Cuentos e historias breves a descubrir…

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Fabulas de Nuestra Tierra es el titulo de un pequeño libro que sabe a muerte, pero no a una cualquiera, sino a una mexicana, esa que huele a pan y a camino de tierra, a arbol milenario y a amores que no se olvidan.

Los personajes, unos vivos y otros muertos, convergen en un místico mozaico de cultura ancestral e historias de festiva melancolia, porque la muerte en México es contradictoria, se festeja y se sufre.

La autora, Nora Giron-Dolce es también autora de reconocida literatura infantil con titulos como “Los cuentos para soñar de mi Nana Luna” y “Diego Bandolero Corazon Aventurero”, por si fuera poco, es también mi compañera de letras en el grupo de escritores hispanos “Seattle Escribe”.

http://girondolce.blogspot.com/

https://www.facebook.com/noragirondolce

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Tomu y otros cuentos, es el titulo de un pequeño cofre de sorpresas y por sorpresa me tomo descubrirlo en una tertulia literaria. El autor lo llevaba consigo y se lo pedi, no tenia cambio y prometi pagarselo en la siguiente reunion ademas de obligarlo a firmarmelo ¡faltaba mas! y sospecho que al sol de hoy la deuda continua y con intereses por que para mi buena fortuna disfrute mucho su lectura… ¡que descaro!

Onirico, fresco y estimulante, son los mejores adjetivos para esta colleción de cuentos que narran historias que no tienen nada que ver la una con la otra y así, vas desde una escena de drama juvenil contemporanea hasta la surrealista historia del mismisimo Tomu… no me gustan los spoilers y no pretendo convertirme en uno, invitados estan a descubrirlo entonces.

El autor es Kenneth Martinez y que creen? si… tambíen es compañero de letras en “Seattle Escribe”, es un escritor tímido y no tiene redes sociales como tal pero su “cofre de sorpresas” esta disponible en Amazon.com

Invitados estan, a una lectura maravillosa!

El Refugio

Un incontrolable entusiasmo me invadía, quería ver por la ventana del coche todo el tiempo y entonces aparecía, el arco y era tan alto! según yo; que tan solo era un infante. Al entrar en la casa varios perros nos recibían, a veces ninguno, pero lo que mas recuerdo es el olor, tan característico que se impregnaba en mis pulmones, la piel, la ropa y sospecho que hasta en la memoria por que aun siento olerlo en mis recuerdos. Entonces salía; alto, robusto, moreno y gritón, el abuelo. Su voz retumbaba en el piso como un trueno, rasposa como lija y dotada de una carcajada desafiante y atrevida, nos recibía a besos, a abrazos que sabían a bruscos apretones y entonces venia lo inevitable, nos rodeaba con sus brazos de árbol para evitar nuestra huida y nos comía las orejas a mordidas con sus dientes desgastados y filosos, nos hacia gritar pero su risa era contagiosa y sus cosquillas interminables, así nos recibía el abuelo a nosotros, sus nietos.

*A tierra húmeda, coco y aguacate, 

a palma y madera, carbon de anafre

huelen mis recuerdos, huelen incesantes*

Don Alfonso Arjona y Zetina había para aquel entonces fincado su residencia en un pequeño pueblo llamado Bacalar (Bakhalal en maya) al sur del estado de Quintana Roo y muy cerca de la capital, Chetumal. Nosotros, su familia mas cercana vivíamos a tan solo cinco horas en coche y procurábamos visitarlo a menudo. Mis recuerdos son muchos, algunos difusos y otros nítidos como los azules y verdes de la laguna misma. Sus cuentos de serpientes marinas que me hacían observarla desde el mirador de la casa largos ratos buscando una señal, tan solo una de la existencia de semejantes criaturas. Sus relatos de piratas atacando el fuerte de San Felipe y de sus naufragios con baúles llenos de oros y riquezas esperando ser descubiertas. Sus historias acerca de la procedencia de los Arjona en Europa y el Oriente. Sus poesías, sus escritos de viejo melancólico que de alguna forma, me recuerdan tanto a la mas nostálgica imagen que guardo de Ernest Hemingway.

