Cuando muere una lengua – un poema de Miguel León-Portilla en Español y Nahuatl

El filósofo, historiador y académico por excelencia mexicano, experto reconocido en materia del pensamiento y la literatura de la cultura náhuatl, fallecería el pasado primero de octubre del 2019 en la Ciudad de México a sus 93 años.

Desde 1988, se desempeñó como investigador emérito de la Universidad Nacional Autónoma de México, recibió la Medalla Belisario Domínguez en 1995, y desde el 23 de marzo de 1971 fue miembro del Colegio Nacional, institución para cuyo ingreso presentó la ponencia La historia y los historiadores en el México antiguo. Su obra más famosa, la visión de los vencidos, ha sido editada veintinueve veces y traducida a una docena de idiomas. Logró reconocimiento a través de la traducción, interpretación y publicación de varias recopilaciones de obras en náhuatl. Encabezó un movimiento para entender y revaluar la literatura náhuatl, no solo de la era precolombina, sino también la actual, ya que el náhuatl sigue siendo la lengua materna de 1,5 millones de personas.

A propósito de su extenso trabajo como promotor de las lenguas indígenas, aquí el poema en Español y Nahuatl más reconocido de su autoría:

En homenaje a Carlos Montemayor

Cuando muere una lengua
las cosas divinas,
estrellas, sol y luna;
las cosas humanas,
pensar y sentir,
no se reflejan ya
en ese espejo.

Cuando muere una lengua
todo lo que hay en el mundo,
mares y ríos,
animales y plantas,
ni se piensan, ni pronuncian
con atisbos y sonidos
que no existen ya.

Cuando muere una lengua
entonces se cierra
a todos los pueblos del mundo
una ventana, una puerta,
un asomarse
de modo distinto
a cuanto es ser y vida en la tierra.

Cuando muere una lengua,
sus palabras de amor,
entonación de dolor y querencia,
tal vez viejos cantos,
relatos, discursos, plegarias,
nadie, cual fueron,
alcanzará a repetir.

Cuando muere una lengua,
ya muchas han muerto
y muchas pueden morir.
Espejos para siempre quebrados,
sombra de voces
para siempre acalladas:
la humanidad se empobrece.


Ihcuac thalhtolli ye miqui

Ihcuac tlahtolli ye miqui
mochi in teoyotl,
cicitlaltin, tonatiuh ihuan metztli;
mochi in tlacayotl,
neyolnonotzaliztli ihuan huelicamatiliztli,
ayocmo neci
inon tezcapan.

Ihcuac tlahtolli ye miqui,
mochi tlamantli in cemanahuac,
teoatl, atoyatl,
yolcame, cuauhtin ihuan xihuitl
ayocmo nemililoh, ayocmo tenehualoh,
tlachializtica ihuan caquiliztica
ayocmo nemih.

Inhuac tlahtolli ye miqui,
cemihcac motzacuah
nohuian altepepan
in tlanexillotl, in quixohuayan.
In ye tlamahuizolo
occetica
in mochi mani ihuan yoli in tlalticpac.

Ihcuac tlahtolli ye miqui,
itlazohticatlahtol,
imehualizeltemiliztli ihuan tetlazotlaliztli,
ahzo huehueh cuicatl,
ahnozo tlahtolli, tlatlauhtiliztli,
amaca, in yuh ocatcah,
hueliz occepa quintenquixtiz.

Ihcuac tlahtolli ye miqui,
occequintin ye omiqueh
ihuan miec huel miquizqueh.
Tezcatl maniz puztecqui,
netzatzililiztli icehuallo
cemihcac necahualoh:
totlacayo motolinia.

……..

Cuando una lengua muere

poemas-en-náhuatl

Un poema para Frida Kahlo, por Raúl Sánchez – Traducción Poética

Incarnated

After Frida Kahlo

 

Incarnated with rose petal lips

earth colored skin

eyes like midnight moons

flowers on her hair

like a star queen brilliant

shimmering

yellow aquamarine

emerging from earth

a fountain of hope

life, color, heat

art from eye to eye unbound

from eyebrow to eyebrow

born and created into the universe

among corn plants, husks

grown from the ground, our earth

brown as the color of her skin


 

Encarnada   

Para Frida Kahlo

 

Encarnada con labios de rosa

piel de la tierra

ojos de luna nocturna

flores en su cabello

como una reina estrella

deslumbrante

aguamarina amarilla

emergiendo de la tierra

como una fuente de aliento,

de vida, de calor, color

arte de ojo a ojo

de ceja a ceja y después

al universo nacida y creada

entre mazorcas y el maíz,

crecida de la tierra

morena como el color de su piel

 

Por Raúl Sanchez 

 

07Kahlo pintando las dos Fridas Coyoacan 1939 (Copiar)

Los festejos de vida y muerte.


A propósito del Día de Muertos, aquí un artículo sobre la festividad mexicana celebrada en Seattle, publicado en mi columna Ciudad de Todos a través del periódico local La Raza del Noreste: http://www.larazanw.com/noticias/festejos-de-vida-y-muerte/


Por Enmanuel R. Arjona – Ciudad de Todos

Dicen los que saben que en México la muerte es contradictoria, se festeja y se sufre. Como única también es en colores, sincretismos y precolombinas costumbres fuertemente enraizadas a la memoria colectiva de los mexicanos. Dicen, según las migrantes lenguas, que los muertos no tienen pasaporte, y que no lo necesitan cuando las mismas fronteras se diluyen ante las memorias de quienes los recuerdan. De ahí que las almas de nuestros fieles difuntos se manifiesten hasta en Seattle. ¡Bienvenidos sean!

En los últimos años, una festividad tradicionalmente mexicana y con profundo arraigo se manifiesta contundente en el mundo —principalmente en los Estados Unidos— como muestra inexcusable de la riqueza cultural y social latinoamericana, que a la postre, dignifica la imagen de una comunidad migrante fuertemente denostada. El Día de Muertos representa una ventana al país de origen de millones de hispanohablantes y latinos que día con día luchan por adaptarse a un sistema de vida diferente, sin olvidar la principal esencia de lo que podríamos llamar mexicanidad. 

Desde Everett hasta Lynwood y teniendo a Seattle como epicentro, autoridades, organizaciones y miembros de diversas comunidades trabajan en conjunto para recrear una festividad con amplio sentido de comunidad. “Compartir” es un verbo que nos invita a la reflexión de nuestro pasado y presente. Compartimos nuestra historia y somos hijos de ella, compartimos nuestra cultura y se nos valora por ello, se comparten las memorias en sentida remembranza de los que ya no están con los que aún quedamos. La muerte es en si misma el espectro a compartir por todos; ricos y pobres, poderosos, famosos o mendigos, el inframundo nos espera en iguales circunstancias. Más allá de lo estimulante que puede ser representar en una festividad el convivio entre vivos y muertos, traspasando todo razonamiento lógico, Día de Muertos recrea necesidades muy humanas —como el perdón, la nostalgia, el amor o el dolor— a través de la mística visión ancestral del más allá. 

