Guadalupe “Pita” Amor… La Undécima Musa – Poesía Mexicana

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Retrato de Guadalupe Amor por el maestro Diego Rivera

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Dueña de una prosa única como “dueña de la tinta americana” y de el sinuoso camino que ella misma eligió —o se inventó— para vivir. De si misma escribió las rimas que la convertirían en Pita Amor, la undécima musa, según su amigo, el escritor y poeta Salvador Novo, quien la bautizaría así aludiendo en referencia a la también llamada “décima musa”, Sor Juana Inés de la Cruz. Nacería en el seno de una familia de porfiriano abolengo, venida a menos gracias a la expropiación que la revolución mexicana hiciera del principal activo de ésta; la entonces hacienda azucarera San Gabriel de las Palmas. Como la última de los vástagos de una familia en inesperada situación económica, Pita no obtuvo igual esmero en su educación como sus otros seis hermanos, quienes además, no compartían su carácter explosivo y caprichoso. Ya en su tardía juventud —27 años— publicaría el primero de sus libros, Yo soy mi casa, el cual le abrió las puertas al mundo cultural e histriónico de la entonces pujante Ciudad de México. Lo mismo compartió ideas con grandes personajes de la época, escritores, actores, fotógrafos, artistas e intelectuales como Gabriela Mistral, Salvador Dalí, María Felix, Frida Kahlo, Juan Rulfo, Pablo Picasso, Alfonso Reyes y muchos otros, todos los que conformaban la escena en la primera mitad del Siglo XX. Diego Rivera la retrataría incluso en varías ocaciones, una de ellas desnuda, para escándalo de la conservadora familia Amor y la entonces sociedad mexicana.

El objetivo de Pita era claro, buscaba ser el centro de atención y una mojigata pero también efervescente sociedad pos-revolucionaria la recibiría con vítores y críticas, halagos y fuertes señalamientos a su postura tajante de libertad, esa que expresaban tantos sus letras como sus constantes desfiguros. Sus tres libros siguientes, Puerta obstinada, Círculo de angustia Polvo, la posicionaron como la indiscutible poeta del momento, heredera de un estilo clásico en sincretización irreverente con sus ideas, con la imagen de si misma y el personaje que se creo a partir de su narrativa. En algún momento leí un ensayo refiriéndose a ella como “las dos Pitas”, la conservadora católica niña de casa, y la otra, la mujer, la amante, la atormentada de los grandes ojos y expresivos ademanes, gran declamadora de sonetos, décimas y liras y vasta conocedora del Siglo de Oro. No sabemos cual de las dos Pita’s era la poeta, ni quien de las dos sobreviviría a la primera mitad de siglo; no sabemos cual quedaría atrapada bajo la dramática muerte de su único hijo, ni cual deambulaba con senil locura sobre las calles de la Zona Rosa cuajada en extravagante bisutería. Pero si tenemos constancia de su genio y es menester de todos rescatar su obra.

Michael K. Schuessler publicaría en 1986 junto a Elena Poniatowska —sobrina de Pita y escritora del prólogo— una necesaria y estimulante biografía sobre la vida y obra de la poeta. Poco, muy poco se ha escrito de ella y muy difícil es encontrar su obra en las estanterías mexicanas, que decir de otros países. Peor aún cuando se busca precisamente la reivindicación de la posición femenina y su importancia en las letras hispanoamericanas. Y voces como la de Guadalupe “Pita” Amor, muy pocas.

Décimas a Dios fue probablemente su libro más celebrado, el más intimo y con él ya no cabía lugar a duda sobre su talento. Publicaría ocho libros más reafirmando su legado y una rica herencia escrita para la hispanidad, la universalidad de su literatura, el feminismo y la mujer contemporánea.

Pasemos pues, a la esencial relectura de su obra…

 

Adentro de mi vaga superficie

Adentro de mi vaga superficie
se revuelve un constante movimiento;
es el polvo que todo lo renueva,
destruyendo.