*De selva mística y piedra,

de tierra negra y negra la sombra de tus arboles

de jade y turquesa tus aguas, tus aves,

de madera y fango y letras tu sangre,

Bacalar*

De mi abuelo herede esa quijada puntiaguda, si… esa que hace verme chueca la cara en cualquier foto, su tono de piel de azúcar morena mezclada con canela molida, sus manos largas y expresivas de pianista ¡infinitas! surcadas por protuberantes ríos de sangre hirviente y letras; aún mas hirvientes. Sus entradas en la frente gigantescas ¡monumentales! que francamente hubiese preferido heredar dinero, pero también herede parte de su ser, su cinismo, su inteligencia, el trueno de su garganta y ese amor propio que lo hacia tan egoísta, tan el, tan don Alfonso.

*Soy piel de tu piel, voz de tu voz

de tu huella fértil ascendi

buganbilia en flor*

El Refugio era su casa, su palacio y en el el te recibía ese arco en la entrada tan inolvidable, la casa estaba rodeada de jardines, arboles por aquí y por allá, de repente sus escalones de piedra te invitaban a entrar y un pasillo de serpiente con columnas y techo de bambú te guiaba a la recepción, no sin antes apreciar ese jardín interior encerrado en una especie de cerco de madera que lo protegía. El comedor era grande, con un pequeño teatro al fondo y en sus mesas de madera con sillas de hierro y colchones rojos disfrutábamos una de las tantas dotes del abuelo, la cocina. La casa fungía como hostal y para tal motivo contaba con numerosas habitaciones, la cocina era amplia y desorganizada y en ella el abuelo pasaba muchas horas, a veces pienso que mas que una cocina era su taller y que de ahí emanaba ese olor característico que al Refugio distinguía, a veces me parece verlo sentado a media noche en su cocina-taller mezclando hierbas y brebajes, conjurando con el pasado y pactando con las estrellas el incierto futuro, pero algo me dice que no lo consiguió; las estrellas ya estaban muertas. En el pueblo lo llamaban don Tarot ya que leía las cartas cual místico brujo maya, yo mas bien creo que era un charlatán, pero tenia el don de la palabra y con su voz las lanzaba filosas cortando el viento, cambiando mentes y definiendo destinos. Pero lo que mas yo aún recuerdo era el mirador de la casa, redondo, alto y con una vista que arrebataba el aliento, su alta palapa nos protegía del sol, la lluvia y de la vida misma, parecía que ahí el tiempo transcurría lento y seguro, me gustaba sentarme en el barandal de piedra incrustado con ojitos de turquesa y soñar, soñar que era yo, el rey de ese castillo.

*En aquella casa de arcos y palapas

vive un pájaro brujo de altos vuelos,

dígame, don Tarot, si el aún me ama, 

pero si no, no diga nada, que yo

de amor… me muero*

Casi siempre al otro día bajábamos en estampida hasta el muelle, la casa se ubicaba en lo alto y un camino de tierra empinado nos dirigía a la laguna de mar, para mi era como un mar por que esos azules no correspondían a los de una simple laguna. Teníamos que llegar hasta el final del muelle ya que la orilla era fangosa y yo temía desaparecer en el fondo de ese lodo amenazante. Clavados, muchos clavados, nadábamos hasta hartarnos y a veces, el abuelo nos paseaba en su lancha por toda la laguna presumiéndonos sus dominios, sus reinos con sus conquistas, las brechas que abrió a punta de machete y su orgulloso barco de piedra en el canal de los piratas, donde pretendía algún día poner un restaurante. De regreso le gustaba jugar a mover la lancha violentamente de un lado a otro y a que nos hundíamos como sus cuentos de piratas y solo ahí, en ese instante… creía odiarlo.