Aunque el surrealismo que lo rodea es cosa del más acá, y el Día de Muertos no escapó a la sincretización imperante en los tiempos virreinales. De ahí que los evangelizadores españoles vieran oportuno el mezclar celebraciones nativas (Miccailhuitontli y Huey Miccaihuitl, por mencionar algunas) con el Día de todos los Santos, festividad de la liturgia católica que coincidía en tiempos con la prehispánica. El desenlace ya lo sabemos, y como los propios mexicanos, el Día de Muertos surge como una explosión mestiza de color, música, gastronomía y practicas diversas que van desde lo religioso a la expresividad folklórica.

En Seattle seremos pocos, pero ruidosos. Y nos encanta celebrar nuestra cultura por todo lo alto estemos donde estemos. No es extraño encontrarnos con multitudinarias representaciones a lo largo y ancho del estado. Y en Seattle, por ejemplo, asistimos curiosos y expectantes a por lo menos dos de ellas; La primera en Museo de Arte de Seattle (SAM) a cargo del artista local Fulgencio Lazo y la segunda en el Seattle Center coordinada por Edgardo Galicia, junto a una mesa directiva que el mismo preside.

Fiel a la idea central de la muerte como acto de trascendencia, la festividad también trasciende fusionándose en un conjunto de manifestaciones artísticas como la Danza, el Arte y la Música, rompiendo lo inmaculado del entorno museístico que lo aloja. El maestro Lazo nos propone —en Día de Muertos: Free Community Night Out at SAM— una visión contemporánea, alejada de convencionalismos pero respetando la esencia mística de su origen. Como buen oaxaqueño, Lazo nos estimula visualmente a través de un imponente tapete tradicional, similar a muchos otros que el artista realiza en distintos puntos. La gente lo rodea y se pregunta, cómo colores tan vivos pueden formar parte de un ritual mortuorio. El Altar de Muertos corona la exhibición para deleite de los curiosos, que aprenden lo significativo de ofrendar en sentido acto de conmemoración y de querencia.

Sin embargo, el artista también nos advierte, a consecuencia de la inusitada demanda de la festividad mexicana como producto de mercadotecnia y mera celebración lúdica. Día de Muertos no es una fiesta como tal, y es responsabilidad de la comunidad intentar defender su real significado para frenar lo que a nuestros ojos —y gracias a su masiva exhibición en los medios— ya parece irreversible; Día de Muertos convertido en un Holiday más. Un frente de lucha adicional para la cultura mexicana, o tal vez, un pretexto de unificación social de una comunidad que muchas veces pregona “unidad” como eslogan más allá de la práctica.

Pero la fiesta continua; y el Seattle Center Armony se viste de colorida gala para recibir a residentes, turistas, curiosos y los invitados más importantes… las ánimas. En el Día de Muertos Festival Seattle 2019 un desfile de altares en fiel representación nos enseña que no es lo mismo morirse en Michoacan que en Oaxaca, y que mientras unos se van derechito al Xibalba, otros se dirigen ansiosos al Mictlán. La música y los bailes no pueden faltar, y diversos grupos nos zapatean los oídos al son que se toque. Las mujeres faldean en orgullosa estampa, niños por aquí y por allá, caras pintadas por doquier y un catrín en traje de charro nos hace voltear sorprendidos. Los músicos esta prestos y la gente quiere fiesta. La comida está servida ¡llévese su Pan de Muerto! y la vendimia nos recuerda que somos gente de mercado, que nos gusta tantear la fruta y probarnos la blusa finamente bordada ¡se nos ve re chula! —pensamos. La gente pasa y pasa y las ánimas entre nosotros, sin darnos cuenta, nos susurran que más pronto que nunca estaremos con ellos. Pero ¡que no cunda el pánico, señores! porque la muerte mexicana no es muerte sino vida después del plano terrenal… transcendencia.

El comité organizador del festival se muestra atento y orgulloso de un “trabajo comunitario para la comunidad”, sin mayor pretensión que la de compartir una parte de lo que somos, fuimos y buscamos seguir siendo. Día de Muertos en Seattle Center se ha convertido en si misma una tradición propia de la ciudad, y nos recuerda que somos parte de ella, de su riqueza, diversidad y crecimiento. No hay Seattle sin latinos y los latinos debemos asumirnos orgullosos ciudadanos de esta ciudad de diversidades, modernidad y verdes paisajes. Nuestras vidas jamás volverán a ser como en nuestra tierra, pero la muerte sabia nos recuerda en estas fechas, precisamente, que al migrar trascendemos inevitablemente.

Y así concluimos generosos de convivencia un año más de celebrar la vida, nuestro paso por ella y sin miedo al destino que nos aguarda. Pero felices de constatar que, a pesar de la distancia, nuestras raíces se manifiestan ricas como en su origen. Esperemos ansiosos seguir visitando año tras año eventos como estos, para volverlos tradición de nuestra ciudad, en la intimidad de nuestras casas, tradiciones para todos.

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Nota: Un especial agradecimiento al artista Fulgencio Lazo por su colaboración en el desarrollo de este texto.

Espejos… micro historias de racismo

—Con la señora de la casa, por favor.

—Yo soy la señora de la casa.

Fue la risueña pero contundente respuesta de una mujer —a mis ojos— de aspecto humilde y que no correspondía como la propietaria de la “residencia” a la que yo acudía. A mis 17 años laboraba como animador en un show infantil y de los clientes que nos contrataban no conocíamos más que sus voces, hasta el momento de realizarse el evento, claro está. Fue así como conocí a la señora Pasos, empresaria exportadora de carnes que habría hecho fortuna junto a su esposo a partir de una pequeña carnicería. Grande mi sorpresa y penosa lección la que tuve que tragarme frente a la señora empresaria, quien respondió con una sonrisa y la más digna bienvenida a su bellísimo hogar. Asumir es probablemente el primer paso en un acto racista (consciente o inconsciente), todos asumimos a primera vista y nuestra interacción a posteriori deriva de esa primera impresión. ¿Pero de dónde surgirán nuestros preconcebidos estereotipos, imaginarios de lo que desconocemos pero creemos distinguir?

