Relatos de mis múltiples infancias

Capítulo 4 – El niño que se hacía pipí

……..

—¿Ya se levantó el meón? Todos los días es lo mismo contigo… ¡Pinche chamaco nalgas meadas!

Al final, la madre optó por colocar bolsas negras de basura entre la cama y las sábanas, una situación incómoda y ruidosa para el callado niño «¡hacerse pipí tan grandote, que vergüenza!» pero sobre todo, una situación humillante.

En ocaciones, cuando el niño dormía en su hamaca, su madre ponía jergas de tela en el piso justo debajo, en esa curva convexa que el peso de su pequeño cuerpo creaba. Prefería dormir ahí, suspendido entre una nada que lo hacia mágicamente invisible, mirando entre los pliegues de la hamaca el reducido mundo que significaba su habitación, y desde esa perspectiva sentirse protegido.

Le gustaban los peces y todo lo que viniera del mar, sobretodo las elegantes formas de los tiburones, los coches de juguete y las muñecas ¡no! las muñecas no podían gustarle. En su cumpleaños numero cinco tuvo cinco piñatas con diferentes formas de peces, posteriormente llegaron los dinosaurios de todo tipo, incluidos sus favoritos los cuello-largo. Una colección de carritos Hot Wheels con todo y pista de carreras, vaya… ¡hasta un aeropuerto! Algunos años de abundancia Santa Claus y los Reyes le dejaban toda clase de juguetes Playmovil, y otros menos afortunados, ropa. Pero las muñecas seguían sin poderle gustar, entonces se las arreglaba para crearlas con playeras o trapos amarrados a la mitad por cordones y calcetines. Jugaba por horas escapando en una especie de realidad alterna, imaginándose subir una escalera blanca envuelto en un vestido azul —como el de Aurora con largos cabellos castaños y gigantes ojos verdes como los de su madre. Soñaba ser poseedor de la extraordinaria belleza de la princesa triste, atrapada en su palacio y aguardando el beso del príncipe, que a veces —en su mente— era su vecino Betoo su compañero de clases Miguel AngelCon Tatiana, la primera de sus grandes amigas, se ponían juntos los tacones de su mamá. La bisutería no podía faltar ¡perlas por aquí y diamantes por allá! mientras él, usaba una playera en la cabeza como pelo y se lo ponía de lado para verse más coqueto. Un par de años mayor, usaba a sus sobrinas para jugar juntos a las modelos, a la oficina, a la casitaSe encerraban en su habitación para producir animadas pasarelas con faldas de toalla, vaporosas capas de sábana o elaborados y finos vestidos de edredón. Imaginación no faltaba y el callado niño entretejía historias paralelas en las que él, seguro de si mismo, era quien deseaba ser.

……..

La princesa está triste… ¿Qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa,
que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
La princesa está pálida en su silla de oro,
está mudo el teclado de su clave sonoro,
y en un vaso, olvidada, se desmaya una flor.

……..

—Su hijo es muy callado, y muy bien portado.

—Si, es muy tranquilo.

Pero esa tranquilidad en el fondo inquietaba, lo suficiente para llevarlo al psicólogo en varias ocaciones. Así, pasó de tal vez ser medio autista o incluso retrasado, a tener déficit de atención. No era común ver a un niño jugando solito con las hormigas, hojeando páginas de libros que apenas podía leer o simplemente quedarse sentado observándolo todo sin emitir ruido alguno. Pero ante todo, no era ni común ni grato que continuara orinándose noche tras noche. En efecto, era un niño “rarito”, de cuerpo “menudito”, de expresivos ojos oscuros, delgados labios y una ocre tonalidad de piel. Coronado por una abundante cabellera que solía esponjarse como algodón de azúcar. Sus manos alargadas delataban cierta delicadeza, y siempre derechito —como soldadito— recuerdo de una abuela casi militar. Captar la atención no era la mayor de sus cualidades, cuestión que acarreaba la necesidad de tragarse sus infantiles frustraciones, que no eran pocas. Algo sucedía en su mente, algo le inquietaba, cosas revoloteaban en su cabeza que lo distraían del mundo, que lo desconectaban de su realidad. No racionaba al ritmo de los demás, los niños a menudo lo aburrían y el salón de clases era un continuo infierno. En síntesis, él no era normal, pero tenía que intentar serlo, por su madre, por su padrastro, por sus amigos y maestros de la escuela y por todos los que lo veían con ojos de condescendencia, esa maldita expresión de lástima que debería quedar prohibida a la vista de los niños. O tal vez no, ¿quiénes seríamos ahora sin nuestro sinuoso pasado?

