Relatos de mis múltiples infancias

Capítulo 4 – El niño que se hacía pipí

……..

—¿Ya se levantó el meón? Todos los días es lo mismo contigo… ¡Pinche chamaco nalgas meadas!

Al final, la madre optó por colocar bolsas negras de basura entre la cama y las sábanas, una situación incómoda y ruidosa para el callado niño «¡hacerse pipí tan grandote, que vergüenza!» pero sobre todo, una situación humillante.

En ocaciones, cuando el niño dormía en su hamaca, su madre ponía jergas de tela en el piso justo debajo, en esa curva convexa que el peso de su pequeño cuerpo creaba. Prefería dormir ahí, suspendido entre una nada que lo hacia mágicamente invisible, mirando entre los pliegues de la hamaca el reducido mundo que significaba su habitación, y desde esa perspectiva sentirse protegido.

Le gustaban los peces y todo lo que viniera del mar, sobretodo las elegantes formas de los tiburones, los coches de juguete y las muñecas ¡no! las muñecas no podían gustarle. En su cumpleaños numero cinco tuvo cinco piñatas con diferentes formas de peces, posteriormente llegaron los dinosaurios de todo tipo, incluidos sus favoritos los cuello-largo. Una colección de carritos Hot Wheels con todo y pista de carreras, vaya… ¡hasta un aeropuerto! Algunos años de abundancia Santa Claus y los Reyes le dejaban toda clase de juguetes Playmovil, y otros menos afortunados, ropa. Pero las muñecas seguían sin poderle gustar, entonces se las arreglaba para crearlas con playeras o trapos amarrados a la mitad por cordones y calcetines. Jugaba por horas escapando en una especie de realidad alterna, imaginándose subir una escalera blanca envuelto en un vestido azul —como el de Aurora con largos cabellos castaños y gigantes ojos verdes como los de su madre. Soñaba ser poseedor de la extraordinaria belleza de la princesa triste, atrapada en su palacio y aguardando el beso del príncipe, que a veces —en su mente— era su vecino Betoo su compañero de clases Miguel AngelCon Tatiana, la primera de sus grandes amigas, se ponían juntos los tacones de su mamá. La bisutería no podía faltar ¡perlas por aquí y diamantes por allá! mientras él, usaba una playera en la cabeza como pelo y se lo ponía de lado para verse más coqueto. Un par de años mayor, usaba a sus sobrinas para jugar juntos a las modelos, a la oficina, a la casitaSe encerraban en su habitación para producir animadas pasarelas con faldas de toalla, vaporosas capas de sábana o elaborados y finos vestidos de edredón. Imaginación no faltaba y el callado niño entretejía historias paralelas en las que él, seguro de si mismo, era quien deseaba ser.

……..

La princesa está triste… ¿Qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa,
que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
La princesa está pálida en su silla de oro,
está mudo el teclado de su clave sonoro,
y en un vaso, olvidada, se desmaya una flor.

……..

—Su hijo es muy callado, y muy bien portado.

—Si, es muy tranquilo.

Pero esa tranquilidad en el fondo inquietaba, lo suficiente para llevarlo al psicólogo en varias ocaciones. Así, pasó de tal vez ser medio autista o incluso retrasado, a tener déficit de atención. No era común ver a un niño jugando solito con las hormigas, hojeando páginas de libros que apenas podía leer o simplemente quedarse sentado observándolo todo sin emitir ruido alguno. Pero ante todo, no era ni común ni grato que continuara orinándose noche tras noche. En efecto, era un niño “rarito”, de cuerpo “menudito”, de expresivos ojos oscuros, delgados labios y una ocre tonalidad de piel. Coronado por una abundante cabellera que solía esponjarse como algodón de azúcar. Sus manos alargadas delataban cierta delicadeza, y siempre derechito —como soldadito— recuerdo de una abuela casi militar. Captar la atención no era la mayor de sus cualidades, cuestión que acarreaba la necesidad de tragarse sus infantiles frustraciones, que no eran pocas. Algo sucedía en su mente, algo le inquietaba, cosas revoloteaban en su cabeza que lo distraían del mundo, que lo desconectaban de su realidad. No racionaba al ritmo de los demás, los niños a menudo lo aburrían y el salón de clases era un continuo infierno. En síntesis, él no era normal, pero tenía que intentar serlo, por su madre, por su padrastro, por sus amigos y maestros de la escuela y por todos los que lo veían con ojos de condescendencia, esa maldita expresión de lástima que debería quedar prohibida a la vista de los niños. O tal vez no, ¿quiénes seríamos ahora sin nuestro sinuoso pasado?

……..

¡Ay!, la pobre princesa de la boca de rosa 
quiere ser golondrina, quiere ser mariposa, 
tener alas ligeras, bajo el cielo volar; 
ir al sol por la escala luminosa de un rayo, 
saludar a los lirios con los versos de mayo 
o perderse en el viento sobre el trueno del mar.

……..

