Mis lunas de Octubre.

A veces, mis ojos se hacen grandes como dos lunas y lo quieren absorber todo y todo pareciera caberles dentro. Rayan el viento con sus pestañas a cada parpadeo y mis cejas se alzan desdeñosas como piernas de bailarina, mi nariz se respinga mística, los volcanes debajo de mis pómulos explotan y mis labios se muerden sedientos de miel, hambrientos de calor y de otros labios. A ratos me olvido de los monstruos inventados y fantasmas de casonas ajenas, entonces mi espalda se alarga arqueándose ambiciosa, mis caderas se vuelven promiscuas danzantes y desafiantes mis piernas de alabastro rompen miedos a cada paso. A noches no me reconozco y prefiero no hacerlo, solo quiero dejarme llevar por el súbito impulso burbujeante que me embriaga. A instantes mis lunas se vuelven tan inquietas, que rebuscan curiosas como faros entre calles, bares y mares de otras lunas el mutuo deseo. Nada me perturba pero todo me seduce, me corrompe y me reduce a un acertijo final buscando ser descifrado solo al amparo de otras sabanas.
 Por eso; cuando veas mis lunas iluminarse así, como cometas chispeantes y redondos de secretos, como si fuera octubre a mitad de mayo y toda mi piel de primavera cupiera en una hoja seca de otoño, no desvíes ni por un instante la mirada, sostenla firme, desafiándome, muérdete los labios y llévame contigo, por que esa será la única noche en que yo… te pertenezca.
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Mis raíces…

Crecen
 lentamente y lentamente se expanden,
 infinitas

y tímidas se alimentan pero no cesan, lo devoran todo y todo nunca es suficiente, quieren más.

Por mi boca fluyen sonoras,  lo cambian todo cual prosa dorada de letras que destellan, pero nunca las escuches de mas… huye! escóndete! ellas mienten, un mundo sin estructura no puede ser real.

 Por mis pies rompen el concreto dejando huellas humeantes e hirvientes. Por mi sangre negra y estrellada, como la noche, caminan espesos los mitos de mi existencia, escritos en tinta cósmica, mis leyendas. Y por mis ojos, mueren intoxicadas de nostalgia, ahogadas de tanta realidad.
  Pero luego…
 cual combustión espontánea,
 mis manos las reviven en su tacto bullente y por mi sexo liquidas brotan ardientes y mi piel se embriaga de su sal.
 Crecen, lentamente, siguen creciendo por dentro y por fuera, se expanden furiosas y furiosas me queman, se alejan de mi, lo beben todo, todo, sedientas y gordas, redondas regresan.
 Me queman, lentamente, me queman,
 enmarañadas a mi cuerpo me penetran, mis raíces
por dentro y por fuera en una
 llama mortal.
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La mujer y el arte…

El arte, dicen por ahí, no tiene genero… se alimenta insaciable de todo aquel que ose invocarle entre su fulgurante locura y diáfana elocuencia, devorándose en trozos la cordura cual ave de rapiña e invadiendo venenoso todo nuestro sistema para al final, ya instalado en nuestras venas, dirigirnos somnolientos en un viaje sueño/realidad sin retorno, retocado con acuarelas de estrambóticos colores, melódicas sonatas, bailes escarlatas, nerudianos versos de amor y desesperanza y en un suspiro, impávidos, como una hoja desprendida de la rama seca, precipitarnos a la muerte transformados en poco más y en nada menos que, artistas.

Así, al arte lo percibo como un ente infeccioso, sin prejuicios, que no discrimina y solo se introduce, se alimenta, se incuba para brotar luminoso de nuestras manos, de nuestros pies, de nuestra voz, de nuestra humana naturaleza surrealista y contrastante, nostálgica, amorosa, inestable, peligrosa, por momentos alegre, por momentos suicida, pero siempre llena de vida y al mismo tiempo, mortal.

En ese mismo sentido, en esa visión sin etiquetas, la mujer es mas que una musa, es… la creadora perfecta.

La artesana, curadora, mecenas, experta, la adicta, asesora, protectora de todo a lo que el arte y sus menesteres convenga, la mujer se fusiona líquida con el placer de saberse artista, por que al igual que a los hombres, el arte su conciencia dicta.