……..

¡Ay!, la pobre princesa de la boca de rosa 
quiere ser golondrina, quiere ser mariposa, 
tener alas ligeras, bajo el cielo volar; 
ir al sol por la escala luminosa de un rayo, 
saludar a los lirios con los versos de mayo 
o perderse en el viento sobre el trueno del mar.

……..

En algún momento el niño de nuestra historia se rindió, guardo sus alas de cuento y las ocultó, preciosas, en un cajón secreto de su viejo ropero. Decidió intentar adaptarse a las circunstancias que lo rodeaban, decidió no ser más un pez, tampoco una princesa, no sería más un ave ni un rey oriental, tampoco el poeta de su libro favorito. Ya no quería pensar, porque pensar era lo único que sabía hacer y ello implicaba preguntárselo todo, y preguntárselo todo implicaba parecer estúpido. Los niños listos no preguntan tanto, lo asumen y solo piensan en jugar; corren sin miedos, hacen travesuras y se divierten como enanos con otros de su especie… mala suerte. Entonces, nuestro niño aceptó cabizbajo su destino, sería él condescendiente con el resto, aceptaría sus reglas y aprendería lo que se es normal, la conducta adecuada. Se ocultaría bajo la máscara temprana de quien se sabe diferente y tiene que pagar el precio. El telón del teatro se había abierto.


Resulta interesante lo fácil que es olvidarnos de nuestra infancia, por lo menos de lo que por alguna razón evitamos recordar, nos referimos a la niñez como algo ajeno, que ya no nos corresponde y desde esa insana lejanía intentar educar a nuestros hijos. Resulta irónico que en la misma dimensión en que de niños ocultamos lo que nos avergüenza, de grandes continuamos avergonzándonos de ese niño triste que —en mayor o menor medida— todos fuimos, y terminamos por abandonarlo en lo más recóndito de nuestra psique. Por miedo a reconocernos quizás, a conmovernos de nuestro infantil pasado, a sentir lástima de nosotros, sin darnos cuenta que, ese niño sentado en aquella esquina requiere nuestro abrazo, ahora más que nunca, nos necesita. 


Hoy el niño de nuestro relato ya no se hace pipí, dejó de hacerlo poco a poco hasta los trece, coincidiendo con la propia aceptación de sus diferencias y re-valoración de su intelecto. Ya no más bolsas de plástico entre las sábanas, ya no más burlas, ya no más “el meón”, “el tonto”, “el raro”, “el joto”, ya no más. La inteligencia es un rasgo que abruma a quien la posee y asusta a quienes la asimilan como un aspecto más, habitamos un mundo donde se romantiza las ficticias cualidades del corazón y resta las de la mente. La madurez infantil suele ser desvalorizada por una irracional tendencia a tratar al infante como una sub-raza a la que hay que disciplinar y amoldar al reflejo de nuestras propias aspiraciones, olvidándonos de nuestro pasado y extrapolando complejos propios de la adultez. Hoy nuestro ahora niño-adulto a vuelto a ser princesa, pero también es príncipe, tiene algo de mago, de artista y ya no teme enfrentarse a su sueño de poeta. Pero sobretodo, le gusta recordar, dolerse de nuevo, reconocer todo aquello que lo une a su pasado y darle gracias a ese pequeño niño por ser tan fuerte, por aguantar, por seguir adelante en su meta de vivir y no desaparecer entre selectivas memorias.

……..

—«Calla, calla, princesa —dice el hada madrina—;
en caballo, con alas, hacia acá se encamina,
en el cinto la espada y en la mano el azor,
el feliz caballero que te adora sin verte,
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,
a encenderte los labios con un beso de amor».

— Fragmentos de Sonatina, Ruben Darío

……..