En algún momento el niño de nuestra historia se rindió, guardo sus alas de cuento y las ocultó, preciosas, en un cajón secreto de su viejo ropero. Decidió intentar adaptarse a las circunstancias que lo rodeaban, decidió no ser más un pez, tampoco una princesa, no sería más un ave ni un rey oriental, tampoco el poeta de su libro favorito. Ya no quería pensar, porque pensar era lo único que sabía hacer y ello implicaba preguntárselo todo, y preguntárselo todo implicaba parecer estúpido. Los niños listos no preguntan tanto, lo asumen y solo piensan en jugar; corren sin miedos, hacen travesuras y se divierten como enanos con otros de su especie… mala suerte. Entonces, nuestro niño aceptó cabizbajo su destino, sería él condescendiente con el resto, aceptaría sus reglas y aprendería lo que se es normal, la conducta adecuada. Se ocultaría bajo la máscara temprana de quien se sabe diferente y tiene que pagar el precio. El telón del teatro se había abierto.


Resulta interesante lo fácil que es olvidarnos de nuestra infancia, por lo menos de lo que por alguna razón evitamos recordar, nos referimos a la niñez como algo ajeno, que ya no nos corresponde y desde esa insana lejanía intentar educar a nuestros hijos. Resulta irónico que en la misma dimensión en que de niños ocultamos lo que nos avergüenza, de grandes continuamos avergonzándonos de ese niño triste que —en mayor o menor medida— todos fuimos, y terminamos por abandonarlo en lo más recóndito de nuestra psique. Por miedo a reconocernos quizás, a conmovernos de nuestro infantil pasado, a sentir lástima de nosotros, sin darnos cuenta que, ese niño sentado en aquella esquina requiere nuestro abrazo, ahora más que nunca, nos necesita. 


Hoy el niño de nuestro relato ya no se hace pipí, dejó de hacerlo poco a poco hasta los trece, coincidiendo con la propia aceptación de sus diferencias y re-valoración de su intelecto. Ya no más bolsas de plástico entre las sábanas, ya no más burlas, ya no más “el meón”, “el tonto”, “el raro”, “el joto”, ya no más. La inteligencia es un rasgo que abruma a quien la posee y asusta a quienes la asimilan como un aspecto más, habitamos un mundo donde se romantiza las ficticias cualidades del corazón y resta las de la mente. La madurez infantil suele ser desvalorizada por una irracional tendencia a tratar al infante como una sub-raza a la que hay que disciplinar y amoldar al reflejo de nuestras propias aspiraciones, olvidándonos de nuestro pasado y extrapolando complejos propios de la adultez. Hoy nuestro ahora niño-adulto a vuelto a ser princesa, pero también es príncipe, tiene algo de mago, de artista y ya no teme enfrentarse a su sueño de poeta. Pero sobretodo, le gusta recordar, dolerse de nuevo, reconocer todo aquello que lo une a su pasado y darle gracias a ese pequeño niño por ser tan fuerte, por aguantar, por seguir adelante en su meta de vivir y no desaparecer entre selectivas memorias.

……..

—«Calla, calla, princesa —dice el hada madrina—;
en caballo, con alas, hacia acá se encamina,
en el cinto la espada y en la mano el azor,
el feliz caballero que te adora sin verte,
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,
a encenderte los labios con un beso de amor».

— Fragmentos de Sonatina, Ruben Darío

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Relatos de mis múltiples infancias

Capitulo 3 – LA CASA DE LAS BUGAMBILIAS 

Ya no están las bugambilias; en mi antigua casa ya no están junta a la barda que nos separa de la del vecino ni alrededor del arco de la entrada, las preciosas bugambilias de mamá. Ni los teléfonos de hojas verdes gigantes enredados en los protectores de las ventanas. El patio ahora luce solo un triste gris de concreto y en él ya no cabe posibilidad alguna de rescatar mi pequeña caja de secretos, enterrada en el pasillo del antes jardín; con mis tesoros. La casa luce más chica y reducida. Los ladrillos rojos de la cocina parecieran haber mutado de color y la luz ya no entra igual por la ventana de la sala. Ahora me parece una casa hecha para enanos, ¿Cómo pude crecer aquí pensando que mi casa era la más bonita del barrio? ¿dónde están los muebles? ¿dónde mi alto librero? ¿A dónde se fueron todos? Este ya no es el que solía ser mi hogar.

De las bugambilias nunca descifré cual era su color. No eran rojas ni moradas ni violetas, eran más bien de un rosáceo indescifrable, aunque ya no importa por que ya no están. Se erguían en la entrada vanidosas, frívolas del intenso color de sus flores, sabiendo que eran las únicas en varias calles a la redonda. Una en especial era alta y en forma de arco, llena de espinas pero muy bien escondidas entre el verdor de sus tallos, de forma tan discreta, que no advertías aquella doble personalidad.