Adentro de la piel que me protege
y de la carne a la que estoy nutriendo,
hay una voz interna que me nombra;
Polvo tenso.

Sé bien que no he escogido la materia
de este cuerpo tenaz, pero indefenso,
arrastro una cadena de cenizas:
polvo eterno.

Tal como yo han pasado las edades,
soportando la lucha de lo interno,
el polvo va tomando sus entrañas
de alimento…

¡Humanidad, del polvo experimento!

 

Por qué me desprendí

¿Por qué me desprendí de la corriente
misteriosa y eterna en la que estaba
fundida, para ser siempre la esclava
de este cuerpo tenaz e independiente?

¿Por qué me convertí en un ser viviente
que soporta una sangre que es de lava
y la angustiosa oscuridad excava
sabiendo que su audacia es impotente?

¡Cuántas veces pensando en mi materia
consideréme absurda y sin sentido,
farsa de soledad y de miseria,

ridícula criatura del olvido,
máscara sin valor de inútil feria
y eco que no proviene de sonido!

 

Viejas raíces empolvadas

Son mis viejas raíces empolvadas
la extraña clave de mi cautiverio;
atada estoy al polvo y su misterio,
llevo ajenas esencias ignoradas.

En mis poros están ya señaladas
las cicatrices de un eterno imperio;
el polvo en mí ha marcado su cauterio,
soy víctima de culpas olvidadas.

En polvorienta forma me presiento
y a las nuevas raíces sobresalto
he de legar, con mi angustioso aliento.

Mas conquistando el aire por asalto,
nada tengo que ver con lo que siento,
soy cómplice infeliz de algo más alto.

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La aritmética…


La aritmética alarmante
la matemática fría
la distante geografía
el álgebra desquiciante

la alquimia desconcertante
la glacial filosofía
la celeste astronomía
la teología enajenante

el ajedrez silencioso
el dominó misterioso
el deporte de la lumbre,

que es de los juegos la cumbre,
nunca podrán igualar
al deporte de pensar

 

Mi testamento


En estas líneas que con tinta escribo
te lego Juan de Dios mi testamento,
quede de testimonio documento
la palabra transcrita que transcribo

En estas letras dadas al olvido
infinitas, igual que el firmamento,
dejo mi signo, mi señal, mi acento
y te digo don Juan lo que he vivido

Y te digo don Juan cómo yo he muerto
Lego mis asombrosos abalorios
a la sombra del ávido desierto
y a la misa final de mis velorios
Y mi sangre la dejo al llano abierto
y mi gloria a los cielos transitorios

 

Ese Cristo…

Ese Cristo tan negro y vengativo
al que debo una deuda prometida,
permanece agónico y con vida
esperando mi tardo donativo

Ese Cristo de sangre fugitivo
prolonga su agonía desmedida
y su sangre está ya comprometida
con su cuerpo sangriento y abatido

Ese Cristo de noche a mí me sigue
y me cobra y me reta y me persigue
y su mirada eterna de agonía

a la luz de mis ojos desafía
Cubierto con un tápalo morado
es testigo de mi íntimo pecado

 

Me doctoré…

Me doctoré en masoquismos
también en jurisprudencia
me doctoré en la alta ciencia
de fabricar silogismos

y de inventar espejismos
Me doctoré en la vehemencia
de saber que la conciencia
sólo acelera los ismos

Me doctoré en teología
también en melancolía
Me doctoré en letras muertas

también en ciencias inciertas
Me doctoré en el amor
lo practiqué en Do Mayor

 

Shakespeare

Shakespeare me llamó genial
Lope de Vega, infinita
Calderón, bruja maldita
y Fray Luis la episcopal

Quevedo, grande inmortal
y Góngora la contrita
Sor Juana, monja inaudita
y Bécquer la mayoral

Rubén Darío, la hemorragia;
la hechicera de la magia
Machado, la alucinante

Villaurrutia, enajenante
García Lorca, la grandiosa
y yo me llamé la Diosa

 