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Capitulo 3 – LA CASA DE LAS BUGAMBILIAS 

Ya no están las bugambilias; en mi antigua casa ya no están junta a la barda que nos separa de la del vecino ni alrededor del arco de la entrada, las preciosas bugambilias de mamá. Ni los teléfonos de hojas verdes gigantes enredados en los protectores de las ventanas. El patio ahora luce solo un triste gris de concreto y en él ya no cabe posibilidad alguna de rescatar mi pequeña caja de secretos, enterrada en el pasillo del antes jardín; con mis tesoros. La casa luce más chica y reducida. Los ladrillos rojos de la cocina parecieran haber mutado de color y la luz ya no entra igual por la ventana de la sala. Ahora me parece una casa hecha para enanos, ¿Cómo pude crecer aquí pensando que mi casa era la más bonita del barrio? ¿dónde están los muebles? ¿dónde mi alto librero? ¿A dónde se fueron todos? Este ya no es el que solía ser mi hogar.

De las bugambilias nunca descifré cual era su color. No eran rojas ni moradas ni violetas, eran más bien de un rosáceo indescifrable, aunque ya no importa por que ya no están. Se erguían en la entrada vanidosas, frívolas del intenso color de sus flores, sabiendo que eran las únicas en varias calles a la redonda. Una en especial era alta y en forma de arco, llena de espinas pero muy bien escondidas entre el verdor de sus tallos, de forma tan discreta, que no advertías aquella doble personalidad.

La casa se ubicaba sobre la calle Hacienda (la calle principal), por donde tenías que entrar rodeando una fuente y seguir derecho hasta la avenida Francisco Y. Madero. Mi pequeña casa era la No. 2 y estaba justo a metros de la esquina. La de a lado —que si era esquina— estaba cubierta casi completamente de verdes enredaderas, de pared a pared y de piso a techo, con un árbol de hojas verdes y amarillas en el porche, muy raro, por que nunca había visto uno igual. Esa era la casa de mis vecinos y mejores amigos Jimmy y Beto. Ya vivían ahí cuando nosotros llegamos y con ellos compartí este capítulo de mi infancia tan peculiar. San Antonio era el nombre del nuevo fraccionamiento y nosotros vivíamos en la primera etapa, antes de que construyeran el parque de “las canchas”, antes de la “tiendita de enfrente” cruzando la avenida, antes de las casas de tantos otros amigos con los que años después recorríamos juntos las calles de la colonia. Antes incluso de aquel terreno baldío y hundido (nuestro escondite) se convirtiera años posteriores en una cancha deportiva.

Jimmy y su hermano mayor Beto eran dos impetuosos, hiperactivos y muchas veces irrespetuosos malandrines, que representaban todo lo que yo jamas hubiese podido —y soñado— ser. Eran contestones como solo dos hijos de padres consentidores se podían permitir, más aún; consientes de su rebeldía la explotaban como sinónimo de fama por todo San Antonio y alrededores. Ser yo su vecino era una casualidad inesperada y ser su amigo me garantizaba ser parte del grupo, aunque no necesariamente popularidad, pero para esos dos yo completaba el imprescindible tercio de ases con el que aspiraban dominar los nuevos territorios. No recuerdo bien de que misteriosa forma logramos entablar tan exótica amistad, pero si recuerdo que ellos representaron para mi una aspiración personal, la primera.


“Es curioso como después de los años los recuerdos se transforman, saben y huelen diferente. En mi caso, llegan sin previo aviso y en forma de cuento, como esas lecturas en las que tenemos que inventarnos imágenes para darles vida, color y forma en nuestra mente; una mezcla de narraciones en primera y tercera persona. Al final, creo que hay honestidad en mis recuerdos, pero también resulta una interpretación de memorias y deseos ya diluidos junto a los recuerdos de otros. ¿Hay ficción en mi relato? si, hay algo de fantasía, de reproche y de verdad”.