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El nacimiento de la mujer centella.

A mi madre… 

Nadie sabe el día en que nació, pero ella, pequeña sílfide, años más tarde con voz de trueno sentenció su nacimiento un nueve de enero y a partir de ahí, cual bruja del viento se reinventó a sí misma y definió su futuro a voluntad de diosa.

Nació en la ciudad de México remembran los viejos, pero nada es seguro en su historia. Entre lagrimas contaba mi abuelo, sí!… el viejo trovador con alma de escritor y espíritu de chamán que la llevó entre sus brazos, frágil, moribunda, de rodillas a la basílica para que la santa madre, virgen de las vírgenes la salvara. Nunca supo quien fue su madre, una gitana hechicera tal vez o una sirena del mediterráneo perdida en costas mexicanas, del vientre de la Malinche apasionada, quizás de un árbol de ceiba maya o del grito fulminante de la guerrera cubana de sangre orisha africana.

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La llamaron María hija de los vientos del sur y Guadalupe de las flores tehuanas, la vistieron ropajes de indígena sabiduría y listones de orgulloso rojo trenzaron sus rubios cabellos. Creció entre canastas de tortillas y especias de aromas inefables, entre velas, traviesos chanekes, historias de toninas y trabajos de madrugada. Fue adoptada por las clemencias del istmo de tehuantepec y así, largas naguas de añeja tradición la protegieron primorosa, sus sueños de epifanía se bordaron en multicolores trajes de paisana y sus ojos, ah! sus ojos de mujer serpiente la eternizaron seductora, pero ella era inocente, como los colibríes, como las rosas.

 

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Así nació María, mi madre, Guadalupe de los mares del golfo y las aguas de río lodosas, que a la sombra del San Martín tejió su destino con hilos de oro en prosa, así nació la mujer centella, de la nariz respingada y mirada quieta, la mujer poderosa, la bendecida, árbol de tronco milenario mi madre, mujer divina, mujer bruja, mujer serpiente, mujer guerrera.

Antes del primer beso…

 

Por mí… por mí habla mi voz, mis dedos nerviosos, mi memoria corta que necesita pensar mas de una vez como decirte esto que siento, lo que está y no puede fluir contigo, aquello que escapa de mis ojos tristes en su frustrado intento por ser, aunque sea por un instante, comprendido. Por mí hablan mis labios que se muerden a cada hondo suspiro, mis pies impacientes, mi miraba perdida pero atenta, mi sonrisa entregada y honesta y deseosa de ser correspondida. Por mí hablan estas manos inquietas por contarte, aunque sea a tontas señas cuanto me gustan tus ojos y cuanto miedo me da que me gusten tanto, y los míos, mis ojos, quieren decirte que no importa que no hayan articuladas palabras, que no las necesito por que mi boca hirviente aprenderá a cada tacto tu lenguaje, a cada aliento habrá una historia y en cada beso… mis secretos.

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Quiero que sepas, con la claridad de mis palabras entrecortadas más por mis nervios que por otra cosa, que esta noche te la doy completa, desde el primer beso hasta el sol de despedida, que adviertas en cada tartamudeo, en cada palabra mal dicha que me encantan tu olor, tu nariz infinita, tus cejas desalineadas y el contorno de tu cuello, que mi locura por ti, por esta noche, por la lluvia que no te deja ir y que no quiero que termine se prolongue eterna, como tu mirada en mí que me atraviesa. Date cuenta de una buena vez que soy endeble a ti, a tu respiración, vulnerable a tus manos que rozan a propósito las mías y a tu acento extraño que me confunde y se entrelaza torpemente con el mío, que así, cerquita, sin decirte nada, te lo digo todo.


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Por mí, por mí habla mi lengua nativa, mi respiración, este corazón palpitante que te entrego, mi pasado extranjero y mi presente ahora contigo, mis mentiras dichas, mis verdades ocultas, mi razón de estar aquí precisamente esta noche y para acabar pronto y antes de robarte el primer beso… mi deseo.

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