He escrito dos mil sonetos

He escrito dos mil sonetos
y mil novecientas liras,
tengo un vestido de tiras
bordadas, y seis cuartetos

que escribí entre los abetos
En mis luminosos giros
hablé ya de odios y de iras
hablé de amores secretos

hablé de mapas y océanos,
de las palmas de mis manos
de los astros y los ríos

de mis cien mil extravíos
Pero es más lo que he callado
que lo que ya he publicado

 

Letanía de mis defectos

Soy vanidosa, déspota, blasfema;
soberbia, altiva, ingrata, desdeñosa;
pero conservo aún la tez de rosa.
La lumbre del infierno a mi me quema.

Es de cristal cortado mi sistema.
Soy ególatra, fría, tumultuosa.
Me quiebro como frágil mariposa.
Yo misma he construido mi anatema.

Soy perversa, malvada, vengativa.
Es prestada mi sangre y fugitiva.
Mis pensamientos son muy taciturnos.

Mis sueños de pecado son nocturnos.
Soy histérica, loca, desquiciada;
pero a la eternidad ya sentenciada.

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Retrato de Pita Amor - Juan Soriano

Retrato de Guadalupe Amor por el maestro Juan Soriano

 

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De lengua me como un taco

Ya han pasado poco mas de seis años y aún me encuentro inexorablemente atrapado en un proceso de adaptación cultural que, dicho sea de paso, me resulta gracioso. Y es que éste país se las arregla para mantenerme surprised a ratos, nostálgico en otros, pero entretenido… siempre. Aún me resulta imposible evitar la odiosa comparación entre mi vida aquí y la otra, tan diferente en México. Tampoco es que la diferencia en la paridad peso/dólar ayude. Pero la realidad se antoja mas compleja y abarca desde los más básicos detalles como; beberte una Coca Cola que no te sabe a Cola, hasta la necesidad de acostumbrarte a un idioma que no es «era» el tuyo.  Un día décadas atrás en un arranque de narcisismo mezclado con un toque de lucidez, cierto famosísimo pintor español anunció que nunca regresaría a pisar México, ya que; «no soportaba un país mas surrealista que sus pinturas». Y viniendo de un extranjero no me extraña, pero cuando es uno el extranjero «mexicano» viviendo en los United’s, la cosa cambia mi chato. 

Y probablemente se preguntarán, mis curiosos lectores, ¿cuál sería la primera diferencia a notar viviendo en los Estados Unidos? La respuesta además de fácil resulta obvia, la lengua es por mucho no solo el primero de los cambios, sino el más dramático. Porque no solo implica una sustitución del idioma a utilizar de forma genérica, sino además una deformación en nuestra propia lengua materna, la cual se ha visto dotada —muy a pesar de sus más conspicuos defensores— de transformaciones lingüísticas, gramaticales, fonéticas, ortográficas, semánticas, entre muchas otras “¿atrocidades?”. La lengua parece evolucionar a través de sus hablantes advirtiendo nuevos enfoques en el empleo de la misma. Resultando en el surgimiento de lo que muchos consideran, incluso, un dialecto nuevo. Pues ni tan nuevo, y es que resulta interesante de lo que uno se entera al indagar la historia del spanglish. Entonces te caen veintes que ni por asomo imaginabas, por ejemplo; que data de mediados del siglo XIX, cuando México pierde más de la mitad de su territorio frente a la naciente y expansiva potencia americana. Ya desde entonces los pobladores empiezan por adaptarse a un proceso de transculturación que hoy día continua. Incluso, se sabe de términos en spanglish que han dejado de usarse desde principios del siglo pasado, y con ello, se demuestra no solo la evidente y constante evolución de un sistema de comunicación único en el mundo, sino de una necesidad implícita derivada de una migración que no frena —y no tiene para cuando—. La diáspora latinoamericana parece no encontrar paragón en los tiempos contemporáneos; aunada a los muchos diferentes contextos sociales, históricos, políticos y religiosos que la rodean, nos ubicamos sin lugar a dudas frente a un interesante cocktail social y cultural tan embriagante como explosivo.