Son muchas las memorias que saltan una tras otra cuando pienso en mi casa de San Antonio, y no es para menos, siendo ahí donde aprendería a manejar la bicicleta —por ejemplo— yo solito y en un valiente impulso con la pequeña y viejita bici de mi vecino. Mi padrastro había intentando enseñarme antes comprándome una preciosa bicicleta de montaña, pero olvidó —yo ya montado en ella— enseñarme a usar los frenos. Tampoco puedo olvidar nuestra obsesión infantil por coleccionar —o robarnos— los pequeños rosales de jardines vecinos, pensando que se trataban de arboles Bonsai como los que aparecían en la famosísima Karate Kid. Fue en esa casa donde descubrí como eran los cuerpos de los adultos desnudos a través de una revista porno de mi hermano. Fue ahí donde tuve mis primeras mascotas; una pecera, regalo de cumpleaños, hecha por mi padrastro a la que después llenamos de caracoles, una piedra caliza llena de hoyos —a forma de pequeños escondites— que papá Alfonso mismo taladró y plantitas varias de plástico. Sus primeros habitantes morían ya sea por exceso de comida o de cloro, pero con el tiempo me volví experto en el cuidado de mi pecera. Un gordo y casi deforme pez dorado y un largo y plano pez ángel color plata fueron mis consentidos, y vaya que podía pasar horas observándolos. Después llegaría una tortuga de tierra, que gustaba de vivir debajo de nuestra alberca inflable. Podía pasar semanas perdida y volvía a aparecer como si nada, hasta que un día de plano, no volvió a aparecer. Un par de pollitos ruidosos, de los cuales uno fallecería dramáticamente bajo el peso de mi hermano, y el otro, que crecería hasta convertirse en un gran pollo cagón e intolerable a los ojos de mi madre. Nos enteraríamos después de su final y condimentado destino en forma de mole a manos de doña Mary, su comadre. También tuvimos la efímera visita de un perro tipo lobo que andaba perdido por el barrio, una pareja de periquitos australianos que con su alpiste estropearon el hasta entonces parejito y bien cuidado pasto de mamá. Y por último, mis pericos. Uno del que casi no tengo recuerdos, pero al segundo, mi Paco, lo recordaré siempre.

Y es que era un perico sin igual, repetía cotorro y cotorrito, cotorrito de forma muy graciosa, aunque su palabra favorita —y aquí muero de pena, mis amables lectores— era la infame, prosaica y ordinaria palabra puto. Se daba el gusto incluso de repetirla —para la mayor de mis vergüenzas— en forma de ametralladora… puto, puto, puto, puto, hasta que se hartaba —¡pinche Paco!—. Pero yo lo adoraba y a pesar de su limitado y vulgar vocabulario lo cuidaba como la más preciosa de mis posesiones. Un día desapareció, sin más y yo me canse de buscarlo por toda la casa y varias calles a la redonda, Jimmy me acompañaba en la empresa de una búsqueda inútil, puesto que tres días perdido parecía demasiado tiempo. Entonces, cabizbajos, nos trepamos al árbol de su porche, cuando escuchamos algo, nos quedamos quietos, mirándonos fijamente y… puto, puto, puto ¡era Paco! pero como encontrarlo ¡coño! si el perico era verde y amarillo como el mismo árbol. Hasta que Jimmy lo divisó en una de las ramas más altas, no me importo y me trepe con mis miedos hasta la cima. Así, mi Paco contra todo pronóstico y en gran hazaña, regresó.

Su muerte representó el primero de mis duelos; hasta ese momento la mayor de mis perdidas y tristezas. Murió de una forma estúpida, tras ingerir jabón en polvo para lavar la ropa. Mi pequeña prima lo descubriría en el patio patas arriba y cubierto de hormigas. No era el final que yo esperaría para él, pero su funeral si lo fue, enterrado solemnemente en el jardín de mi casa y en el mismo rincón donde años después enterraría mi caja de secretos.

Por fortuna para un niño las heridas duelen menos tiempo, incluso se curan solas y tras pasar los meses, la muerte de mi querido Paco ya era solo un nostálgico recuerdo. Para esa época mi curiosidad había descubierto otros tesoros, que junto al recuerdo de mi grosero perico, me acompañarían toda la vida, mis libros.

Y es que no vengo precisamente de una familia lectora, salvo mi abuelo materno quien vivía en otra ciudad y Julian, mi padre biológico —y desaparecido— no contaba con mayor referencia para el gusto de la lectura. Pero sucedió, y fueron los libros de un alto mueble en sala de mi casa quienes me acompañaron a partir de ese momento. Los bajaba todos y me rodeaba de ellos sentado en el piso. Los ojeaba en un principio por sus ilustraciones, a veces por aburrimiento y después empece a leerlos —y disfrutarlos— por un placer inusitado. Aun no sé a ciencia cierta el por qué de su presencia, pero estaban ahí y los hice míos. Una colección de cuentos clásicos, una enciclopedia temática, otra de la historia de México, antologías poéticas y libros varios, ¡vaya! un poco de todo.