Distinta fue la experiencia con otra cliente de abolengo yucateco, quien nos sugirió pedirle a los personajes (botargas) no interactuar con las muchachas (nanas)… “Pensarán mis hijos que pueden jugar con la gente de servicio”, advirtió. Resultan interesantes las variopintas creencias, prejuicios, inseguridades, costumbres ¿y por qué no? incluso miedos con las que tenemos que lidiar día con día. Las de los que nos rodean y las propias, una amalgama de enseñanzas, experiencias, recuerdos, imposiciones, educación y, por supuesto, los medios de comunicación que a diario utilizamos. Hoy más que nunca resultamos ser un cocktail de la más sofisticada mixología psicosocial para pesar de los psiquiatras.

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Controversial fotografía de una acaudalada familia colombiana para la revista Hola

Y es que todo se complica cuando no sólo cargamos con nuestros prejuicios, sino con los de nuestros padres, familia, amigos, vecinos, redes sociales y vaya usted a saber de quien más. Que si los prietos, que si los güeros, los nacos, los fresas, gordos y feos; apelativos sobran y se filtran como el agua sobre la tierra blanda —y para colmo fértil— hasta formar parte de nuestra idiosincracia, que a la palestra, pueden ser términos ampliamente discutidos pero con innegable conexión cultural y profundo arraigo en el vocabulario, vaya, parte ya de nuestro subconsciente. La industria de los términos peyorativos crece hasta volverse incluso marcas, peor aún, ideologías… los chairos contra los fifís (en México) resultó la maquina de división ideológica perfecta para una campaña electoral que culminó en una presidencia sobre un país acentuadamente dividido.

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La serie Made In México (Netflix) buscaba retratar la clase alta mexicana

Whitexicans: Término (compuesto por dos neologismos anglosajones “white” y “mexicans“) utilizado de forma humorística y sarcástica para definir a los miembros de la élite blanca mexicana, que generalmente muestran orgullo por lo mexicano en el extranjero pero adoptan actitudes clasistas y racistas dentro de su país.

Tengo que confesar que crecí usando casi todos los términos aquí mencionados, incluso realmente creyéndome el dogma de las diferencias sociales como ejemplo de vida y en consecuencia, un nido de aspiraciones y expectativas ajenas que en su mayoría no corresponden a una realidad tangible. Un espejo empañado por lo espeso de un vapor ficticio que nos impide ver nuestro real rostro, su color, la mezcla de nuestros rasgos mostrándonos la alquimia de nuestras múltiples herencias étnicas y el inmenso árbol genealógico que nos antecede, que a su vez, enriquece nuestro mapa genético. Las ideas preconcebidas vienen y van, pero una imagen nítida frente al espejo —nuestro ADN— se impone ante los convencionalismos sociales contándonos la larga historia de nuestra piel, su recorrido por todos los continentes y lo profundo de sus raíces. No se puede huir de la certeza científica, son más nuestras coincidencias que lo que visualmente pueda diferenciarnos (rasgos fenotípicos); nos guste o no, somos hijos de un mismo ramal. Y precisamente, al no existir “las razas humanas” en la realidad biológica, el “racismo” solo se justifica en el mundo como una compleja construcción histórica-social; una especie de código estructural para el entendimiento de las civilizaciones y nuestro lugar en ellas.

Pero volvamos al principio, el mío: “Ya llegaron los catrines” decía mi abuela adoptiva cuando mi hermano y yo llegábamos a su casa —¿racismo a la inversa?—. Más allá de la sangre, nunca aceptó la diferencia entre nosotros y sus nietos biológicos, de rasgos marcadamente indígenas y modales diferentes. Jamás logré encajar del todo con mi “otra familia”, pero yo siendo apenas un niño no entendía mucho de distingos. Era complicado entender como pase de ser el morenito del colegio privado, a el clarito en la escuela pública. Al final, crecí creyéndome atrapado en una especie de limbo, ni de aquí ni de allá. La tez de mi piel resulta ambigua a los ojos de muchos; demasiado claro para ser moreno y demasiado moreno para ser blanco. Recuerdo incluso desesperarme al llenar formularios porque no sentía encajar con el término “moreno”, cuando yo —según los demás— era “moreno claro”, y el segundo adjetivo por alguna razón era importante.

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En México, según el INEGI, la tez de la piel influye de forma sustancial en la vida de cada uno de sus ciudadanos, desde las relaciones personales hasta la vida laboral. La discriminación —directa o disimulada— es una constante en un país que evita hablar del racismo como problema central. Pero los datos son duros y arrojan certeza sobre la mesa, México es un país profundamente racista y le cuesta muy caro. La movilidad social en las últimas décadas está prácticamente estancada y los resultados de las estadísticas explican la compleja realidad para una población mayoritariamente mestiza e indígena. Cosa sería, si agregamos la multiplicidad de aspectos objeto de discriminación; que van desde el color, el acento, la lengua, la apariencia, el físico, la religión, la identidad sexual, el nivel socio-económico y la educación, ésta última casi siempre consecuencia directa de las anteriores. Las probabilidades de ascenso económico-social para una persona de aspecto indígena son nimias, pero a los mexicanos —por indiferencia o mea culpa— nos encanta hablar de lo mexicano como un espectro homogéneo de igualdad racial, invalidando en nuestro imaginario la raigambre del racismo en nuestra cultura general. Ni la mexicana es una cultura homogénea ni somos una nación mestiza; argumento que bien pudo ayudar a la construcción de una identidad en tiempos post-revolucionarios (La raza cósmica, Vasconcelos) pero obsoleto en una actualidad enfrentada a problemáticas propias del desarrollo y sus variadas ideologías. De ahí que se recupere el racismo y la discriminación como tema de debate en últimas fechas, pero sin claros compromisos en la agenda gubernamental, interesada más en retóricas divisorias como generadoras de votos. Tampoco los culpo, resulta una estrategia fácil y obvia (y ampliamente repetida en la América Latina) ante una población socialmente resentida. Argumentos como el de la pigmentocrácia reducen considerablemente la complejidad del tema y sus dimensiones en la sociedad. El racismo como tal puede ser el factor primigenio de discriminación en México, pero su evolución a lo largo de nuestra historia como nación independiente multiplica sus alcances y sus componentes.