La casa se ubicaba sobre la calle Hacienda (la calle principal), por donde tenías que entrar rodeando una fuente y seguir derecho hasta la avenida Francisco Y. Madero. Mi pequeña casa era la No. 2 y estaba justo a metros de la esquina. La de a lado —que si era esquina— estaba cubierta casi completamente de verdes enredaderas, de pared a pared y de piso a techo, con un árbol de hojas verdes y amarillas en el porche, muy raro, por que nunca había visto uno igual. Esa era la casa de mis vecinos y mejores amigos Jimmy y Beto. Ya vivían ahí cuando nosotros llegamos y con ellos compartí este capítulo de mi infancia tan peculiar. San Antonio era el nombre del nuevo fraccionamiento y nosotros vivíamos en la primera etapa, antes de que construyeran el parque de “las canchas”, antes de la “tiendita de enfrente” cruzando la avenida, antes de las casas de tantos otros amigos con los que años después recorríamos juntos las calles de la colonia. Antes incluso de aquel terreno baldío y hundido (nuestro escondite) se convirtiera años posteriores en una cancha deportiva.

Jimmy y su hermano mayor Beto eran dos impetuosos, hiperactivos y muchas veces irrespetuosos malandrines, que representaban todo lo que yo jamas hubiese podido —y soñado— ser. Eran contestones como solo dos hijos de padres consentidores se podían permitir, más aún; consientes de su rebeldía la explotaban como sinónimo de fama por todo San Antonio y alrededores. Ser yo su vecino era una casualidad inesperada y ser su amigo me garantizaba ser parte del grupo, aunque no necesariamente popularidad, pero para esos dos yo completaba el imprescindible tercio de ases con el que aspiraban dominar los nuevos territorios. No recuerdo bien de que misteriosa forma logramos entablar tan exótica amistad, pero si recuerdo que ellos representaron para mi una aspiración personal, la primera.


“Es curioso como después de los años los recuerdos se transforman, saben y huelen diferente. En mi caso, llegan sin previo aviso y en forma de cuento, como esas lecturas en las que tenemos que inventarnos imágenes para darles vida, color y forma en nuestra mente; una mezcla de narraciones en primera y tercera persona. Al final, creo que hay honestidad en mis recuerdos, pero también resulta una interpretación de memorias y deseos ya diluidos junto a los recuerdos de otros. ¿Hay ficción en mi relato? si, hay algo de fantasía, de reproche y de verdad”.


Son muchas las memorias que saltan una tras otra cuando pienso en mi casa de San Antonio, y no es para menos, siendo ahí donde aprendería a manejar la bicicleta —por ejemplo— yo solito y en un valiente impulso con la pequeña y viejita bici de mi vecino. Mi padrastro había intentando enseñarme antes comprándome una preciosa bicicleta de montaña, pero olvidó —yo ya montado en ella— enseñarme a usar los frenos. Tampoco puedo olvidar nuestra obsesión infantil por coleccionar —o robarnos— los pequeños rosales de jardines vecinos, pensando que se trataban de arboles Bonsai como los que aparecían en la famosísima Karate Kid. Fue en esa casa donde descubrí como eran los cuerpos de los adultos desnudos a través de una revista porno de mi hermano. Fue ahí donde tuve mis primeras mascotas; una pecera, regalo de cumpleaños, hecha por mi padrastro a la que después llenamos de caracoles, una piedra caliza llena de hoyos —a forma de pequeños escondites— que papá Alfonso mismo taladró y plantitas varias de plástico. Sus primeros habitantes morían ya sea por exceso de comida o de cloro, pero con el tiempo me volví experto en el cuidado de mi pecera. Un gordo y casi deforme pez dorado y un largo y plano pez ángel color plata fueron mis consentidos, y vaya que podía pasar horas observándolos. Después llegaría una tortuga de tierra, que gustaba de vivir debajo de nuestra alberca inflable. Podía pasar semanas perdida y volvía a aparecer como si nada, hasta que un día de plano, no volvió a aparecer. Un par de pollitos ruidosos, de los cuales uno fallecería dramáticamente bajo el peso de mi hermano, y el otro, que crecería hasta convertirse en un gran pollo cagón e intolerable a los ojos de mi madre. Nos enteraríamos después de su final y condimentado destino en forma de mole a manos de doña Mary, su comadre. También tuvimos la efímera visita de un perro tipo lobo que andaba perdido por el barrio, una pareja de periquitos australianos que con su alpiste estropearon el hasta entonces parejito y bien cuidado pasto de mamá. Y por último, mis pericos. Uno del que casi no tengo recuerdos, pero al segundo, mi Paco, lo recordaré siempre.