Fueron mis libros el refugio perfecto, el escondite de un niño tímido que luchaba contra si mismo. A través de ellos, me inventé los mundos necesarios para escapar a ratos de una realidad compleja. Y es que nunca tuve claro quien quería ser; antes tenia que saber o averiguar quien debía ser, y eran tantas cosas que hubiese sido muy útil manejar —a mis 6, 8 o 10 años— una agenda. Las comparaciones dicen que son odiosas y mi madre las usaba como dardos. Por si fueran poco me sabía diferente, en muchos aspectos, algunos muy dolorosos. Hoy sigo comparándome pero con todos los yo que quise y los que ahora quiero, puedo ser. Los libros, me ayudaron a entender la complejidad del mundo y a su vez, a comprender la mía propia.

Como ven, la casa de las bugambilias fue un hogar especial, lleno de experiencias, lecciones y aprendizajes. Lleno de recuerdos nítidos y otros confusos, que juntos complementan el rompecabezas de imágenes de un relato en constante cambio, una memoria variopinta, una historia en la que no se permiten ediciones…

…como las tuyas, las de todos.

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Arte – Rosa María Castaño Olivera

 

* El capítulo 4 será publicado en las próximas semanas *

 

Capítulos anteriores  

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A mi madre…

Un feliz Día de las Madres a todos. 

…..

Te dije lo que tenía que decirte pero sin aproximarte a la verdad por que no puedo, ¿cómo explicarte con mis memorias, mis pensamientos, mis múltiples infancias, mis fantasmas y tristezas todo esto que guardo, que yo mismo me sigo explicando?

¿Cómo narrar en nuestro lenguaje los miedos y glorias que te perdiste?

Me he preguntado muchas veces si algún día me conocerás como yo hubiese deseado, si alcanzarías a ver desde tu espejo mi reflejo, aunque la respuesta la tengo ya. Entonces, solo me resta llenarme de ti cuando te abrazo e imaginarme que fuiste la que necesité, y así quererte incluso un poco más de lo que ya te amo.

Aunque deje en el tintero la otra mitad de mi.

 

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Oswaldo Guayasamín

Relatos de mis múltiples infancias

Capítulo 2 – NUNCA TE FUISTE

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A mi padre

El cuarto día de un enero de aproximadamente 10 años murió Julian -mi padre- del cual guardo pocos recuerdos, según yo ninguno bueno. Recuerdo, por ejemplo; una mañana de mi niñez a mi abuela levantándome con prisas advirtiéndome que papá había venido por mí para llevarme al cine ¡al cine! entonces veloz y feliz me levanté y me vestí de inmediato, pero al salir de mi recamara lo vi a él – a Julian- parado en la sala esperándome como la más fría de las columnas, y revivo mi tristeza, mi decepción por que a quién yo esperaba realmente era a papá Alfonso, el hombre que me había educado como un hijo desde que Julian nos abandonó. La confusión de la abuela me supo amarga. Recuerdo que ese día me llevo al cine y a comer como lo prometido, y también que pase una tarde por de más extraña, deseando a cada minuto que terminara. Nada me ataba ya a él, nada en su voz me era familiar, ya no éramos padre e hijo y después de tan desafortunada tarde no volví a saber de él en años, como de costumbre. Julian se convirtió así en un recuerdo difuso, áspero, una imagen vaga que no coincidía en mi historia, la foto enmohecida en un álbum de recuerdos. Y aún parecen vivir lucidas en mi memoria las ultimas veces que lo escuché  -varios años después- cuando vivíamos de punta a punta, yo en Los Cabos y él en Cancún.  Al principio Julian buscaba conversación pero yo propiciaba no hablar con el más de lo necesario, era tan raro escucharlo llamarme hijo. Las últimas veces solo lo saludaba con la debida cortesía para pasarle rápidamente el teléfono a mi tía -su hermana- con quien yo vivía en los tiempos relatados. Para aquel entonces todos sabíamos que sufría una intensa depresión y que incluso había atentado contra su vida en varias ocasiones. Su voz se escuchaba pausada, melancólica, como arrastrando en cada frase el peso de su tristeza, pero a mí ello poco me importó, lo más que podría sentir por el era lástima. Creo que él presentía su final y a los pocos días recibí una última llamada… había muerto.