Como observarán, el temita lleva harta tela y no me alcanzarían ni los dedos ni las ganas para abordarlo por completo, pero si abundar en la importancia de estudiar un fenómeno de largo alcance y de muchas implicaciones geopolíticas en la todavía región económica más importante; Norte America. Hay un gran debate en ciernes, no hay duda de ello, y la moneda pareciera estar en el aire a favor de la comunidad latina. Imposible no estarlo cuando es Estados Unidos el segundo país hispanohablante de la tercera lengua del mundo, ¡ahí nomás! Imposible no prestar atención frente al crecimiento de una comunidad que exige, pero que aporta. Los Estados Unidos no serían lo que son sin los territorios antes mexicanos y sin la enorme diversidad étnico-cultural que posee. Sin embargo, es notable —desde mi punto de vista— la poca cohesión social que existe entre las diferentes comunidades raciales. Y hasta aquí una cuestión en la cual me es imposible evitar otra odiosa comparación. 

En México, por ejemplo, es visible la sincretización racial, social y cultural que se dio en épocas del virreinato y después, frente al opuesto sistema colonial de la entonces “en pañales” nación americana, misma que no sólo «no» impulsó una mezcla en sus diferentes poblaciones, sino que dichas diferencias permearon hasta nuestros días, dando lugar un país de enorme diversidad, si, pero de muy poca unidad. Con esto no quiero decir que en los temas —o problemas— de identidad racial son ajenos a la América Latina. Pero es un hecho que en el país del American Dream, se cuecen aparte. 

Algo que llamó fuertemente mi atención es la imperante necesidad del sistema americano por identificarte constantemente de forma racial, religiosa, sexual, lingüística, etc. Me parece no solo estúpida dicha manía tan incisiva, dando pie a los comunes estereotipos, sino el hecho de no contar con una justificación racional para ello. Pero en un país obsesionado con los datos y estadísticas termina por ser el pan de cada día. Así, pasamos a acostumbrarnos a la idea de tener que identificar a cada rato y en cada formulario —ya sea escolar, medico, laboral ¡vaya! de lo que sea— tu origen o procedencia, como si mi cara para ello no bastara, o tal vez mi aspecto nórdico —pero de la península yucateca— pudiese levantar suspicacias. 

Pero volviendo al tema de la lengua, y porque de lengua me como un taco, aún me parecen increíbles los miedos y complejos que la llamada lengua de Cervantes suscita entre algunos, muchos ciudadanos americanos… de los güeritos, pues. Parecieran no aceptar o comprender el país en el que viven ni su real composición. Pero, a decir verdad, poco o nada pueden hacer frente al desbordante número de 60 millones de hispanohablantes que habitan, trabajan, sueñan y se desarrollan diariamente en español. Parecen no entender el inevitable —y si muy necesario— debate lingüístico del que se ha evitado entrar a toda costa desde el congreso. Tarde o temprano, será la exigencia de una población con cada vez mayor presencia y un peso político-económico decisivo. Entonces, preparémonos mentalmente para un futuro similar al de tantas otras naciones lejanas e incluso vecinas como Canadá, donde coexisten oficialmente tanto el Ingles como el Frances. Que decir de algunas naciones europeas con hasta cuatro zonas idiomáticas distintas, pero todas oficiales. Tal parece que en ésta y muchas otras materias de vanguardia social, los Estados Unidos se quedan cortos de miras; algo impropio de la denominada primera democracia del mundo. 