*Cántame laguna bonita, un bolero de azul  y verde melancolía*

Cuenta la historia, la de mi madre, que el abuelo era un bohemio, cínico y desvergonzado, carismático, audaz y soñador, cariñoso cuando su orgullo se lo permitía, hombre visionario de arrebatados impulsos, machista pero encantador, padre ausente, un zanate rechoncho de vuelos altos y penetrante graznido, que podía posarse igual en los zapotes como en los framboyanes, egoísta… ya lo dije y gastalon como el solo, apostaba tanto dinero como propiedades, así lo perdía todo y así de la nada, lo recuperaba. Se cuenta, que el dinero que ganaba era tanto que tenia que guardarlo en latas y esconderlo en diferentes rincones de una de sus casas para luego, con su alma embriagada de noche y alcohol regresar a vaciarlas y gastárselo en… da igual. En Veracruz vivían sus mujeres, sus hijos y el groso de su familia. En Bacalar solo el con sus espíritus, sus demonios y la última de sus esposas. Los Faroles y Antojitos Arjona fueron los nombres de sus restaurantes, en los que mi madre y sus hermanos junto a su familia adoptiva trabajaron día y noche, sin descanso y cuyos esfuerzos fueron la base misma de la construcción del Refugio, ese que hoy pertenece a manos indiferentes.

*Fuiste ave de alas anchas, Alfonso, muy anchas

pero de vuelos cortos, Alfonso, de vuelos cortos*

Mi abuelo hablaba mucho, demasiado, sus ojos eran grandes como dos frutos del almendro y se agrandaban aun mas hablando de la laguna, del pueblo y de como su casa fungió como primera casa de la cultura y casa del escritor, de sus noches de tertulias con empresarios y políticos hoy encumbrados, de como un día llego un joven descalzo desde Belize, el mismo al que luego vio convertirse en gobernador del estado. Hablaba también de Veracruz, de la blanca ciudad de Merida y su familia a la que dejo siendo muy joven para recorrer México, de Victoria, de Jose y el resto de sus hermanos y de su familia adoptiva los Rodriguez y solo un día, uno de los últimos, hablo de ella, a la que él en sus recuerdos o mentiras llamaba Teresa; mi abuela, la que fue el amor de su vida, la que llego en un barco a México de quien sabe donde y se fue dejando un aura de misterio, tres niños y un corazón roto. Entonces descubrí que el abuelo también lloraba y que los ojos de mi madre le recordaban a ella, el mas amado de sus ayeres.

*Te perdono mis noches de madrugada y sal

mis lunas de lamentos, mis olas tristes de mar.

Te ofrendo, si regresas, mis cantos de quetzal

y un barco de piedra en la laguna de Bacalar*

 A veces pienso en el abuelo como un amigo cercano, alguien con quien comparto tantas similitudes que, de repente, me lo imagino vivo, sentado bajo la palapa grande del mirador viendo su laguna, y yo con el, el con su risa y yo con la mía, ambas descaradas, atrevidas alborotando la noche y las palmeras del trópico. A veces lo extraño como extraño su casa, mi castillo, ese Refugio con sus pericos despertándome en la madrugada, con nosotros sus niños corriendo en los pasillos escondiéndonos bajo arboles de papaya, de orégano y de limón, matando bichos, descubriendo rincones y escondites, y si… aún me veo acariciando esos ojitos de turquesa con mis pequeños dedos, imaginándome venciendo a los piratas, a las gigantes serpientes y llevándome en una larga lancha todo el tesoro conmigo.

 

Los tres nudos

La viga trabada del tejaban sería la que sostendría el jalón. Limpió con periódicos del piso de cemento el reguero de agua que le escurrió por las piernas, y que era también el inconfundible aviso de que la hora había llegado. Se desvistió y sólo dejo resbalar su reboso desde la cabeza a la cintura, el cual uso para hacer un nudo ciego y apretado por el frente de su embarazado abdomen, ahí a bajito de sus pechos. Antes de que los dolores le restaran fuerzas lanzo por encima de la viga una punta del largo retaso de manta que desde hacia tiempo tenia preparado para ese propósito, y de nuevo con un nudo ciego amarro las dos puntas de la blanca tela y formo un columpio, lo probo poniendo este nudo en su espalda y haciendo horquillas con sus axilas de manera que la altura al colgarse y columpiarse la dejara sentarse en cuclillas y así resistió el primer dolor, uno de esos fuertes, se colgó, enredo dos veces sus antebrazos en la manta y pujo tan fuerte que el nudo del rebozo en su abdomen se aflojo, la fuerza de gravedad y el tirón lo acomodaron. Tan pronto como se recupero de este dolor se apresuro a colocar cobijas, periódicos y mas mantas limpias debajo de aquel columpio. Ya no podía caminar solo esperaba que la mandadera, una niña 6 años hubiera llegado rápido y encontrado a la partera del lugar, para que ella se encargara del agua caliente y las tijeras. Sentir un dolor y respirar entre una cosa y la otra lo único que se sentía confortable era el estar colgada de aquel columpio.