Y es que era un perico sin igual, repetía cotorro y cotorrito, cotorrito de forma muy graciosa, aunque su palabra favorita —y aquí muero de pena, mis amables lectores— era la infame, prosaica y ordinaria palabra puto. Se daba el gusto incluso de repetirla —para la mayor de mis vergüenzas— en forma de ametralladora… puto, puto, puto, puto, hasta que se hartaba —¡pinche Paco!—. Pero yo lo adoraba y a pesar de su limitado y vulgar vocabulario lo cuidaba como la más preciosa de mis posesiones. Un día desapareció, sin más y yo me canse de buscarlo por toda la casa y varias calles a la redonda, Jimmy me acompañaba en la empresa de una búsqueda inútil, puesto que tres días perdido parecía demasiado tiempo. Entonces, cabizbajos, nos trepamos al árbol de su porche, cuando escuchamos algo, nos quedamos quietos, mirándonos fijamente y… puto, puto, puto ¡era Paco! pero como encontrarlo ¡coño! si el perico era verde y amarillo como el mismo árbol. Hasta que Jimmy lo divisó en una de las ramas más altas, no me importo y me trepe con mis miedos hasta la cima. Así, mi Paco contra todo pronóstico y en gran hazaña, regresó.

Su muerte representó el primero de mis duelos; hasta ese momento la mayor de mis perdidas y tristezas. Murió de una forma estúpida, tras ingerir jabón en polvo para lavar la ropa. Mi pequeña prima lo descubriría en el patio patas arriba y cubierto de hormigas. No era el final que yo esperaría para él, pero su funeral si lo fue, enterrado solemnemente en el jardín de mi casa y en el mismo rincón donde años después enterraría mi caja de secretos.

Por fortuna para un niño las heridas duelen menos tiempo, incluso se curan solas y tras pasar los meses, la muerte de mi querido Paco ya era solo un nostálgico recuerdo. Para esa época mi curiosidad había descubierto otros tesoros, que junto al recuerdo de mi grosero perico, me acompañarían toda la vida, mis libros.

Y es que no vengo precisamente de una familia lectora, salvo mi abuelo materno quien vivía en otra ciudad y Julian, mi padre biológico —y desaparecido— no contaba con mayor referencia para el gusto de la lectura. Pero sucedió, y fueron los libros de un alto mueble en sala de mi casa quienes me acompañaron a partir de ese momento. Los bajaba todos y me rodeaba de ellos sentado en el piso. Los ojeaba en un principio por sus ilustraciones, a veces por aburrimiento y después empece a leerlos —y disfrutarlos— por un placer inusitado. Aun no sé a ciencia cierta el por qué de su presencia, pero estaban ahí y los hice míos. Una colección de cuentos clásicos, una enciclopedia temática, otra de la historia de México, antologías poéticas y libros varios, ¡vaya! un poco de todo.

Fueron mis libros el refugio perfecto, el escondite de un niño tímido que luchaba contra si mismo. A través de ellos, me inventé los mundos necesarios para escapar a ratos de una realidad compleja. Y es que nunca tuve claro quien quería ser; antes tenia que saber o averiguar quien debía ser, y eran tantas cosas que hubiese sido muy útil manejar —a mis 6, 8 o 10 años— una agenda. Las comparaciones dicen que son odiosas y mi madre las usaba como dardos. Por si fueran poco me sabía diferente, en muchos aspectos, algunos muy dolorosos. Hoy sigo comparándome pero con todos los yo que quise y los que ahora quiero, puedo ser. Los libros, me ayudaron a entender la complejidad del mundo y a su vez, a comprender la mía propia.

Como ven, la casa de las bugambilias fue un hogar especial, lleno de experiencias, lecciones y aprendizajes. Lleno de recuerdos nítidos y otros confusos, que juntos complementan el rompecabezas de imágenes de un relato en constante cambio, una memoria variopinta, una historia en la que no se permiten ediciones…

…como las tuyas, las de todos.

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Arte – Rosa María Castaño Olivera

 

* El capítulo 4 será publicado en las próximas semanas *

 

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Martina

Capítulo 1 – La travesía

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Cuentan los viejos árboles del cerro alto, que sucede lo mismo cada año en el mismo día, invariablemente, como sucede todo en el polvoriento pueblo de Santa Catalina. La única calle empedrada se viste de las flores de los cuatrocientos pétalos que llegan al mercado desde los campos aledaños, y entonces las casas despiden un penetrante olor a pan y a madera quemada. Después de la obligada misa del mediodía le sigue la procesión general al camposanto, donde los deudos limpian, comen y beben sobre las tumbas de los que ya no están pero que siempre regresan, cada año en el mismo día, invariablemente, como sucede todo en el polvoriento pueblo de Santa Catalina.