En fin, es interesantísimo el choque cultural entre dos países que además de vecinos, poseen una historia común y un enlace comercial fortísimo: anécdotas hay para dar y repartir, pero para ello tengo que refrescar la memoria. Los invito a seguir leyendo mis impresiones en un país maravilloso, si, así lo creo, pero también de muchos contrastes. Y después de tanta verborrea ustedes preguntarán ¿Que tiene todo esto de positivo? Pues por mi parte, que llegué a vivir a un país del cual no creía su mentado sueño americano, pero entendí, y ahora lo comparto, que si es un país de grandes oportunidades; están ahí, a la espera de gente emprendedora y con los pies en la tierra, sin miedo a aprender y adaptarse a una cultura que, puede no gustarnos, pero es la que es, la que hay y la que nos da. 

Sigo sin creer en el sueño americano, pero al parecer, no me hace falta a mi ni nadie con la suficiente audacia. Hasta aquí ésta columna y…

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Mural de la Segunda Avenida en Belltown, Seattle, WA.

Por mi ventana… la tarde

Por mi ventana entra ésta tarde, y la otra de ayer y todas las que caben a través de los ojos de mi casa, donde lánguida se posa su blancuzca luz de ocaso, serena.

No entran las noches sigilosas ni las mañanas completas porque entreabiertas las persianas las hacen gotear, de a poquitos, filtrando una vastedad de espejos y prismas.

No entran nocturnas nieblas ni matinales vacíos en esta casa hecha para historias carentes de finales y principios, porque de tardes está hecho el presente, de cuervos trinos su lírica en tenue luz, rojiza plenitud de un sol que sueña despierto.

Cae dorada la brasa sobre el ventanal de entre mis cuencas, y escribo con la mirada fija a todos sus afueras; observando levitar fantasmales transeúntes cual asteroides en elípticas órbitas de un espacio-tiempo austral, constantes y repetidos de paradojas, en espejismos sus muchas vidas que resultan una contada mil veces en acertijos, pero vividas tan ignotas como las ilusas gotas de lluvia atrapadas anochecidas sobre el cristal.

Y otra vez, vuelve una luz-canto de ave murmurando otro relato.

Por mi ventana entra áurea la poética belleza del mundo, y en su silueta de tarde, atrapada, titubeante, me entrega todo su rosáceo esplendor.

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Relatos de mis múltiples infancias

Capitulo 3 – LA CASA DE LAS BUGAMBILIAS 

Ya no están las bugambilias; en mi antigua casa ya no están junta a la barda que nos separa de la del vecino ni alrededor del arco de la entrada, las preciosas bugambilias de mamá. Ni los teléfonos de hojas verdes gigantes enredados en los protectores de las ventanas. El patio ahora luce solo un triste gris de concreto y en él ya no cabe posibilidad alguna de rescatar mi pequeña caja de secretos, enterrada en el pasillo del antes jardín; con mis tesoros. La casa luce más chica y reducida. Los ladrillos rojos de la cocina parecieran haber mutado de color y la luz ya no entra igual por la ventana de la sala. Ahora me parece una casa hecha para enanos, ¿Cómo pude crecer aquí pensando que mi casa era la más bonita del barrio? ¿dónde están los muebles? ¿dónde mi alto librero? ¿A dónde se fueron todos? Este ya no es el que solía ser mi hogar.

De las bugambilias nunca descifré cual era su color. No eran rojas ni moradas ni violetas, eran más bien de un rosáceo indescifrable, aunque ya no importa por que ya no están. Se erguían en la entrada vanidosas, frívolas del intenso color de sus flores, sabiendo que eran las únicas en varias calles a la redonda. Una en especial era alta y en forma de arco, llena de espinas pero muy bien escondidas entre el verdor de sus tallos, de forma tan discreta, que no advertías aquella doble personalidad.