Es curioso como el tiempo cambia las perspectivas, y al hombre que un día odie por no recibir de el más que indiferencia, hoy le agradezco con la humildad que “no me caracteriza” parte de lo que soy. A veces, me descubro viéndolo en el reflejo de mi espejo y me doy cuenta que de el guardo más de lo que yo hubiese imaginado y peor aún, de lo que yo hubiese querido admitir. Que más allá de un parecido físico se esconden miedos, fortalezas, debilidades, talentos y sueños compartidos. Entonces creo entenderlo, creo reconocer sus fantasmas, sus razones, lo compadezco y me compadezco a mí por juzgarlo, por odiarlo, por no buscarlo cuando quise y quisiera entonces sentir sus manos, abrazarlo, exigirle a gritos un “por qué” y entregarle sin explicaciones un “te perdono”. Decirle que el vive en mí aunque yo no quiera y que a través de mí vivirá en mi descendencia, en mi memoria y en mis letras.

Hoy, su imagen no me parece tan difusa, ya no me resulta extraño llamarle padre, hoy mi historia con el ya no duele tanto y la integro -nuestra historia- al rompecabezas de mi vida como la más inevitable y necesaria lección. Pero la vida vaya que se empeña en sorprenderme todavía y así, el único recuerdo bueno que guardo de mi padre nació a travez de su muerte, con los libros que me dejo como herencia ¡Una total sorpresa! Una herencia que no esperaba como nunca espere nada de él. Tal vez su intuición se lo dictó, tal vez me conocía más de lo que yo alguna vez pensé, tal vez fue el peso de la sangre o una relación cósmica, tal vez es solo mi imaginación, un deseo oculto, un dulce y necesario auto-engaño, un perdón a destiempo, tal vez…

…..

Aún guardo conmigo los libros que me diste 

junto a todos los abrazos y besos negados,

guardo en años de recuerdos tus ausencias,

el impulso de tus sueños

y el peso de tus fracasos.

Guardo con mi madre todas tus caricias,

 la protección de tus brazos en los de mi hermano,

todavía tengo de ti, mi padre

el mismo pelo negro, salvaje y ondulado

el mismo diente chueco, tu reflejo en mis espejos, 

tengo tu altives

y el egoísmo de tus actos.

Aún guardo el tono de tu piel en la mía

y el apellido que me diste sin usarlo,

todo el amor que no te di, todo el calor de mis manos

y en mi memoria

tristes aún habitan tus ojos,

tristes aún resuenan las voces del naufragio.

En un cajón del ropero viejo de mi infancia 

guardo celoso las risas y los llantos

  y nuestras mejores fotos juntos, papá

extraviadas

en un tiempo que solo existe entre memorias inventadas

y nostalgias del pasado.

…..

Tú, me debes un padre y yo aún te guardo un hijo.

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Obra pictórica del maestro Pablo Picasso (periodo rosa).

 

 

Capítulo anterior  ⇓

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Relatos de mis múltiples infancias

Capitulo 1 – EL REFUGIO

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Un incontrolable entusiasmo me invadía, no paraba de ver por la ventana del coche todo el tiempo y entonces aparecía ¡el Arco! y era tan alto, según yo; que tan solo era un infante. Al entrar por el arco de la propiedad varios perros nos recibían, pero lo que más recuerdo era un olor característico que se impregnaba en mis pulmones, la piel, la ropa y sospecho que hasta en la memoria por que aún siento olerlo en mis recuerdos. Entonces salía; alto, robusto, moreno y gritón, el abuelo. Su voz retumbaba en el piso como un trueno, rasposa como lija y dotada de una carcajada desafiante y atrevida. Nos recibía a besos, a abrazos que sabían a bruscos apretones y que advertían lo inevitable; nos rodeaba entonces con sus brazos de árbol en tramposa argucia para evitar nuestra huida y nos comía las orejas a mordidas con sus dientes desgastados y filosos, gritábamos pero su risa era contagiosa y sus cosquillas interminables. Así nos recibía el abuelo a nosotros, sus nietos.