La familia Rodríguez era nueva en el pueblo, llegaron una noche abrazada por los calores de mayo a la casa de la vieja Agustina y jamás se volverían a ir. Con ellos venía un perro con un par de ojos de cacahuate y orejas de piloncillo, regordete como un algodón de azúcar, de esos que venden en las ferias de marzo. Chencho —como lo llamaban— era feo como la chingada y ruidoso como el tren de los sábados del mediodía. Le gustaba tomar el sol ardiente de la blancuzca tarde en la puerta siempre abierta de la casa, velando la siesta de la vieja Agustina, recostada en su mecedora aún más vieja. Comía todo lo que encontraba en la mesa sin vigilancia, desatando los airados gritos de la vieja o los escobasos de Martina. Rompía sin compasión zapatos, bolsas para el mandado y cualquier objeto que llamase su atención. Perseguía rapaz la curiosidad de los gatos y el hambre desorientado de una que otra rata camino a la fonda de la esquina. Para colmo, el perro gruñía a todo aquel que intentaba acercarse al niño de Martina, siempre envuelto en un sarape oscuro sin hacer otra cosa más que aparentemente dormir —cosa extraña— aunque con los habitantes de la casa, Chencho, el perro, era más dulce que un pan de canela.

Los Rodríguez, según cuentan también árboles de montes circundantes, venían de un pueblo del sur a nueve días de distancia, allá donde se dan las naranjas gordas y dulces dicen los marchantes, pasando el río chico donde exactamente a las 12 p.m. cruzan las culebras de agua dulce y finalmente el río grande, donde se pescan bigotones bagres todas la mañanas. «Tuvieron que rodear la hacienda de los Albores» chismean las comadres Clotilde y Gertrudis, ya que la gigantesca hacienda está cercada por un alto muro de piedras y púas vigilada por matones centinelas, rodeando y atrapando así todo el pueblo de San Martín de la Cruz. 

—¡Y que cruz! —lamenta Gertrudis—. Pobres! tener que trabajar en esa jodida hacienda toda la vida sin poder hacer otra cosa, ¡sin poder escapar, comadre! que vida tan desgraciada, ¡que vida!

—¡Mil veces malditos esos los Albores! —Agrega ya encanijada Clotilde.

—Fue necesario atravesar dos días en burro las colinas del valle de San Mateo, —comenta rasposamente el borracho Fermín—. Yo les digo que es imposible hacerlo a pata, ahí no crecen ni árboles ni nada y el agua… ¡hum! no hay nadita a kilómetros a la redonda.

—No pos sí, sin burro esta cabrón —afianzan sus mareados compinches.

—Y ese mendigo perro feo —refunfuña el piadoso y bien alimentado padrecito Don Pedro Elizondo—. No hace más que distraer a los niños de la parroquia y orinar las bancas.

—¡Y mis macetas, padre! —levanta la voz doña Cuquita—. ¡Ese cochino y condenado perro! hay dispense padrecito, pero siempre me orina las macetas y se come mis gardenias ¡mis azaleas!

—Pos dicen que se lo encontraron en el camino antes de llegar a Santa Catalina —chismosea la recatada Prudencia—. Debajo de un almendro a la orilla del riachuelo que cruza la finca de los Elizondo, de sus primos, padre… ¿no será de ellos?

—¡Pero que cosas dices, Prudencia! un perro de esa calaña en mi familia ¡ni lo mande Dios! —sentencia el padre en un levantar de ceja.

En efecto, fue debajo de un árbol, pero de un joven ahuehuete que buscando la sombra negada días atrás en el valle de San Mateo, los sedientos Rodríguez se toparon con el redondo y fastidioso perro. Acababan de entregar como lo prometido al tigrillo, uno de los muchos burros de la finca de los Elizondo, que entre sus muchos negocios estaba el de rentar las cansadas bestias para cruzar el mortal valle.

—Que gordo está —Dice la acalorada Martina recargándose en el tronco y recibiendo así, la primera sombra de muchos días—. Mira como nos mueve la cola, Dionisio, se ve que es requete juguetón.

—Y requete feo —Arguye Dionisio liberando sus pies de sus apretadas botas—. No te encariñes, mujer, que a duras penas tenemos pa’ nosotros.

—Pues ni modo que lo dejemos aquí, pobrecito se va a morir de hambre, mira como brinca el condenado, ¡mira! —Martina acaricia la cabeza del perro viéndolo directamente a los ojos—. Tas feo… si, pero se ve que eres leal y alegre y pos, yo hasta te veo bien chulo, mi Chencho.

—¿¡Chencho!? —Pregunta de un brinco Dionisio—. Que te digo que no le pongas nombre a ese animal que no es de nosotros, ¿que tal que es de la finca?

—Que va a hacer siendo de la finca si esta re descuidado, ¡mira! parece perro de rancho, flaco y panzon.

—Pos será el sereno pero yo no cargo con más bestias que las mías.

—Pos yo soy tu bestia, y vete viendo a ver quien te hace la merienda ahora que lleguemos… y ya ni me digas nada que estoy encanijada.

—¡Oh pues! —Se lamenta un apenado Dionisio.