Durante todo este transe de estar entre la vida y la muerte y sola en aquella casita, solo Pensaba en su patrona una señora Alemana y que era muy buena con ella y su dos hijas rubias y muy bonitas, y pensaba también en el esposo de esta que siempre le daba miradas frías casi como ignorando su presencia cuando por algún motivo se topaba con el al limpiar esa mansión donde trabajaba, esa mirada de ojos verdes como lagos la hacia divagar entre dolor y dolor. Su manos morenas retorcieron la manta hasta casi quedar blancas por cortar la circulación, gritó con toda su alma y el sonido de algo descuajaringado cayendo en blandito la callo. Por fin dejo de jalar el columpio y se descolgó de el, se recostó en las cobijas y recogió al recién nacido, limpió su carita con las manos y lo hizo respirar, y por tercera ocasión amarro un nudo ciego en el cordón de union. El agotamiento y el tratar de recuperar la respiración la pusieron a dormir. La despertó el llanto del niñito, se incorporo y le ofreció el pecho, y lo envolvió con las mantas. La imagen aquella era contradicción pura entre fortaleza y fragilidad.Tal hizo que la partera al llegar se apresurara a limpiar sus partes y asegurarse de que todo lo que debería estar afuera estuviera. Sin mucho que hablar le dijo “criatura lo hiciste tu solita”.

Corto el cordón, la limpio, le trenzo el pelo y ya fajada y tratadas sus partes con ungüentos, desinflamantes y selladores la madre rompió el silencio y le dijo a la comadrona, “nació con los ojos abiertos, y son verdes zarcos como los de aquel” y la vieja mujer con las manos atareadas y el delantal sucio le dijo “la criatura esta muy sana y alerta ya lo vi, si no quieres perder tu trabajo le voy avisar a tu patrona que el infante nació muerto y asunto terminado o que crees que harán cuando se den cuenta de que el hijo barón de Don Hans nació solito y de ti. <<< Te Lo Quitan Mija >> Doña Yolanda ya no le puede dar otro hijo.

Escrito por…  Amparo Amezquita

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Cafe de Olla

Un estridente sonido me despierta de repente, era la alarma, que siempre resuena a la misma hora para avisarme, como si no lo supiera, que tengo que alistarme para ir a a trabajar, pero hoy es diferente, un día particular. Me levanto del viejo sillón en el que estuve recostado por horas desde que regrese a casa del hospital, se me nubla la vista y un leve pero punzante dolor de cabeza me atraviesa de repente, entonces lo recuerdo todo, aquello que me ha mantenido despierto desde esa madrugada y que aun no he logrado asimilar, fue tan súbito que parecía, pero no era… un sueño.

Me dirijo lento a la cocina y abro el primer gabinete de arriba, ella siempre la guardaba ahí y hoy no fue la excepción, ahí estaba, guardada en rajas dentro de un frasco de cristal. Abro el otro gabinete, el de la esquina para buscar entre los frascos de especias pero entonces un recuerdo en forma de espasmo redondo se atora en mi garganta y me ahoga por un segundo… exhalo lentamente cerrando los ojos y un suspiro brota amargo de mi boca,

-Tengo que seguir.

Busco entre los pequeños frascos pero no logro encontrarlo, sigo buscando y mi respiración se agita,

-Que tonto!

El frasco con los clavos de olor estaban justo enfrente de mi. Entonces me agacho para buscar la bolsa con los conos de piloncillos que doña Mary, su comadre, le había enviado desde México apenas la semana pasada,

– Creo que ya tengo todo -pienso.