“La herramienta más importante en las manos del opresor es la mente del oprimido”… Steve Biko 

En su ciudad natal a mi madre le apodaban “la gringa”, siendo ella güera y de ojos claros aunque siempre vestida a la usanza de las niñas tehuanas; de trenzas, guaraches y largas naguas. En su adolescencia la terminaron casando con un joven de familia, de costumbres distintas y que con frecuencia la denostaba por ser —en su machista apreciación— una mujer ignorante y hasta por haber sido criada por una indiapero dicen por ahí que “más rápido cae un hablador que un cojo”, o como dice mi madrecita santa, “nunca escupas para arriba que en la cara te puede caer“. Al correr de los años y como un capítulo más de la mitología homérica, mi padre terminó casándose en segundas nupcias con una mujer de ascendencia indígena y que además era doméstica en la casa de su madre. ¿Ironía de la vida? puede ser ¿comprobación de las leyes kármicas? lo ignoro, pero misteriosos son los caminos del señor diría mi muy católica y espantada abuela.

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La imagen de Yalitza Aparicio (Vogue) puso en relieve el interiorizado racismo mexicano

¡Maldita india! le grité con el mayor de los corajes a Felipa, la muchacha de servicio de mi casa que me respondió con una bofetada cuando me negué a ayudarle lavar el baño. Aún desconozco de donde sacaría yo tal frase, no era mía, no podía serlo habiendo yo crecido en el seno de una familia diversa. De ahí lo peligroso del racismo, se esconde en nuestro interior como un virus silencioso sin que podamos darnos cuenta, que nos cuesta reconocer pero que habita en cada uno de nosotros, invariablemente. Por ello de racismo historias nos sobran. Crecimos siendo racistas y siendo sus propias víctimas, nadie escapa, desde el más rubio hasta el más oscuro. Aún hoy me descubro siéndolo y acepto ese rasgo como parte de mi, lo reconozco; tengo que hacerlo y por ello intento describirlo con ejemplos personales. Ayer hablaba pestes de los migrantes mexicanos que toleraban la constante discriminación como forma de vida a cambio de un ilusorio american dream, pero ¿que creen? ahora yo soy uno de ellos, parte de una estadística y de una lucha que no comprendía en la comodidad de mi país natal. De nuevo, el karma es cabrón y me ha tocado tragarme el orgullo atendiendo gringos que se burlan de mi acento, por ejemplo. Así las cosas.

—Creo que se burlaban de ustedes.

—¿De nosotros? ¿Por qué?

—Decían que seguro están buscando una Green Card.

Y en un bar Gay de Seattle… ¡de ese tamaño! dos hombres blancos homosexuales en la ciudad paradigma del progresismo (como mentarle la madre al cura en plena misa, pues) se burlaban de nuestro origen, ¿el pecado? hablar español. Resulta hasta cómico tomando en cuenta que el amigo que me acompañaba es ciudadano americano de tercera generación. Pero eso a los prejuicios poco le importa, la meta es crear una diferencia, marcar la sana distancia donde uno pueda dirigirse al otro desde la altura de un pedestal (ya sea moral o social) con el falso orgullo que brinda la certeza de que jamás serán iguales. ¡Y jamás lo seremos! es un hecho, pero nuestras diferencias no implican en ningún caso una desigualdad. Reconocer nuestras diferencias genera suspicacias cuando se sobreponen valores agregados. El nacer blanco, rico, pobre, con un aspecto o capacidad especifica es circunstancial y no debería determinar —en el más utópico de mis delirios— un valor factorial frente a otros individuos. Aunque las circunstancias sociales nos dicten otra realidad.

Aporofobia (rechazo a la pobreza) es el termino que acuña Adela Cortina, catedrática emérita de ética y filosofía política de la universidad de Valencia, quien nos explica el matiz que marca la diferencia en trato que se brinda a los migrantes, donde el extranjero turista es bienvenido mientras se discrimina de forma negativa al resto; ¿la causa del rechazo? la pobreza.

—¿De dónde eres?

—De Cancún

—¡Que padre! yo soy de Merida

—¿¡En serio!? ¿Cómo te llamas?

—Angel ¿y tú?

—¿Angel, qué? yo soy Enmanuel Arjona, mucho gusto

—Gonzalez, Angel Gonzalez.

Y así nos presentamos mi compañero de trabajo (supervisor) y yo, tan casual como intrascendente a no ser por un detalle, o dos: semanas después descubrí, a través de una lista de asistencia el nombre completo de mi supervisor, que por alguna razón me habría ocultado su primer apellido, ¿la razón? un apellido maya. ¿Pero por qué ocultarle a un subordinado y en un país extranjero, además, la procedencia de uno? Resultaría ilógico si no fuese por que él sabía que yo sabía las connotaciones sociales de los apellidos mayas en la península yucateca. Capítulo aparte en la historia mexicana y con una “guerra de castas” de por medio. Puedo entender incluso su omisión; para mi era común ver niños avergonzarse de sus apellidos en mi infancia y común era también burlarnos de su pronunciación. Empero, existe otro detalle; mi insistencia en saber precisamente su apellido, costumbre muy arraigada (y fea) de saber, primero el origen racial, y después el social. De donde vengo los apellidos son asunto de importancia y pueden determinar completamente el ascenso (o caída) de un individuo. A diferencia del resto de México, términos como”mestizo” marcan una profunda connotación indígena, usualmente usada de forma condescendiente, mientras el termino “criollo” (si, aún se usa) de origen colonial se utiliza para marcar la europea procedencia, y con ello probablemente la “clase social” —nada medieval el asunto—. Todo esto me resultaría cómico de no ser porque son experiencias personales, donde mis prejuicios y los de los que me rodean han moldeado parte de mi personalidad, para bien o para mal, el racismo forma parte de mi cotidianidad.

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“Es un estilo de vida, una conciencia de clase”, dice en una entrevista Guadalupe Loeza, autora de Las Niñas Bien. A mi parecer, una pequeña verdad envuelta en una gran falacia; se puede tener un estilo de vida, arraigadas costumbres y modales definidos pero ¿no es la conciencia de clase el pedestal que recrea una artificial desigualdad? “Con la clase se nace” suelen justificarse algunos, “aunque la mona se vista de seda, mona se queda” dicen los más atrevidos, pero no hay dicho ni frase —o no la he escuchado aún— que tire al piso la superflua necesidad de separarnos en tan básicos estereotipos, nuestro ingenio no parece llegar a tanto.

En la actualidad, radicar en los Estados Unidos como un inmigrante hispanoamaericano implica enfrentarte constantemente a los fantasmas sociales de los que muchas veces huimos en nuestro país de origen. Pueden cambiar las formas pero el trasfondo racial-cultural continua en nuestras diarias interacciones. En primera instancia, el estatus legal es el factor más influyente, aunque no determinante. El acento (lo “correcto” de nuestro español), la vestimenta (apariencia en general) y hasta el neighborhood en que habitamos es materia relevante para nuestro nuevo retrato social. No es lo mismo vivir en zona de “blancos” que en zona de “latinos”, y de “negros” ni hablamos. Como tampoco es lo mismo para una mujer latina estar casada con un gringo, que con un europeo o —¡que tragedia!— con un latino. De ahí la persistencia de costumbres arcaicas en el “país de las libertades”, por ejemplo; utilizar el apellido de casada (solo en caso de ser extranjero, obviously) que para muchas mujeres (hombres inclusive) resulta vital.