Así pasaron las horas debajo de aquel gallardo árbol a la orilla del riachuelo. Los Rodriguez no tardaron ni diez minutos en buscarse la mirada y otros diez en hablarse con el tono de quienes se saben suyos, los unos a los otros como los árboles a la tierra, como el agua cristalina al cauce del riachuelo, como la luna misma a la noche primorosa. Fue jugando con las marcadas protuberancias en las manos de su esposo, que Martina lo convenció de llevarse al perro. Fue con un piojito en la cabeza de su señor, que Martina le confirmó que se llamaría Chencho, y fue, una hora antes del anochecer, que Martina ofrendó el más largo de los besos a un atolondrado Dionisio, sellando así el tácito pacto. Al final y faltando una hora antes de caer la nocturna neblina sobre el valle, los Rodríguez se levantaron para emprender el último tramo de su azaroso viaje. Dionisio llevaba consigo toda la carga mientras que Martina abrazaba en su rebozo a su inmóvil hijo, envuelto en un sarape oscuro sin ninguna extremidad a la vista, cual muñeco de trapo. Martina decidió entonces no amarrar al perro convencida de que si este los seguía, sería de ellos… y así sucedió.

……..

224067_144550_1Arte Fotográfico – Juan Rulfo

 

 

* El capítulo 2 será publicado en las próximas semanas *

 

El Perro y la Luna

 

 

Inspirado en la obra del maestro Rufino Tamayo. 

Y yo estaré ahí, con la Luna, esperándote. Fue lo que dijo una anciana Chata a su negro perro, el Trino, acariciándole la cabeza una noche de luna llena. Aunque el Trino, carente de entendimiento en el lenguaje humano, logró intuir que esa imagen redonda y brillante a lo lejos, a la que llamaban Luna, estaba relacionada con su diálogo con la anciana. Esa noche fue especial por que comieron harto. Por donde pasaran los humanos les daban comida y a él le acariciaban su rechoncha barriga, su cola erguida como una lanza y esas orejas de piloncillo -según la Chata-. Entonces ambos se acercaban a las tumbas llenas de flores y velas y humos. Ella se sentaba a dialogar con otros humanos y el Trino se acostaba entre sus pies paciente. Ella lo presentaba y los humanos le sonreían, algunos niños corrían con él y lo perseguían, y él a ellos. Esa noche fue especial, por que comieron mucho ¡muchísimo! y por que la Chata estaba ahí con él… contenta.

El Trino no lo sabia pero en México esa noche también era especial para los humanos, lástima que durara tan poco, pensaría tal vez. Al amanecer todo seguiría igual debajo del puente. Las mismas caminatas de ambos -la anciana y el perro- buscando comida entre botes de basura y en las esquinas, las mismas peleas de ella con otros humanos de calles aledañas, las mismas horas en el piso de la parada de autobús esperando a recibir migajas, las mismas faenas eludiendo humanos molestos, esos que te patean a la menor provocación, esos que te avientan piedras, agua o gritos sin motivos. Esos que no toleran que estés cerca de ellos. Aunque la Chata siempre estaba ahí, defendiéndolo. Y el a ella.

Hoy el Trino se levanta de un brinco, y no es para menos con semejante patada. Huye del callejón y corre pegadito a la pared por que le dan miedo los coches que pasan veloces y que han matado a tantos como el. Algo le gruñe en la panza y recuerda que tiene hambre, lo que ya no recuerda es cual fue su último bocado. Se siente cansado y se le nubla la vista a ratos. El ruido de la ciudad lo mantiene alerta. No sabe a donde ir.

De repente, un humano estira la mano y le tira un trozo de pan, el perro lo toma y corre a una esquina con el pan en el hocico, lo deja en el suelo un segundo y observa al humano con la cola y orejas para arriba; le lanza un trino. Así les llamaba la Chata a sus ladridos, que eran como los trinos -decía- de los negros zanates (pájaros) del parque al que juntos iban. Entonces la Chata lo apretaba fuerte contra ella y le besaba las orejas y el negro perro le brincaba alrededor regalándole hartos ladridos ¡trinos! como a ella le gustaban.

El perro come su pan.

La noche cae blancuzca sobre la ciudad, los coches se vuelven luciérnagas ruidosas y el frío arremete como cuchillos en los huesos del ahora flaco perro. La vista ya no le alcanza para ver más allá de una calle y se sienta a esperar recargado en una esquina del centro histórico, como una gárgola más del centenario palacio. Ya no recuerda eso que ha intentado no olvidar, pero no olvida esperar, y espera. Así, pasan los tiempos que el tímido perro no sabe medir, solo los siente en sus pies, en su boca seca y unas orejas que ya nadie toca. El trino suspira y observa los humanos caminantes y ciegos de el, de su ansiosa mirada, de su atención. Algo lo guía tres calles arriba y encuentra una manada de perros rebuscando en los tambos de basura, los reconoce y se une a la búsqueda. No encuentran mucho pero emocionados juegan y se olfatean como tratando de convencerse que están ahí y que siguen vivos. Un chorro de agua cae intempestivo del cielo acompañado de improperios y entonces la manada huye con la noche a cuestas. Esa noche el Trino regresa al puente y duerme debajo de el.

