Poemas de Carmelo Gonzalez – Poesía Mexicana

Rebka la sunita

 

Rebka la sunita

cruzó el Mar Rojo

con una azucena

en las manos.

Sangre fiera

noches de guerra

entre las montañas donde

se desgrana la muerte.

Lleva sus muertos

en los ojos

bajo el cielo de una América

libre y soñadora.

Rebka la guerrillera

del Este de África.

Amazona ligera

en los vientos del siglo 20.

a las ocho de la mañana.

Hablamos de Eritrea

con la nostalgia de un regazo.

Manos suaves que en el pasado

estremecían al cielo con una Kalashnikov .

Hoy nos vemos a los ojos

con la complicidad  de ser  inmigrantes

bajo la lluvia de Seattle.

……..

 

A Anna Ajmátova

 

La muerte florece en nuestras pupilas

en los días de interminables desembarcos.

Cuanto dolor

queda en los sobrevivientes.

¡Hurgaremos en las celdas clandestinas!

Jesús, el muchacho “levantado”

será  un número de archivo.

Vendrán nuevos inviernos Anna.

Imploraremos libertad

pero algunos moriremos en la espera.

¡No hay atalayas!

¡No hay centinelas!

¡No hay profetas

que nos auguren buenos tiempos!

Crueldad, desolación,

terror, ejecución

bajo

un verdugo despiadado.

XI-VIII-MMXI

……..

 

AVANCE 

 

Mujer, he recorrido tu piel con mis dedos.
He palpado los cantos de tu cuerpo
como un ciego en los vientos de agosto.

He afianzado mi ancla ante la lluvia postrera del crepúsculo,
donde las picas de cristal avanzaban
con los olores maduros del verano.

Durante las mareas vivas
he sido un refugiado en las bahías de tu cuerpo sedoso.
Y en él he avanzado con el poder de un ejército arrollador,
cuando los segadores recolectaban azucenas blancas y rojas
y cantaban un himno de amor.

Mujer, he besado tus labios en la hora en que dos cuartas crecientes,
giraban como hoces de plata en el rostro
y en el fuego benévolo del sol.

He recorrido tu cuerpo como un ciego
o como un panadero que ha estampado
galaxias de fuego con las puntas de sus dedos al amasar un pan fermentado.

He seguido las flechas del sextante en tus concavidades donde abundan
Las caracolas y las orquídeas azules.

Me he atrincherado en tus simas
con un canto marino en la pleamar.
Y en el horizonte solo han quedado de las nubes
unas telarañas de harina como de un saco roto.

Mujer, he cruzado tus desfiladeros,
con la audacia de un corsario del Mar Caribe
en la hora exacta del perigeo y en el acantilado
donde el día y la noche se besan apasionadamente.

VIII-X-MMVIII

 

Carmelo González

 

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Anna Ajmátova – Nathan Altman

 

Chocolate

De la amarga experiencia dicha constante

oscura presencia en dulce brebaje

fina molienda tu aspecto divino, y espumosa

la esencia en tu líquido sentido.

 

Humilde semilla de engañosa presencia

negro terminas cuando verde comienzas

frío o caliente endulzas mil caminos

de arrogantes paladares o sencillos destinos.

 

¡Bate el Chocolate, bátelo con enjundia!

y huele del vapor brotar en bruma sus milagros

saborea dulce de la olla su ternura

que se impregne prodigiosa en la tersura de tus labios

y con cada sorbo los secretos de las lluvias

de los vientos, de los montes, del fruto del cacao

y de la entera tierra mía con sus soles y lunas

bate el Chocolate, ahora bátelo despacio.

 

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Cacao Harvest – Kelly ZumBerge

 

 

Los colores de Fulgencio

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Les comparto el último artículo de mi columna Ciudad de Todos a través de la revista local La Raza NW, en Seattle, sobre el multifacético artista Fulgencio Lazo, a quien agradezco enormemente su tiempo, honestidad, paciencia y sabiduría. Un texto derivado de una charla interminable sobre arte y la cultura que lo antecede… http://www.larazanw.com/noticias/los-colores-de-fulgencio/


Por Enmanuel R. Arjona – Ciudad de Todos

Manan inhóspitos los azules e intensos los naranjas y rosas complementan un fondo surrealista; salpican los grises, un rojo fluye incandescente y una linea oscura se curva desafiante traspasando la frontera de nuestra imaginación. Emergen entonces infantiles rostros contando cromáticas historias a través de un lienzo que parece inacabable. Polifonía de tonos y abstractas referencias se sobreponen como frutas en los mercados; el artista juega con nuestra conciencia, nos estimula y nos recuerda que también fuimos niños brincando charcos, volando papalotes y viviendo la inocencia de quienes se saben felices a pesar de todo.

El arte de Fulgencio Lazo es una constante retrospectiva de su pasado, pero a su vez, de una herencia cultural y ancestral que perdura inmóvil en el tiempo, donde la danza y la música interpretan el espíritu, la fuerza vital y alegría de todo un pueblo. Las memorias que sus pinceladas expresan en cada una de sus obras reflejan la idiosincracia latente de sus raíces, representadas en iconográficos elementos entrelazados por lineas y figuras asimétricas. Así, cada una de sus creaciones fluye en movimiento donde niños juegan dentro de un espacio/tiempo aventuras en color e imágenes oníricas. Sin necesidad de la retórica, los elementos pictóricos parecen explicar en acrobacias y malabares la compleja diversidad de emociones que las subyacen. Poco a poco, la óptica abre paso a la observancia de dichos elementos y la teatral amalgama de colores cobra un significativo sentido, o muchos, para después inquietarnos con el acertijo de su composición. La aparente incoherencia de su trazo nos engaña y pareciera someter  preconcebidas ideas al juicio de nuestra apreciación artística. El artista lo sabe y un travieso niño —llamado Fulgencio— sonríe.