En conclusión; resulta imperativo darle al Racismo la merecida importancia, no solo como objeto de estudio antropológico, sino como un factor determinante en nuestras vidas, desde que nacemos hasta el final de nuestros días. De ello depende nuestro ascenso social y económico como individuos y naciones, donde las retóricas modernas preconfiguran un futuro diverso y multicultural. Latinoamerica debe asumir su origen étnico-cultural junto a su convulsionado pasado. La riqueza americana estriba en la diversidad de sus habitantes, sus lenguas, culturas y cosmovisiones. Hablar de la América indígena o la europea por separado resulta ambiguo cuando somos resultado de ambas y precisamente en la reconciliación de ambas visiones se podría manifestar nuestro porvenir.

Hasta aquí está columna y…

#GreetingsFromSeattle

 

 

Los colores de Fulgencio

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Les comparto el último artículo de mi columna Ciudad de Todos a través de la revista local La Raza NW, en Seattle, sobre el multifacético artista Fulgencio Lazo, a quien agradezco enormemente su tiempo, honestidad, paciencia y sabiduría. Un texto derivado de una charla interminable sobre arte y la cultura que lo antecede… http://www.larazanw.com/noticias/los-colores-de-fulgencio/


Por Enmanuel R. Arjona – Ciudad de Todos

Manan inhóspitos los azules e intensos los naranjas y rosas complementan un fondo surrealista; salpican los grises, un rojo fluye incandescente y una linea oscura se curva desafiante traspasando la frontera de nuestra imaginación. Emergen entonces infantiles rostros contando cromáticas historias a través de un lienzo que parece inacabable. Polifonía de tonos y abstractas referencias se sobreponen como frutas en los mercados; el artista juega con nuestra conciencia, nos estimula y nos recuerda que también fuimos niños brincando charcos, volando papalotes y viviendo la inocencia de quienes se saben felices a pesar de todo.

El arte de Fulgencio Lazo es una constante retrospectiva de su pasado, pero a su vez, de una herencia cultural y ancestral que perdura inmóvil en el tiempo, donde la danza y la música interpretan el espíritu, la fuerza vital y alegría de todo un pueblo. Las memorias que sus pinceladas expresan en cada una de sus obras reflejan la idiosincracia latente de sus raíces, representadas en iconográficos elementos entrelazados por lineas y figuras asimétricas. Así, cada una de sus creaciones fluye en movimiento donde niños juegan dentro de un espacio/tiempo aventuras en color e imágenes oníricas. Sin necesidad de la retórica, los elementos pictóricos parecen explicar en acrobacias y malabares la compleja diversidad de emociones que las subyacen. Poco a poco, la óptica abre paso a la observancia de dichos elementos y la teatral amalgama de colores cobra un significativo sentido, o muchos, para después inquietarnos con el acertijo de su composición. La aparente incoherencia de su trazo nos engaña y pareciera someter  preconcebidas ideas al juicio de nuestra apreciación artística. El artista lo sabe y un travieso niño —llamado Fulgencio— sonríe.

Los danzantes, los trompos, los barcos y el propio mar se interpretan en la mente de Lazo más allá de lo figurativo. Los migrantes caminan dolorosas jornadas a través de su lienzo, recordándonos que las fronteras existen y que el dolor también se viste de intensos colores. Pero nuestro pintor y escultor no cesa en sus pretensiones, quiere decirnos algo, su intención nos hace cuestionar nuestro conocimiento del arte y su importancia en la visión contemporánea del mundo. Nos invita a debatir —a través de la vista— nuestra propia humanidad y sus alcances en la actualidad, las limitaciones sociales que nos separan y un extraviado anhelo de justicia sobre cualquier interés mundano, de paz, por sobre todas las cosas. El dialogo visual con la obra de Lazo resulta estimulante y nos recrea nuevas perspectivas: de repente, de un parpadeo a otro nos encontramos dentro del lienzo y somos parte del cuadro mismo, tal vez un vendedor de fruta, una bordadora, un músico, una niña saltando y otro jugando en su triciclo, quizás un amarillo destello en flor sobre un valle de girasoles, y descubrimos excitados dentro de esa posición privilegiada, la belleza del mundo.

“Aprende las reglas como un profesional, para que puedas romperlas como un artista”

                                                                                                            — Pablo Picasso

En su permanente estudio en el 1614 de la calle Jackson (Casa Latina) de la ciudad de Seattle, el maestro Lazo nos da cátedra en el empleo de los elementos tras sus tres décadas de esfuerzo, constancia y experiencia. Sus primeros estudios en la Escuela de Bellas Artes en la Universidad de Oaxaca bajo las enseñanzas de Shinzaburo Takeda son visibles en todas sus facetas, como la inevitable influencia de los grandes maestros oaxaqueños Rufino Tamayo y Francisco Toledo. Pero un joven Fulgencio necesitaba otras referencias y las encontró en los museos y galerías de Europa. Desde el surrealista trazo de Miró, la lírica abstracción de Kandinski hasta el moderno romanticismo de Chagall, pasando todos por el constante uso del color como metáfora de vida y símbolo de expresión creativa. Sus lineas divergentes entre formas figurativas hasta una vastedad de conceptos, influyeron en el trazo de nuestro entonces joven artista más allá de lo imaginable. Hoy nos encontramos con un pintor alejado de los tópicos latinos —independientemente de su origen o bagaje cultural— y enfrentando a la retórica del estereotipo mexicano que nos sumerge —como migrantes— a una muy generalizada e ignorante visión sobre nuestras múltiples identidades. ¡Somos más que nopales! sentencia Fulgencio, bajo la óptica de un verdadero artista que se ha trazado un camino en el arte, por amor al arte.