Transcurre otro día, pero en este la tarde languidece lenta y naranja como flor de cempasúchil. Los humanos se comportan diferentes, el entorno huele diferente. Un cansado Trino avanza con éxtasis un camino muchas veces recorrido. Las plazas se llenan de voces y máscaras y puestos de comida, pero el animal avanza rápido, esquivando coches y multitudes, sin detenerse mientras la noche cae tibia sobre la calle. Por fin llega al panteón que luce lleno de flores y velas y humos. Merodea entre tumbas y humanos y come de los restos que caen, que le avientan, que encuentra pisoteados entre los pasillos. Algo recuerda y lo siente en su pecho, pero no sabe que.

Avanza de nuevo y esta vez hacia el puente. Al llegar, observa una luna gorda y luminosa posarse por encima de los arboles y entonces parece recordar. –Esta ahí, esperándome –se dice. Lanza aullidos llamándola y dando vueltas sobre la calle solitaria, sollozando. La luna responde destellante y el viejo Trino busca refugio debajo del puente; ya no esta triste, solo impaciente y se acuesta a esperar.

Ya no despertará.

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Perro de Luna – Rufino Tamayo

Aquí un cuento maravilloso – Daniela es a lo lejos un árbol.

Por Noé Vazquez Ella es Daniela. ¿La han visto? ¿No? Tal vez deberían. Quisiera describirla: Daniela es alta. Es su rasgo fundamental. Es posible que la imaginación, que asigna supuestos y engendra valores, la haya colocado en una altitud literal y metafórica. 2.180 palabras más

a través de Daniela es a lo lejos un árbol — Seattle Escribe

Los huesitos de mamá y otros relatos – Breves reseñas

Los huesitos de mamá y otros relatos

Maria Susana es el nombre de un triangular pueblo en medio de la Pampa Argentina donde los once relatos o cuentos -no sabemos- acontecen. Su autora nos dice que mucho hay de verdad y de ficción, y que estas, verdades y ficciones se desarrollan juntas de principio a fin durante toda la obra, de ahí que no sabemos cómo clasificar tan pintoresco libro. Entre los recuerdos de una prodigiosa memoria, la de su autora, destacan las historias de una tímida pero vivaracha niña de origen inmigrante (italianos) narradas en primera persona con el elocuente, fluido y despreocupado lenguaje de Rita -nuestra niña en cuestión- mezclado con el pensamiento pueblerino de los tiempos relatados, trasladándonos de forma inmediata al singular pueblo, también de trazo y origen singular.

Un poema nos da la bienvenida, pero no cualquier poema, sino uno que de antemano nos anticipa la descarga nostálgica de los recuerdos que hacemos nuestros, poco a poco, al pasar de las páginas. Como dije, once son los relatos que nos toman desprevenidos y sin dejar cabos sueltos. Pareciera que nuestra autora nos conoce y nos atrapa en deliciosa carcajada tratando de recordar personajes que no conocimos, ¡que tontos! es un libro. Pero insistimos, y queremos saberlo todo de Rita, de las hermanas Delfino, del turco sucio que no era ni turco ni sucio ¡Spoiler! del negro Col y la pequeña Amalia y más aún, del pueblo mismo. Seguirá dividido, geográfica y socialmente por las vías del tren? Seguirá con su forma tan singular después de tantos años? Y sus pobladores…?

Es curioso como un libro, cuyas historias suceden a miles de kilómetros al sur del país de uno, con más de cincuenta años de distancia y con solo el idioma por unión, logra identificarse con el lector a través de los detalles, vivencias y por menores más irrelevantes. Ese comercio de la esquina que la autora sitúa sin importancia se revela de repente como una relación cósmica con el pasado nuestro. Esa frase dicha distinta pero con el mismo significado. Esa costumbre extraña pero tan familiar nos dice algo. Entonces nos cae el veinte (expresión mexicana) y comprendemos que a pesar de lo enorme del territorio latinoamericano, con toda su pluralidad de lenguajes, culturas, etnias y sociedades, somos una memoria repetida, una experiencia vivida una y otra vez sobre un camino de espejos, donde nosotros -caminantes-, nos vemos reflejados los unos a los otros. El idioma fue el hilo primigenio, pero hoy, nos une algo más.

Rita Sturam Wirkala es el nombre de la autora, también profesora y querida miembro del grupo de escritores Seattle Escribe. Después de veinte años de enseñanza literaria en la Universidad de Washington, en la ciudad de Seattle, escribe El Encuentro y Las aguas del Kalahari, sus dos últimas novelas con las que ésta reconocida autora ha logrado posicionarse como una consentida en nuestra comunidad. A la par, cuenta también con obras de literatura infantil y numerosas traducciones del ingles al español. En su blog, Rita nos regala algo de su talento con sus maravillosas poesías, cuentos y relatos.

Rita Sturam Wirkala, PhD

¡Invitados están, a una lectura maravillosa!