*A tierra húmeda, coco y aguacate, 

a palma y madera, carbon de anafre

huelen mis recuerdos, huelen incesantes*

Don Alfonso Arjona y Zetina había para aquel entonces fincado su residencia en un pequeño pueblo llamado Bacalar (Bakhalal en maya) justo a orillas de las más esplendorosa laguna mexicana, al sur del estado de Quintana Roo y muy cerca de la capital, Chetumal. Nosotros, su familia más cercana vivíamos a tan solo cinco horas en coche y procurábamos visitarlo a menudo. Mis recuerdos son muchos, algunos difusos y otros nítidos como los azules y verdes de la laguna misma. Sus cuentos de serpientes marinas que me hacían observar desde el mirador de la casa largos ratos buscando una señal, tan solo una de la existencia de semejantes criaturas. Sus relatos de piratas atacando el fuerte de San Felipe y de los múltiples naufragios con baúles llenos de oros y riquezas esperando ser descubiertos. Sus historias acerca de la procedencia de los Arjona en la España andaluza y el Oriente. Sus poesías, sus escritos de viejo melancólico que de alguna forma, me recuerdan tanto a la mas nostálgica imagen que guardo de Ernest Hemingway.

*De selva mística y piedra,

de tierra negra y negra la sombra de tus arboles

de jade y turquesa tus aguas, tus aves,

de madera y fango y letras tu sangre,

Bacalar*

De mi abuelo heredé esa quijada puntiaguda, si… esa que hace verme la cara chueca en cualquier foto, también ese tono de piel de azúcar morena mezclada con canela molida, sus manos largas y expresivas de pianista ¡infinitas! surcadas por protuberantes ríos de sangre hirviente y letras; aún mas hirvientes. Sus pronunciadas entradas en la frente ¡monumentales! que francamente hubiese preferido heredar dinero, pero también heredé parte de su ser, su cinismo, su inteligencia, el trueno de su garganta y ese amor propio que lo hacia tan egoísta, tan él, tan don Alfonso.

*Soy piel de tu piel, voz de tu voz

de tu huella fértil ascendí

bugambilia en flor*

El Refugio era su casa, su palacio y en el el te recibía ese arco en la entrada tan inolvidable, la casa estaba rodeada de jardines, arboles por aquí y por allá, de repente sus escalones de piedra te invitaban a entrar y un pasillo serpenteante con columnas y techo de bambú te guiaba a la recepción, no sin antes apreciar un jardín interior rodeado por una especie de cerco de madera que lo protegía. El comedor era grande, con un pequeño teatro al fondo y en sus mesas de madera con sillas de hierro y rojos colchones disfrutábamos una de las tantas dotes del abuelo, cocinar. La casa fungía como hostal y para tal motivo contaba con numerosas habitaciones, la cocina era amplia y desorganizada y en ella el abuelo pasaba muchas horas, que a veces pienso que mas que cocina era su taller y que precisamente de ahí emanaba ese olor tan característico que al Refugio distinguía. A veces me parece verlo sentado a media noche en su cocina/taller mezclando hierbas y brebajes, conjurando con el pasado y pactando con las estrellas el incierto futuro pero, algo me dice que no lo consiguió; las estrellas ya estaban muertas. En el pueblo lo llamaban don Tarot, ya que leía las cartas cual místico brujo maya, yo más bien creo que era un charlatán, pero tenia el don de la palabra y con su voz las lanzaba filosas cortando vientos, cambiando mentes y definiendo destinos.

En mis recuerdos mi lugar favorito de la casa era el mirador, redondo, alto y con una vista que arrebataba el aliento, su alta palapa nos protegía del sol, la lluvia y de la vida misma, parecía que ahí el tiempo transcurría diferente, lento y seguro. Me gustaba sentarme en el barandal de piedra que rodeaba al mirador e incrustado con ojitos de turquesa y soñar, soñar que era yo, el rey de ese castillo.