La casa se ubicaba sobre la calle Hacienda (la calle principal), por donde tenías que entrar rodeando una fuente y seguir derecho hasta la avenida Francisco Y. Madero. Mi pequeña casa era la No. 2 y estaba justo a metros de la esquina. La de a lado —que si era esquina— estaba cubierta casi completamente de verdes enredaderas, de pared a pared y de piso a techo, con un árbol de hojas verdes y amarillas en el porche, muy raro, por que nunca había visto uno igual. Esa era la casa de mis vecinos y mejores amigos Jimmy y Beto. Ya vivían ahí cuando nosotros llegamos y con ellos compartí este capítulo de mi infancia tan peculiar. San Antonio era el nombre del nuevo fraccionamiento y nosotros vivíamos en la primera etapa, antes de que construyeran el parque de “las canchas”, antes de la “tiendita de enfrente” cruzando la avenida, antes de las casas de tantos otros amigos con los que años después recorríamos juntos las calles de la colonia. Antes incluso de aquel terreno baldío y hundido (nuestro escondite) se convirtiera años posteriores en una cancha deportiva.

Jimmy y su hermano mayor Beto eran dos impetuosos, hiperactivos y muchas veces irrespetuosos malandrines, que representaban todo lo que yo jamas hubiese podido —y soñado— ser. Eran contestones como solo dos hijos de padres consentidores se podían permitir, más aún; consientes de su rebeldía la explotaban como sinónimo de fama por todo San Antonio y alrededores. Ser yo su vecino era una casualidad inesperada y ser su amigo me garantizaba ser parte del grupo, aunque no necesariamente popularidad, pero para esos dos yo completaba el imprescindible tercio de ases con el que aspiraban dominar los nuevos territorios. No recuerdo bien de que misteriosa forma logramos entablar tan exótica amistad, pero si recuerdo que ellos representaron para mi una aspiración personal, la primera.


“Es curioso como después de los años los recuerdos se transforman, saben y huelen diferente. En mi caso, llegan sin previo aviso y en forma de cuento, como esas lecturas en las que tenemos que inventarnos imágenes para darles vida, color y forma en nuestra mente; una mezcla de narraciones en primera y tercera persona. Al final, creo que hay honestidad en mis recuerdos, pero también resulta una interpretación de memorias y deseos ya diluidos junto a los recuerdos de otros. ¿Hay ficción en mi relato? si, hay algo de fantasía, de reproche y de verdad”.


Son muchas las memorias que saltan una tras otra cuando pienso en mi casa de San Antonio, y no es para menos, siendo ahí donde aprendería a manejar la bicicleta —por ejemplo— yo solito y en un valiente impulso con la pequeña y viejita bici de mi vecino. Mi padrastro había intentando enseñarme antes comprándome una preciosa bicicleta de montaña, pero olvidó —yo ya montado en ella— enseñarme a usar los frenos. Tampoco puedo olvidar nuestra obsesión infantil por coleccionar —o robarnos— los pequeños rosales de jardines vecinos, pensando que se trataban de arboles Bonsai como los que aparecían en la famosísima Karate Kid. Fue en esa casa donde descubrí como eran los cuerpos de los adultos desnudos a través de una revista porno de mi hermano. Fue ahí donde tuve mis primeras mascotas; una pecera, regalo de cumpleaños, hecha por mi padrastro a la que después llenamos de caracoles, una piedra caliza llena de hoyos —a forma de pequeños escondites— que papá Alfonso mismo taladró y plantitas varias de plástico. Sus primeros habitantes morían ya sea por exceso de comida o de cloro, pero con el tiempo me volví experto en el cuidado de mi pecera. Un gordo y casi deforme pez dorado y un largo y plano pez ángel color plata fueron mis consentidos, y vaya que podía pasar horas observándolos. Después llegaría una tortuga de tierra, que gustaba de vivir debajo de nuestra alberca inflable. Podía pasar semanas perdida y volvía a aparecer como si nada, hasta que un día de plano, no volvió a aparecer. Un par de pollitos ruidosos, de los cuales uno fallecería dramáticamente bajo el peso de mi hermano, y el otro, que crecería hasta convertirse en un gran pollo cagón e intolerable a los ojos de mi madre. Nos enteraríamos después de su final y condimentado destino en forma de mole a manos de doña Mary, su comadre. También tuvimos la efímera visita de un perro tipo lobo que andaba perdido por el barrio, una pareja de periquitos australianos que con su alpiste estropearon el hasta entonces parejito y bien cuidado pasto de mamá. Y por último, mis pericos. Uno del que casi no tengo recuerdos, pero al segundo, mi Paco, lo recordaré siempre.