 


 

Relatos de mis múltiples infancias

Capítulo 2 – NUNCA TE FUISTE

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A mi padre

El cuarto día de un enero de aproximadamente 10 años murió Julian -mi padre- del cual guardo pocos recuerdos, según yo ninguno bueno. Recuerdo, por ejemplo; una mañana de mi niñez a mi abuela levantándome con prisas advirtiéndome que papá había venido por mí para llevarme al cine ¡al cine! entonces veloz y feliz me levanté y me vestí de inmediato, pero al salir de mi recamara lo vi a él – a Julian- parado en la sala esperándome como la más fría de las columnas, y revivo mi tristeza, mi decepción por que a quién yo esperaba realmente era a papá Alfonso, el hombre que me había educado como un hijo desde que Julian nos abandonó. La confusión de la abuela me supo amarga. Recuerdo que ese día me llevo al cine y a comer como lo prometido, y también que pase una tarde por de más extraña, deseando a cada minuto que terminara. Nada me ataba ya a él, nada en su voz me era familiar, ya no éramos padre e hijo y después de tan desafortunada tarde no volví a saber de él en años, como de costumbre. Julian se convirtió así en un recuerdo difuso, áspero, una imagen vaga que no coincidía en mi historia, la foto enmohecida en un álbum de recuerdos. Y aún parecen vivir lucidas en mi memoria las ultimas veces que lo escuché  -varios años después- cuando vivíamos de punta a punta, yo en Los Cabos y él en Cancún.  Al principio Julian buscaba conversación pero yo propiciaba no hablar con el más de lo necesario, era tan raro escucharlo llamarme hijo. Las últimas veces solo lo saludaba con la debida cortesía para pasarle rápidamente el teléfono a mi tía -su hermana- con quien yo vivía en los tiempos relatados. Para aquel entonces todos sabíamos que sufría una intensa depresión y que incluso había atentado contra su vida en varias ocasiones. Su voz se escuchaba pausada, melancólica, como arrastrando en cada frase el peso de su tristeza, pero a mí ello poco me importó, lo más que podría sentir por el era lástima. Creo que él presentía su final y a los pocos días recibí una última llamada… había muerto.

Es curioso como el tiempo cambia las perspectivas, y al hombre que un día odie por no recibir de el más que indiferencia, hoy le agradezco con la humildad que “no me caracteriza” parte de lo que soy. A veces, me descubro viéndolo en el reflejo de mi espejo y me doy cuenta que de el guardo más de lo que yo hubiese imaginado y peor aún, de lo que yo hubiese querido admitir. Que más allá de un parecido físico se esconden miedos, fortalezas, debilidades, talentos y sueños compartidos. Entonces creo entenderlo, creo reconocer sus fantasmas, sus razones, lo compadezco y me compadezco a mí por juzgarlo, por odiarlo, por no buscarlo cuando quise y quisiera entonces sentir sus manos, abrazarlo, exigirle a gritos un “por qué” y entregarle sin explicaciones un “te perdono”. Decirle que el vive en mí aunque yo no quiera y que a través de mí vivirá en mi descendencia, en mi memoria y en mis letras.

Hoy, su imagen no me parece tan difusa, ya no me resulta extraño llamarle padre, hoy mi historia con el ya no duele tanto y la integro -nuestra historia- al rompecabezas de mi vida como la más inevitable y necesaria lección. Pero la vida vaya que se empeña en sorprenderme todavía y así, el único recuerdo bueno que guardo de mi padre nació a travez de su muerte, con los libros que me dejo como herencia ¡Una total sorpresa! Una herencia que no esperaba como nunca espere nada de él. Tal vez su intuición se lo dictó, tal vez me conocía más de lo que yo alguna vez pensé, tal vez fue el peso de la sangre o una relación cósmica, tal vez es solo mi imaginación, un deseo oculto, un dulce y necesario auto-engaño, un perdón a destiempo, tal vez…

…..

Aún guardo conmigo los libros que me diste 

junto a todos los abrazos y besos negados,

guardo en años de recuerdos tus ausencias,

el impulso de tus sueños

y el peso de tus fracasos.

Guardo con mi madre todas tus caricias,

 la protección de tus brazos en los de mi hermano,

todavía tengo de ti, mi padre

el mismo pelo negro, salvaje y ondulado

el mismo diente chueco, tu reflejo en mis espejos, 

tengo tu altives

y el egoísmo de tus actos.

Aún guardo el tono de tu piel en la mía

y el apellido que me diste sin usarlo,

todo el amor que no te di, todo el calor de mis manos

y en mi memoria

tristes aún habitan tus ojos,

tristes aún resuenan las voces del naufragio.

En un cajón del ropero viejo de mi infancia 

guardo celoso las risas y los llantos

  y nuestras mejores fotos juntos, papá

extraviadas

en un tiempo que solo existe entre memorias inventadas

y nostalgias del pasado.

…..

Tú, me debes un padre y yo aún te guardo un hijo.

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Obra pictórica del maestro Pablo Picasso (periodo rosa).

 

 

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https://milenguanativa.com/2017/08/20/el-refugio/