“El objetivo del arte no es representar la apariencia externa de las cosas, sino su significado interior”

                                                                                                                                   — Aristóteles

Por ello, la teatralidad en la composición de las obras de Fulgencio no es cosa del azar. Su intención es clara y refleja la ironía de nuestros tiempos, la ambigüedad de una sociedad confundida en sus metas y enfrentada en sus propios intereses. Pero el trazo de Lazo viaja incluso más lejos; nos comparte un camino, una sueño, una esperanza, todo a través de su propio sentido de convivencia. Hay opciones —nos dice— existen otros métodos, otras formas de entendernos como cohabitantes de un planeta que no nos pertenece. La necedad del hombre moderno interfiere con la concepción humanística del mundo, si, pero si permitimos que el arte nos represente y nos eduque, si dejamos permear la sensibilidad artística en nuestra intención motora de existencia, entonces habremos ganado algo, o por lo menos, avanzado como sociedad y destino. De ahí que las culturas sean la base fundamental en nuestro quehacer artístico, más allá de un conjunto de normas y reglas de convivencia, la cosmovisión de los pueblos se compone de arte en sus más puras representaciones. Son los cantos y los sones, los bordados, las artesanías, las ferias y su entramado popular de historias convergiendo en un mismo espacio comunitario, el crisol de experiencias que resguarda el primigenio impulso de las artes como tal. Se convida el frijol y la tortilla, se comparte el trabajo, la siembra y la cosecha, se traspasa el conocimiento de padres a hijos y de ancianos a jóvenes, generación tras generación evolucionan las costumbres, el color se fundamenta, movimientos corporales se integran al balance de los instrumentos musicales, la creatividad surge espontánea, prodigiosa y un par de manos intenta recrear todo lo que sucede alrededor, lo que siente y le inspira… ¡un artista ha nacido!

Un niño persigue una cometa en la sierra alta de Oaxaca, y observa el cielo —cual inmenso lienzo— teñirse de un rosáceo luminoso, sabe que Doña María lo espera en casa y corre en competencia con sus hermanos y la tarde a cuestas. La calle luce los colores de la mixteca donde las mujeres no reparan en añeja sabiduría para sus trajes y los ancianos cuentan cuentos a través de sus manos tejedoras; morados los sonidos, verdes los olores, nuestro niño ve y siente colores allá donde va, los atrapa como a las mariposas en su mente de pequeño artista y juega con ellos en su imaginación despierto. Entonces voltea ¡oh, sorpresa! y a lo lejos ve cruzar pintorescos personajes sobre bestias de cuatro patas, nuestro pequeño sonríe contento… el circo ha llegado a la ciudad.

El tercer piso

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¡Rico, poderoso y hacendado! eso decía yo que seria después de los treintas, que aprendería a tocar el piano como Chopin jamas soñó, que hablaría cinco idiomas, dos dialectos ¿y por qué no? una lengua muerta como el latín, una licenciatura (en universidad privada “of course”), una maestría en el extranjero y estudiando un doctorado. Y muy rico —¿lo mencione antes?—; cuando se es adolescente el tema monetario es prioritario, como lo es la acumulación misma en sus más superficiales variantes; viajes a los cinco continentes, un curso de fotografía, diseño o cualquier arte superfluo —pero “cool“— en Nueva York, ropa innecesariamente cara como símbolo del adquirido estatus, por lo menos una experiencia empresarial y otra más “espiritual” como seis meses en la India. Aún recuerdo en mis dieciocho primaveras soñar con vivir en cualquiera de los pisos más altos de las recién estrenadas torres Bay View Grand en mi natal Cancún. A mis veintiuno renové mi sueño por un discreto piso ocho en Residencial Las Olas, dos veces mas caro y con mejor vista (ni se preocupen que el dinero en los sueños sobra). Los sueños lucidos son como la cafeína, adictivos y a veces pareciera que los pudieras tocar/saborear. Ya para mis veintitrés el sueño se había tornado pesadilla y la vida, los astros, el cosmos, las estrellas y todo el conspirante universo me dejaron saber que ¡sorpresa! los sueños distan mucho de la realidad, que para llegar a ellos hay que escalar continuamente sobre cumbres con pendientes movedizas y sin garantía de éxito.

Hoy, postrado sobre este pedestal algo agrietado y descolorido, pero sólido —quiero pensar— al que llamo “tercer piso” (¡mis treintas, pues!) no puedo dejar de preguntarme ¿en verdad era tan estúpido? ¿en qué estaba pensando? Bueno, tampoco es para tanto, si entendemos que las aspiraciones son parte fundamental de nuestra evolución personal. Nos hablan directamente de lo que somos, porque en lo que muchas veces aspiramos se esconden también nuestros complejos, miedos, prejuicios e inseguridades. Entonces llega el día en que un ente iluminado y divino —en forma de espumoso expreso, quizás— pareciera trastocar nuestro juicio y nos detenemos, de repente, a preguntarnos los motivos de nuestras aspiraciones y si estas corresponden a nuestra realidad, nuestros alcances y más importante… nuestras pasiones.

¿Cuál es el motivo de la vida? ¡vale! si todos los filósofos europeos de los Siglos XIX y XX no dieron con la respuesta, es un hecho que yo tampoco lo haré: concentrémonos pues en los detalles… ¿Qué nos motiva, apasiona? esa pregunta está más fácil —bueno, no tanto— pero resulta interesante que a partir de ella podemos deshilvanar poco a poco nuestros reales intereses. En mi caso, mis intereses partían de una imagen mental y ficticia colgada en alguna pared donde se podrían ver todos mis éxitos desde la expresión de mi rostro y postura de mi cuerpo sentado sobre un elegante sillón en forma de trono. Es una idea fantasiosa de lo que —en extrema ironía— resulta también una fantasía. Pero por qué a una fantasía le daríamos tanto poder sobre nuestra vida y las acciones que realizamos, aun cuando nuestra realidad pueda contrastar de forma chocante, abismal. De donde surgiría la motivación/aspiración por ser/obtener lo que  desconocemos. Volviendo a mi caso, me resulta curioso como hechos que yo consideraba poco importantes son imprescindibles como piezas de un rompecabezas en construcción. La eterna búsqueda de éxito de mi padre parece engranar perfectamente, su suicidio también. La muñeca con la que nunca pude jugar en público de niño, la ocasión en que no pude terminar mi discurso en el concurso de oratoria y frente a todos, terminar abruptamente pidiendo “perdón”. Incluso hechos recientes como “un grupo de americanos riéndose de mi acento” pueden dejar marcas de notable influencia en nuestras conciencias, dirigir nuestras aspiraciones y con ello, nuestras acciones. De ahí que reconozca como fundamental el examen constante de nuestros sueños, un examen a menudo frustrante —del que todos huimos— pero necesario en nuestra etapa adulta y ¿madura? Solo así he logrado encontrar la forma de transformar mis intereses, ciertas conductas y la manera en como me relaciono con mi entorno. De repente las marcas de ropa resultan frivolidades, los motivos de los viajes cambian, te olvidas de buscar amistades con apariencia perfecta, después te olvidas de ser tu la persona “perfecta” que todo mundo “quieres” que quiera, la autocrítica como método valorativo se impone necesario, la ansiada fama pasa a ser la menor de tus preocupaciones y con ello, también la necesidad constante de agradar al prójimo. ¿Y la pasión? la pasión por todo aquello por lo que estás dispuesto a entregarte se vuelven el centro de todo. Más allá de los logros, es el minucioso y gratificante proceso de creación lo que alimenta nuestro nuevo “yo”.