Los danzantes, los trompos, los barcos y el propio mar se interpretan en la mente de Lazo más allá de lo figurativo. Los migrantes caminan dolorosas jornadas a través de su lienzo, recordándonos que las fronteras existen y que el dolor también se viste de intensos colores. Pero nuestro pintor y escultor no cesa en sus pretensiones, quiere decirnos algo, su intención nos hace cuestionar nuestro conocimiento del arte y su importancia en la visión contemporánea del mundo. Nos invita a debatir —a través de la vista— nuestra propia humanidad y sus alcances en la actualidad, las limitaciones sociales que nos separan y un extraviado anhelo de justicia sobre cualquier interés mundano, de paz, por sobre todas las cosas. El dialogo visual con la obra de Lazo resulta estimulante y nos recrea nuevas perspectivas: de repente, de un parpadeo a otro nos encontramos dentro del lienzo y somos parte del cuadro mismo, tal vez un vendedor de fruta, una bordadora, un músico, una niña saltando y otro jugando en su triciclo, quizás un amarillo destello en flor sobre un valle de girasoles, y descubrimos excitados dentro de esa posición privilegiada, la belleza del mundo.

“Aprende las reglas como un profesional, para que puedas romperlas como un artista”

                                                                                                            — Pablo Picasso

En su permanente estudio en el 1614 de la calle Jackson (Casa Latina) de la ciudad de Seattle, el maestro Lazo nos da cátedra en el empleo de los elementos tras sus tres décadas de esfuerzo, constancia y experiencia. Sus primeros estudios en la Escuela de Bellas Artes en la Universidad de Oaxaca bajo las enseñanzas de Shinzaburo Takeda son visibles en todas sus facetas, como la inevitable influencia de los grandes maestros oaxaqueños Rufino Tamayo y Francisco Toledo. Pero un joven Fulgencio necesitaba otras referencias y las encontró en los museos y galerías de Europa. Desde el surrealista trazo de Miró, la lírica abstracción de Kandinski hasta el moderno romanticismo de Chagall, pasando todos por el constante uso del color como metáfora de vida y símbolo de expresión creativa. Sus lineas divergentes entre formas figurativas hasta una vastedad de conceptos, influyeron en el trazo de nuestro entonces joven artista más allá de lo imaginable. Hoy nos encontramos con un pintor alejado de los tópicos latinos —independientemente de su origen o bagaje cultural— y enfrentando a la retórica del estereotipo mexicano que nos sumerge —como migrantes— a una muy generalizada e ignorante visión sobre nuestras múltiples identidades. ¡Somos más que nopales! sentencia Fulgencio, bajo la óptica de un verdadero artista que se ha trazado un camino en el arte, por amor al arte.

“El objetivo del arte no es representar la apariencia externa de las cosas, sino su significado interior”

                                                                                                                                   — Aristóteles

Por ello, la teatralidad en la composición de las obras de Fulgencio no es cosa del azar. Su intención es clara y refleja la ironía de nuestros tiempos, la ambigüedad de una sociedad confundida en sus metas y enfrentada en sus propios intereses. Pero el trazo de Lazo viaja incluso más lejos; nos comparte un camino, una sueño, una esperanza, todo a través de su propio sentido de convivencia. Hay opciones —nos dice— existen otros métodos, otras formas de entendernos como cohabitantes de un planeta que no nos pertenece. La necedad del hombre moderno interfiere con la concepción humanística del mundo, si, pero si permitimos que el arte nos represente y nos eduque, si dejamos permear la sensibilidad artística en nuestra intención motora de existencia, entonces habremos ganado algo, o por lo menos, avanzado como sociedad y destino. De ahí que las culturas sean la base fundamental en nuestro quehacer artístico, más allá de un conjunto de normas y reglas de convivencia, la cosmovisión de los pueblos se compone de arte en sus más puras representaciones. Son los cantos y los sones, los bordados, las artesanías, las ferias y su entramado popular de historias convergiendo en un mismo espacio comunitario, el crisol de experiencias que resguarda el primigenio impulso de las artes como tal. Se convida el frijol y la tortilla, se comparte el trabajo, la siembra y la cosecha, se traspasa el conocimiento de padres a hijos y de ancianos a jóvenes, generación tras generación evolucionan las costumbres, el color se fundamenta, movimientos corporales se integran al balance de los instrumentos musicales, la creatividad surge espontánea, prodigiosa y un par de manos intenta recrear todo lo que sucede alrededor, lo que siente y le inspira… ¡un artista ha nacido!

Un niño persigue una cometa en la sierra alta de Oaxaca, y observa el cielo —cual inmenso lienzo— teñirse de un rosáceo luminoso, sabe que Doña María lo espera en casa y corre en competencia con sus hermanos y la tarde a cuestas. La calle luce los colores de la mixteca donde las mujeres no reparan en añeja sabiduría para sus trajes y los ancianos cuentan cuentos a través de sus manos tejedoras; morados los sonidos, verdes los olores, nuestro niño ve y siente colores allá donde va, los atrapa como a las mariposas en su mente de pequeño artista y juega con ellos en su imaginación despierto. Entonces voltea ¡oh, sorpresa! y a lo lejos ve cruzar pintorescos personajes sobre bestias de cuatro patas, nuestro pequeño sonríe contento… el circo ha llegado a la ciudad.