pues! —Se lamenta un apenado Dionisio.

Así pasaron las horas debajo de aquel gallardo árbol a la orilla del riachuelo. Los Rodriguez no tardaron ni diez minutos en buscarse la mirada y otros diez en hablarse con el tono de quienes se saben suyos, los unos a los otros como los árboles a la tierra, como el agua cristalina al cauce del riachuelo, como la luna misma a la noche primorosa. Fue jugando con las marcadas protuberancias en las manos de su esposo, que Martina lo convenció de llevarse al perro. Fue con un piojito en la cabeza de su señor, que Martina le confirmó que se llamaría Chencho, y fue, una hora antes del anochecer, que Martina ofrendó el más largo de los besos a un atolondrado Dionisio, sellando así el tácito pacto. Al final y faltando una hora antes de caer la nocturna neblina sobre el valle, los Rodríguez se levantaron para emprender el último tramo de su azaroso viaje. Dionisio llevaba consigo toda la carga mientras que Martina abrazaba en su rebozo a su inmóvil hijo, envuelto en un sarape oscuro sin ninguna extremidad a la vista, cual muñeco de trapo. Martina decidió entonces no amarrar al perro convencida de que si este los seguía, sería de ellos… y así sucedió.

……..

224067_144550_1Arte Fotográfico – Juan Rulfo

 

 

* El capítulo 2 será publicado en las próximas semanas *

 

El Perro y la Luna

 

 

Inspirado en la obra del maestro Rufino Tamayo. 

Y yo estaré ahí, con la Luna, esperándote. Fue lo que dijo una anciana Chata a su negro perro, el Trino, acariciándole la cabeza una noche de luna llena. Aunque el Trino, carente de entendimiento en el lenguaje humano, logró intuir que esa imagen redonda y brillante a lo lejos, a la que llamaban Luna, estaba relacionada con su diálogo con la anciana. Esa noche fue especial por que comieron harto. Por donde pasaran los humanos les daban comida y a él le acariciaban su rechoncha barriga, su cola erguida como una lanza y esas orejas de piloncillo -según la Chata-. Entonces ambos se acercaban a las tumbas llenas de flores y velas y humos. Ella se sentaba a dialogar con otros humanos y el Trino se acostaba entre sus pies paciente. Ella lo presentaba y los humanos le sonreían, algunos niños corrían con él y lo perseguían, y él a ellos. Esa noche fue especial, por que comieron mucho ¡muchísimo! y por que la Chata estaba ahí con él… contenta.

El Trino no lo sabia pero en México esa noche también era especial para los humanos, lástima que durara tan poco, pensaría tal vez. Al amanecer todo seguiría igual debajo del puente. Las mismas caminatas de ambos -la anciana y el perro- buscando comida entre botes de basura y en las esquinas, las mismas peleas de ella con otros humanos de calles aledañas, las mismas horas en el piso de la parada de autobús esperando a recibir migajas, las mismas faenas eludiendo humanos molestos, esos que te patean a la menor provocación, esos que te avientan piedras, agua o gritos sin motivos. Esos que no toleran que estés cerca de ellos. Aunque la Chata siempre estaba ahí, defendiéndolo. Y el a ella.

Hoy el Trino se levanta de un brinco, y no es para menos con semejante patada. Huye del callejón y corre pegadito a la pared por que le dan miedo los coches que pasan veloces y que han matado a tantos como el. Algo le gruñe en la panza y recuerda que tiene hambre, lo que ya no recuerda es cual fue su último bocado. Se siente cansado y se le nubla la vista a ratos. El ruido de la ciudad lo mantiene alerta. No sabe a donde ir.

De repente, un humano estira la mano y le tira un trozo de pan, el perro lo toma y corre a una esquina con el pan en el hocico, lo deja en el suelo un segundo y observa al humano con la cola y orejas para arriba; le lanza un trino. Así les llamaba la Chata a sus ladridos, que eran como los trinos -decía- de los negros zanates (pájaros) del parque al que juntos iban. Entonces la Chata lo apretaba fuerte contra ella y le besaba las orejas y el negro perro le brincaba alrededor regalándole hartos ladridos ¡trinos! como a ella le gustaban.

El perro come su pan.

La noche cae blancuzca sobre la ciudad, los coches se vuelven luciérnagas ruidosas y el frío arremete como cuchillos en los huesos del ahora flaco perro. La vista ya no le alcanza para ver más allá de una calle y se sienta a esperar recargado en una esquina del centro histórico, como una gárgola más del centenario palacio. Ya no recuerda eso que ha intentado no olvidar, pero no olvida esperar, y espera. Así, pasan los tiempos que el tímido perro no sabe medir, solo los siente en sus pies, en su boca seca y unas orejas que ya nadie toca. El trino suspira y observa los humanos caminantes y ciegos de el, de su ansiosa mirada, de su atención. Algo lo guía tres calles arriba y encuentra una manada de perros rebuscando en los tambos de basura, los reconoce y se une a la búsqueda. No encuentran mucho pero emocionados juegan y se olfatean como tratando de convencerse que están ahí y que siguen vivos. Un chorro de agua cae intempestivo del cielo acompañado de improperios y entonces la manada huye con la noche a cuestas. Esa noche el Trino regresa al puente y duerme debajo de el.

Transcurre otro día, pero en este la tarde languidece lenta y naranja como flor de cempasúchil. Los humanos se comportan diferentes, el entorno huele diferente. Un cansado Trino avanza con éxtasis un camino muchas veces recorrido. Las plazas se llenan de voces y máscaras y puestos de comida, pero el animal avanza rápido, esquivando coches y multitudes, sin detenerse mientras la noche cae tibia sobre la calle. Por fin llega al panteón que luce lleno de flores y velas y humos. Merodea entre tumbas y humanos y come de los restos que caen, que le avientan, que encuentra pisoteados entre los pasillos. Algo recuerda y lo siente en su pecho, pero no sabe que.

Avanza de nuevo y esta vez hacia el puente. Al llegar, observa una luna gorda y luminosa posarse por encima de los arboles y entonces parece recordar. –Esta ahí, esperándome –se dice. Lanza aullidos llamándola y dando vueltas sobre la calle solitaria, sollozando. La luna responde destellante y el viejo Trino busca refugio debajo del puente; ya no esta triste, solo impaciente y se acuesta a esperar.

Ya no despertará.

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Perro de Luna – Rufino Tamayo

El dulce retorno

 

Si vuelves…

come este dulce pan que te ofrezco

y bebe del agua agradecida,

bebe del dulce néctar de la vida

que el mezcal sella en tu boca.

Si vuelves

besa la imagen tuya en mi altar

de vida,

bésala con melancolía,

con nostalgia primorosa,

deja tu huella

en mi camino de flores,

de pétalos de mil atardeceres,

déjame tu aliento en el mole,

el aguardiente de tus pasiones,

déjame ver tu recuerdo,

y tu figura en el incienso,

que la extraño tanto y tanto extraño

tu olor,

mi amor de amores.

 

Si vuelves

sóplame al oído tu regreso

dame de ti un dulce recuerdo,

el beso

que ahogue este llanto

vida mía.