Volteo hacia atrás buscando la olla de barro que ella siempre ponía entre el fregadero y el horno de microondas, ahí, donde tercamente pegó, aun en contra de la voluntad del arrendador, un marco con pequeños mosaicos de talavera para que, según ella, la olla de orgulloso barro cafe se luciera. Es tan difícil verla sin que mi corazón se estruje, la tomo con cuidado, como sintiendo su regaño detrás mío advirtiéndome lo que me pasaría si la tiro, y mi corazón se estruja mas. Vierto agua en la olla hasta la mitad, era demasiada pero mis manos estaban ya acostumbradas a la misma porción y como contrariarlas en un momento así… y mi corazón se vuelve a estrujar. Pongo la olla en la estufa a fuego alto, echo adentro un cono de piloncillo, dos clavos de olor y cinco rajitas de canela,

-A ella le gustaba dulce.

Busco en el cajón de los cubiertos la cuchara de madera, regalo de la abuela, para menearle despacio y espero impaciente recargado sobre el fregadero con la vista fija en la olla y un rostro duro como el propio barro, aun me costaba asimilarlo.

Diez minutos fueron suficientes para que una vida de recuerdos pasaran ante mi mirada absorta, nada en mi cuerpo estaba crédulo aun y todo en mí la empezaba a extrañar. De pronto mis ojos se humedecen pero un fuerte olor me distrae y asomo para ver el agua que empieza a hervir y rápido meto la cuchara para revolver la mezcla, reduzco a fuego lento y hecho media taza de cafe recién molido “del bueno” y sigo batiendo,

-Cinco minutos mas y ya -recordé en voz alta.

Entonces la casa entera se llena de dulce olor a canela y mi corazón en un hondo respiro se infla de nuevo, una pequeña señal de recuperación de un día colosal que me aplastaba. Sigo batiendo y con la otra mano busco una taza,

-Ya casi esta listo -me digo a mi mismo.

Apago el fuego y pongo la olla en la meseta junto a la taza y un colador encima, nunca me gusto sentir los residuos del cafe en el paladar, sirvo lentamente y el vapor me envuelve en una abrazo consolador, tomo la taza con las dos manos y me dirijo de nuevo al viejo sillón, sorbo un poco, está caliente! sorbo otro poco, está tan dulce, que mis ojos gigantes cristalinos se desbordan en llanto sorpresivo, de ese que fluye gutural de la garganta y no cesa, de ese que no llega a grito por que un dolor desgarrante lo deforma en plena huida, como lumbre azul que brota pesada por la boca seca.

Era el momento de aceptarlo… esa mañana ella había partido y entre sollozos ahogados y borrosos recuerdos solo alcance articular con voz quebrada una frase final…

-Te hubiera encantado el cafe de hoy, mamá. 

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La loca del tren

Un melodioso taconeo hizo eco en el pasillo. Zapatillas desgastadas color fuego anunciaban escandalosas su entrada al interior de la estación. Las medias de encaje carcomidas envolvían sus gruesos muslos y a lo largo del andén, las luces parecían alumbrar a la mujer como si desfilara sobre una pasarela de miserias humanas. Caminaba nerviosa, dubitativa, mirando con temor a todos lados y dejando grabadas huellas de celeridad en los fríos azulejos de la terminal, junto a muchas otras marcas imperceptibles, entre el ir y venir de los transeúntes. 

El enjambre de pelo sucio y desteñido escondía lo que en otros tiempos fuera la imagen inmaculada de una bella dama. Su rostro desprendía costras de olvido, revelando fatiga en su mirada. Sus labios resecos y quebrados habían olvidado el sabor del hilo carmesí que discreto iluminó un día su boca enamorada.

Caminó hasta el final del corredor, se acomodó en el suelo y fue formando un asiento con de cartones y ropa vieja. De unas de las bolsas saco un gorro sucio y humedecido y comenzó a hablar en voz alta e incomprensible. Sus palabras se perdieron entre el acelerado ritmo de los viajeros que con miradas despectivas pasaban de largo y la ignoraban. Con una de sus manos, saco inquieta un cigarrillo. El humo empezó a esfumarse detrás de su cabellera, buscando un lugar en lo más profundo de sus pensamientos para tratar de empañarlos.