Y es que era un perico sin igual, repetía cotorro y cotorrito, cotorrito de forma muy graciosa, aunque su palabra favorita —y aquí muero de pena, mis amables lectores— era la infame, prosaica y ordinaria palabra puto. Se daba el gusto incluso de repetirla —para la mayor de mis vergüenzas— en forma de ametralladora… puto, puto, puto, puto, hasta que se hartaba —¡pinche Paco!—. Pero yo lo adoraba y a pesar de su limitado y vulgar vocabulario lo cuidaba como la más preciosa de mis posesiones. Un día desapareció, sin más y yo me canse de buscarlo por toda la casa y varias calles a la redonda, Jimmy me acompañaba en la empresa de una búsqueda inútil, puesto que tres días perdido parecía demasiado tiempo. Entonces, cabizbajos, nos trepamos al árbol de su porche, cuando escuchamos algo, nos quedamos quietos, mirándonos fijamente y… puto, puto, puto ¡era Paco! pero como encontrarlo ¡coño! si el perico era verde y amarillo como el mismo árbol. Hasta que Jimmy lo divisó en una de las ramas más altas, no me importo y me trepe con mis miedos hasta la cima. Así, mi Paco contra todo pronóstico y en gran hazaña, regresó.

Su muerte representó el primero de mis duelos; hasta ese momento la mayor de mis perdidas y tristezas. Murió de una forma estúpida, tras ingerir jabón en polvo para lavar la ropa. Mi pequeña prima lo descubriría en el patio patas arriba y cubierto de hormigas. No era el final que yo esperaría para él, pero su funeral si lo fue, enterrado solemnemente en el jardín de mi casa y en el mismo rincón donde años después enterraría mi caja de secretos.

Por fortuna para un niño las heridas duelen menos tiempo, incluso se curan solas y tras pasar los meses, la muerte de mi querido Paco ya era solo un nostálgico recuerdo. Para esa época mi curiosidad había descubierto otros tesoros, que junto al recuerdo de mi grosero perico, me acompañarían toda la vida, mis libros.

Y es que no vengo precisamente de una familia lectora, salvo mi abuelo materno quien vivía en otra ciudad y Julian, mi padre biológico —y desaparecido— no contaba con mayor referencia para el gusto de la lectura. Pero sucedió, y fueron los libros de un alto mueble en sala de mi casa quienes me acompañaron a partir de ese momento. Los bajaba todos y me rodeaba de ellos sentado en el piso. Los ojeaba en un principio por sus ilustraciones, a veces por aburrimiento y después empece a leerlos —y disfrutarlos— por un placer inusitado. Aun no sé a ciencia cierta el por qué de su presencia, pero estaban ahí y los hice míos. Una colección de cuentos clásicos, una enciclopedia temática, otra de la historia de México, antologías poéticas y libros varios, ¡vaya! un poco de todo.

Fueron mis libros el refugio perfecto, el escondite de un niño tímido que luchaba contra si mismo. A través de ellos, me inventé los mundos necesarios para escapar a ratos de una realidad compleja. Y es que nunca tuve claro quien quería ser; antes tenia que saber o averiguar quien debía ser, y eran tantas cosas que hubiese sido muy útil manejar —a mis 6, 8 o 10 años— una agenda. Las comparaciones dicen que son odiosas y mi madre las usaba como dardos. Por si fueran poco me sabía diferente, en muchos aspectos, algunos muy dolorosos. Hoy sigo comparándome pero con todos los yo que quise y los que ahora quiero, puedo ser. Los libros, me ayudaron a entender la complejidad del mundo y a su vez, a comprender la mía propia.