Del lujoso apartamento en Cancún, nada. No digo que no lo quiera, pero ya no lo necesito, tampoco reafirmar mi estatus más allá de lo que es realmente importante reafirmar, mi libertad. De las experiencias ni hablamos, son como perlas y las atesoro invaluables en mi memoria, buenas, malas, dolorosas, placenteras, humillantes, no importa; todas dan, todas generan y de todas se aprende. Al final, del repaso de nuestros  inverosímiles sueños desde la infancia hasta nuestra edad adulta podemos escribir una tragicomedia, aunque también puede darnos sorpresas y como en mi caso, la aspiración olvidada de un niño que quería ser escritor regresa como una de las más importantes e irónica de las lecciones.

Lo mejor no está por venir después de los “treintas” ni los treintas son los nuevos “veintes”, ¿en verdad nos hacen falta tales frases huecas para enfrentar nuestra edad? la realidad es otra y suele ser, según mi caso y el de muchos de mi entorno, una etapa de constante aprendizaje, lo cual no implica necesariamente “felicidad”. Y que decir de nuestro miedo patológico a la inevitable acumulación de los años, como si envejecer no implicase también el aumento de la perspectiva, nuestro acervo de memorias, el cultivo de largas amistades, de amores, la plenitud que solo otorga la sabiduría adquirida de forma empírica, etc. Pero en una sociedad cada vez más infantilizada aunada a nuestro pos-modernista culto a la idiotez, parecieran generar cambios en el subconsciente y revertir nuestro deseo infantil de crecer, madurar… de ser grande. Y es que ahora que lo pienso, la forma en que nos imaginamos a futuro suele parecerse a una selfie en movimiento, siempre sonrientes y con el fondo perfecto. Pero resulta que ni caminaremos sobre esa playa eternamente con el viento revolviéndonos el pelo agarrados de la mano de ese alguien único y especial, ni —si hipotéticamente esa imagen se diera— duraría lo suficiente para ejemplificar nuestro futuro. Por otro lado, es un hecho que nuestro proceso de aprendizaje cognitivo valora más las experiencias dolorosas o inesperadas de las cuales extraemos valiosas lecciones importantes para nuestra supervivencia, que aquellas vivencias ideales que solo generaron un placer espontáneo. Pero tampoco es que yo sea psicólogo, apenas un escritor amateur muy atrevido, no me hagan mucho caso.

Ahora bien, a mis actuales treinta y cuatro años puedo decir estar listo para el resto… ¡ha – ha! o por lo menos para ya no perder tanto el tiempo pensando en el futuro, me resulta inútil y frustrante. Pero ese es mi caso, siempre he sido una persona cambiante y poco asiduo a la rutina, me resultaría casi imposible planear mi vida a largo plazo. Lo que si es que el presente al que solía temerle (mucho) se ha transformado en mi etapa favorita, ahí sí que está el jugo, piénsenlo: nada como sentir que puedes cambiar tu camino a placer, cada experiencia se magnifica, cada antojo se prioriza, cada esfuerzo sabe a logro, cada caída se supera más rápido, las culpa o el arrepentimiento perduran menos tiempo y el conocimiento de las cosas se absorbe con mayor intensidad. En fin, cada intento puede ser el último ¡es ahora o nunca! Vale, tampoco quiero que suene a comercial, y no imagino la risa de mis veteranos lectores tratando de dilucidar la maraña de imberbes conceptos aquí escritos, o tal vez alguno que otro se identifique, tal vez. Pero bueno, basta ya de tanta parafernalia pretenciosa que tampoco es mi idea convencer a nadie de que a mis treintas se me ha sido revelado “el secreto”, que he encontrado el “hilo negro”, o que he tocado el “nirvana”, nada más alejado de la realidad. Solo creo interesante señalar lo importante de escudriñar nuestros deseos, abrir esa Caja de Pandora de vez en cuando y permitir salir los demonios que ahí subsisten. Es impresionante lo que uno se encuentra y lo mucho que ayuda dicha desempolvada. Enfrentarse a uno mismo… la catarsis obligada ¿no creen?

Hasta aquí esta columna y…

#GreetingsFromSeattle

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Relatos de mis múltiples infancias

Capítulo 4 – El niño que se hacía pipí

……..

—¿Ya se levantó el meón? Todos los días es lo mismo contigo… ¡Pinche chamaco nalgas meadas!

Al final, la madre optó por colocar bolsas negras de basura entre la cama y las sábanas, una situación incómoda y ruidosa para el callado niño «¡hacerse pipí tan grandote, que vergüenza!» pero sobre todo, una situación humillante.

En ocaciones, cuando el niño dormía en su hamaca, su madre ponía jergas de tela en el piso justo debajo, en esa curva convexa que el peso de su pequeño cuerpo creaba. Prefería dormir ahí, suspendido entre una nada que lo hacia mágicamente invisible, mirando entre los pliegues de la hamaca el reducido mundo que significaba su habitación, y desde esa perspectiva sentirse protegido.

Le gustaban los peces y todo lo que viniera del mar, sobretodo las elegantes formas de los tiburones, los coches de juguete y las muñecas ¡no! las muñecas no podían gustarle. En su cumpleaños numero cinco tuvo cinco piñatas con diferentes formas de peces, posteriormente llegaron los dinosaurios de todo tipo, incluidos sus favoritos los cuello-largo. Una colección de carritos Hot Wheels con todo y pista de carreras, vaya… ¡hasta un aeropuerto! Algunos años de abundancia Santa Claus y los Reyes le dejaban toda clase de juguetes Playmovil, y otros menos afortunados, ropa. Pero las muñecas seguían sin poderle gustar, entonces se las arreglaba para crearlas con playeras o trapos amarrados a la mitad por cordones y calcetines. Jugaba por horas escapando en una especie de realidad alterna, imaginándose subir una escalera blanca envuelto en un vestido azul —como el de Aurora con largos cabellos castaños y gigantes ojos verdes como los de su madre. Soñaba ser poseedor de la extraordinaria belleza de la princesa triste, atrapada en su palacio y aguardando el beso del príncipe, que a veces —en su mente— era su vecino Betoo su compañero de clases Miguel AngelCon Tatiana, la primera de sus grandes amigas, se ponían juntos los tacones de su mamá. La bisutería no podía faltar ¡perlas por aquí y diamantes por allá! mientras él, usaba una playera en la cabeza como pelo y se lo ponía de lado para verse más coqueto. Un par de años mayor, usaba a sus sobrinas para jugar juntos a las modelos, a la oficina, a la casitaSe encerraban en su habitación para producir animadas pasarelas con faldas de toalla, vaporosas capas de sábana o elaborados y finos vestidos de edredón. Imaginación no faltaba y el callado niño entretejía historias paralelas en las que él, seguro de si mismo, era quien deseaba ser.