– No se te ocurra decir una sola palabra porque te mueres, ¿entendiste?

¡En ese mismísimo instante, te mueres!

Las palabras se repetían una y otra vez en su cabeza, sonando como una cantaleta absurda que había estado taladrando lentamente la fragilidad de sus sentidos. Aspiro profundo y ahogando una bocanada en su garganta, sintió un sabor amargo y asqueroso que revolvió sus entrañas.

Se incorporó como pudo y arrastrándose hacia las vías del tren, vomitó. Sus ojos se desorbitaron y se quedaron mirando hacia un punto fijo y perdido entre los rieles. Permaneció ahí quieta, hipnotizada por los escombros de la mente.

– Puja más fuerte, ya casi lo tenemos, sigue pujando con fuerza.

– ¡Siento que me muero!, ¡quiero morder algo, lo que sea pa’ espantar el dolor!

– Tranquila, lo has logrado, ¡has traído al mundo a tu hijo, es un varón!

El alumbramiento terminó y la joven sintió correr ligeras gotas de sudor por su frente, sudor que se perdió y confundió con las lágrimas de gozo de una madre. La partera la limpió, preparó al niño y lo colocó en su regazo. La mujer cerró sus ojos y acarició a su pequeño; lo besó amorosa y ambos durmieron profundo. Suspirando entre sueños, pensó que por fin la felicidad había llegado a su hogar.

Un par de semanas después, el padre de su hijo apareció de repente, todito alcoholizado, envuelto en un ataque de cólera y celos injustificados. La golpeó hasta cansarse, le arrebató al chiquillo de sus brazos y se lo llevó. Cuando volvió, ya no traía al niño y sólo gritaba:

– No se te ocurra decir una sola palabra porque te mueres, ¿entendiste?

¡En ese mismísimo instante, te mueres!

El silbido del tren despertó a la mujer de su trance, de las crueles imágenes de los fantasmas del pasado. Regresó con paso lento y confuso a su rincón, al espacio que se había convertido en su nueva casa. Se sentó y acariciando el gorro que tenía entre sus manos comenzó a hablar en voz alta e incomprensible. Sus palabras se perdieron entre el acelerado ritmo de los viajeros que con miradas despectivas pasaban de largo y la ignoraban.

Escrito por… Adriana Bataille

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La pila de agua

En el penumbroso traspatio, después de lavar la ropa esa noche de verano a las 3 de la mañana, el mezcal, la mujer y la luna, en encuentro improvisado, tienen como testigo a la enorme higuera que da sombra al lavadero y a la refrescante y pintada de azul pila de agua. En una mano con el abanico abierto soplando directo al pecho, ya con el agua entallando su cintura en la pila, con sudor que pone brillo a la fantasiosa cara, el refajo que la viste al remojarse trasluce las historias que su ensanchado cuerpo guarda. Mira hacia arriba a buscar la luna, al encontrar su luz celeste le dice, “‘eres bella igual que vieja”. Se desata el pelo y sonríe y la punta de su barba pone en alto, el cuello para atrás estira y su larga cabellera flota en la orilla de la pila. Con la botella de mezcal en la otra mano voltea de reojo a un lado, se le antojan los morados frutos de la higuera pero no puede alcanzarlos sin salirse de la frescura del agua.

Esta noche como nunca se propuso recordar a los hombres que ha amado. Suelta el abanico y le sorbe a la botella, vierte los restos del mezcal en el agua, brinda sus calores y el insomnio de señora, bebe por los amores que fueron y por aquel que le dijo que no, suspira. Esa noche de verano a las 3 de la mañana nada cambiaría ella por esa inquietud en su alma y se sumerge completa, en la pila se revuelve el mezcal, el sudor y el agua, esa poción iluminada por un buen rayo de luna y en esa precisa hora se convierte en mágica, resurge aún más brillosa y le agrandan las ganas no solo por los dulces frutos, sino porque aquel que le dijo que no, saliera de entre la higuera, le trajera a probar los higos y la acompañara a bañarse ahí, en lo azul de la pila de agua.

Escrito por… Amparo Amezquita

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