*En aquella casa de arcos y palapas

vive un pájaro brujo de altos vuelos,

dígame, don Tarot, si el aún me ama, 

pero si no, no diga nada, que yo

de amor… me muero*

Casi siempre al otro día bajábamos en estampida hasta el muelle, la casa se ubicaba en lo alto y un camino de tierra empinado nos dirigía a la laguna de mar, que para mi era como un mar por que esos azules no correspondían a los de una simple laguna. Teníamos que llegar hasta el final del muelle ya que la orilla era fangosa y yo temía desaparecer en el fondo de ese lodo amenazante. Clavados, muchos clavados, nadábamos hasta hartarnos y a veces, el abuelo nos paseaba en su lancha por toda la laguna presumiéndonos sus dominios, sus reinos con sus conquistas, las brechas que abrió a punta de machete y su orgulloso barco de piedra en el canal de los piratas, donde pretendía algún día poner un restaurante, ahí, en medio de la laguna… una completa locura. De regreso le gustaba jugar a mover la lancha violentamente de un lado a otro y a que nos hundíamos como sus cuentos de piratas y solo ahí, en ese instante… creía odiarlo.

*Cántame laguna bonita, un bolero de azul  y verde melancolía*

Cuenta la historia, la de mi madre, que el abuelo era un bohemio, cínico y desvergonzado, carismático, audaz y soñador, cariñoso cuando su orgullo se lo permitía, hombre visionario de arrebatados impulsos, machista pero encantador, padre ausente, un zanate rechoncho de vuelos altos y penetrante graznido, que podía posarse igual en los zapotes como en los framboyanes, egoísta -ya lo dije- y gastalon como el solo. Podía apostar tanto dinero como propiedades, así lo perdía todo y así de la nada, lo recuperaba. Se cuenta, que el dinero que ganaba en su restaurante era tanto que tenia que guardarlo en latas y esconderlo en diferentes rincones de una de sus casas para luego, con su alma embriagada de noche y alcohol regresar a vaciarlas y gastárselo en… da igual. En Veracruz vivían sus mujeres, sus hijos y el groso de su familia. En Bacalar solo él con sus espíritus, sus demonios y la última de sus esposas. Los Faroles y Antojitos Arjona fueron los nombres de sus restaurantes, en los que mi madre y sus hermanos junto a su familia adoptiva trabajaron día y noche, sin descanso y cuyos esfuerzos fueron la base misma de la construcción del Refugio, ese que hoy pertenece a manos indiferentes.

*Fuiste ave de alas anchas, Alfonso, muy anchas

pero de vuelos cortos, Alfonso, de vuelos cortos*

Mi abuelo hablaba mucho, demasiado, sus ojos eran grandes como dos frutos del almendro y se agrandaban más hablando de su laguna, de su querido Bacalar y de como su casa fungió como primera casa de la cultura, de sus noches de tertulias con empresarios y políticos hoy encumbrados, de como un día llego un joven descalzo desde Belize, el mismo al que luego vio convertirse en gobernador. Hablaba también de Veracruz, de su blanca ciudad de Mérida y su familia a la que dejo siendo muy joven para recorrer México, de Victoria, de Jose y el resto de sus hermanos, de su familia adoptiva los Rodriguez y solo un día, uno de los últimos, hablo de ella, a la que él en sus recuerdos o mentiras llamaba Teresa; mi abuela, la que fue el amor de su vida, la que llego en un barco a México de quien sabe donde y se fue dejando un aura de misterio, tres niños y un corazón roto. Entonces descubrí que el abuelo también lloraba y que los ojos de mi madre le recordaban a ella, el mas amado de sus ayeres.

*Te perdono mis noches de madrugada y sal

mis lunas de lamentos, mis olas tristes de mar.

Te ofrendo, si regresas, mis cantos de quetzal

y un barco de piedra en la laguna de Bacalar*

 A veces pienso en el abuelo como un amigo cercano, alguien con quien comparto tantas similitudes que, de repente, me lo imagino vivo, sentado bajo la palapa grande del mirador viendo su laguna, y yo con él, él con su risa y yo con la mía, ambas descaradas, atrevidas alborotando la noche y las palmeras del trópico. A veces lo extraño como extraño su casa, mi castillo, ese Refugio con sus pericos despertándome en las mañanas, con nosotros sus niños corriendo en los pasillos y escondiéndonos bajo arboles de papaya, de orégano y de limón, matando bichos, descubriendo rincones, escondites, y si… aún me veo acariciando esos ojitos de turquesa con mis pequeños dedos, imaginándome venciendo a los piratas, a las gigantes serpientes y llevándome en una larga lancha todo el tesoro conmigo.