……..

La princesa está triste… ¿Qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa,
que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
La princesa está pálida en su silla de oro,
está mudo el teclado de su clave sonoro,
y en un vaso, olvidada, se desmaya una flor.

……..

—Su hijo es muy callado, y muy bien portado.

—Si, es muy tranquilo.

Pero esa tranquilidad en el fondo inquietaba, lo suficiente para llevarlo al psicólogo en varias ocaciones. Así, pasó de tal vez ser medio autista o incluso retrasado, a tener déficit de atención. No era común ver a un niño jugando solito con las hormigas, hojeando páginas de libros que apenas podía leer o simplemente quedarse sentado observándolo todo sin emitir ruido alguno. Pero ante todo, no era ni común ni grato que continuara orinándose noche tras noche. En efecto, era un niño “rarito”, de cuerpo “menudito”, de expresivos ojos oscuros, delgados labios y una ocre tonalidad de piel. Coronado por una abundante cabellera que solía esponjarse como algodón de azúcar. Sus manos alargadas delataban cierta delicadeza, y siempre derechito —como soldadito— recuerdo de una abuela casi militar. Captar la atención no era la mayor de sus cualidades, cuestión que acarreaba la necesidad de tragarse sus infantiles frustraciones, que no eran pocas. Algo sucedía en su mente, algo le inquietaba, cosas revoloteaban en su cabeza que lo distraían del mundo, que lo desconectaban de su realidad. No racionaba al ritmo de los demás, los niños a menudo lo aburrían y el salón de clases era un continuo infierno. En síntesis, él no era normal, pero tenía que intentar serlo, por su madre, por su padrastro, por sus amigos y maestros de la escuela y por todos los que lo veían con ojos de condescendencia, esa maldita expresión de lástima que debería quedar prohibida a la vista de los niños. O tal vez no, ¿quiénes seríamos ahora sin nuestro sinuoso pasado?

……..

¡Ay!, la pobre princesa de la boca de rosa 
quiere ser golondrina, quiere ser mariposa, 
tener alas ligeras, bajo el cielo volar; 
ir al sol por la escala luminosa de un rayo, 
saludar a los lirios con los versos de mayo 
o perderse en el viento sobre el trueno del mar.

……..

En algún momento el niño de nuestra historia se rindió, guardo sus alas de cuento y las ocultó, preciosas, en un cajón secreto de su viejo ropero. Decidió intentar adaptarse a las circunstancias que lo rodeaban, decidió no ser más un pez, tampoco una princesa, no sería más un ave ni un rey oriental, tampoco el poeta de su libro favorito. Ya no quería pensar, porque pensar era lo único que sabía hacer y ello implicaba preguntárselo todo, y preguntárselo todo implicaba parecer estúpido. Los niños listos no preguntan tanto, lo asumen y solo piensan en jugar; corren sin miedos, hacen travesuras y se divierten como enanos con otros de su especie… mala suerte. Entonces, nuestro niño aceptó cabizbajo su destino, sería él condescendiente con el resto, aceptaría sus reglas y aprendería lo que se es normal, la conducta adecuada. Se ocultaría bajo la máscara temprana de quien se sabe diferente y tiene que pagar el precio. El telón del teatro se había abierto.


Resulta interesante lo fácil que es olvidarnos de nuestra infancia, por lo menos de lo que por alguna razón evitamos recordar, nos referimos a la niñez como algo ajeno, que ya no nos corresponde y desde esa insana lejanía intentar educar a nuestros hijos. Resulta irónico que en la misma dimensión en que de niños ocultamos lo que nos avergüenza, de grandes continuamos avergonzándonos de ese niño triste que —en mayor o menor medida— todos fuimos, y terminamos por abandonarlo en lo más recóndito de nuestra psique. Por miedo a reconocernos quizás, a conmovernos de nuestro infantil pasado, a sentir lástima de nosotros, sin darnos cuenta que, ese niño sentado en aquella esquina requiere nuestro abrazo, ahora más que nunca, nos necesita. 


Hoy el niño de nuestro relato ya no se hace pipí, dejó de hacerlo poco a poco hasta los trece, coincidiendo con la propia aceptación de sus diferencias y re-valoración de su intelecto. Ya no más bolsas de plástico entre las sábanas, ya no más burlas, ya no más “el meón”, “el tonto”, “el raro”, “el joto”, ya no más. La inteligencia es un rasgo que abruma a quien la posee y asusta a quienes la asimilan como un aspecto más, habitamos un mundo donde se romantiza las ficticias cualidades del corazón y resta las de la mente. La madurez infantil suele ser desvalorizada por una irracional tendencia a tratar al infante como una sub-raza a la que hay que disciplinar y amoldar al reflejo de nuestras propias aspiraciones, olvidándonos de nuestro pasado y extrapolando complejos propios de la adultez. Hoy nuestro ahora niño-adulto a vuelto a ser princesa, pero también es príncipe, tiene algo de mago, de artista y ya no teme enfrentarse a su sueño de poeta. Pero sobretodo, le gusta recordar, dolerse de nuevo, reconocer todo aquello que lo une a su pasado y darle gracias a ese pequeño niño por ser tan fuerte, por aguantar, por seguir adelante en su meta de vivir y no desaparecer entre selectivas memorias.

……..

—«Calla, calla, princesa —dice el hada madrina—;
en caballo, con alas, hacia acá se encamina,
en el cinto la espada y en la mano el azor,
el feliz caballero que te adora sin verte,
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,
a encenderte los labios con un beso de amor».

— Fragmentos de Sonatina, Ruben Darío

……..

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Capítulos anteriores  ⇓

https://milenguanativa.com/2017/08/20/el-refugio/

https://milenguanativa.com/2018/01/09/nunca-te-fuiste/

https://milenguanativa.com/2019/05/14/relatos-de-mis-multiples-infancias/