Como ven, la casa de las bugambilias fue un hogar especial, lleno de experiencias, lecciones y aprendizajes. Lleno de recuerdos nítidos y otros confusos, que juntos complementan el rompecabezas de imágenes de un relato en constante cambio, una memoria variopinta, una historia en la que no se permiten ediciones…

…como las tuyas, las de todos.

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Arte – Rosa María Castaño Olivera

 

* El capítulo 4 será publicado en las próximas semanas *

 

Capítulos anteriores  

https://milenguanativa.com/2017/08/20/el-refugio/

https://milenguanativa.com/2018/01/09/nunca-te-fuiste/

 

Martina

Capítulo 1 – La travesía

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Cuentan los viejos árboles del cerro alto, que sucede lo mismo cada año en el mismo día, invariablemente, como sucede todo en el polvoriento pueblo de Santa Catalina. La única calle empedrada se viste de las flores de los cuatrocientos pétalos que llegan al mercado desde los campos aledaños, y entonces las casas despiden un penetrante olor a pan y a madera quemada. Después de la obligada misa del mediodía le sigue la procesión general al camposanto, donde los deudos limpian, comen y beben sobre las tumbas de los que ya no están pero que siempre regresan, cada año en el mismo día, invariablemente, como sucede todo en el polvoriento pueblo de Santa Catalina.

La familia Rodríguez era nueva en el pueblo, llegaron una noche abrazada por los calores de mayo a la casa de la vieja Agustina y jamás se volverían a ir. Con ellos venía un perro con un par de ojos de cacahuate y orejas de piloncillo, regordete como un algodón de azúcar, de esos que venden en las ferias de marzo. Chencho —como lo llamaban— era feo como la chingada y ruidoso como el tren de los sábados del mediodía. Le gustaba tomar el sol ardiente de la blancuzca tarde en la puerta siempre abierta de la casa, velando la siesta de la vieja Agustina, recostada en su mecedora aún más vieja. Comía todo lo que encontraba en la mesa sin vigilancia, desatando los airados gritos de la vieja o los escobasos de Martina. Rompía sin compasión zapatos, bolsas para el mandado y cualquier objeto que llamase su atención. Perseguía rapaz la curiosidad de los gatos y el hambre desorientado de una que otra rata camino a la fonda de la esquina. Para colmo, el perro gruñía a todo aquel que intentaba acercarse al niño de Martina, siempre envuelto en un sarape oscuro sin hacer otra cosa más que aparentemente dormir —cosa extraña— aunque con los habitantes de la casa, Chencho, el perro, era más dulce que un pan de canela.

Los Rodríguez, según cuentan también árboles de montes circundantes, venían de un pueblo del sur a nueve días de distancia, allá donde se dan las naranjas gordas y dulces dicen los marchantes, pasando el río chico donde exactamente a las 12 p.m. cruzan las culebras de agua dulce y finalmente el río grande, donde se pescan bigotones bagres todas la mañanas. «Tuvieron que rodear la hacienda de los Albores» chismean las comadres Clotilde y Gertrudis, ya que la gigantesca hacienda está cercada por un alto muro de piedras y púas vigilada por matones centinelas, rodeando y atrapando así todo el pueblo de San Martín de la Cruz. 

—¡Y que cruz! —lamenta Gertrudis—. Pobres! tener que trabajar en esa jodida hacienda toda la vida sin poder hacer otra cosa, ¡sin poder escapar, comadre! que vida tan desgraciada, ¡que vida!

—¡Mil veces malditos esos los Albores! —Agrega ya encanijada Clotilde.

—Fue necesario atravesar dos días en burro las colinas del valle de San Mateo, —comenta rasposamente el borracho Fermín—. Yo les digo que es imposible hacerlo a pata, ahí no crecen ni árboles ni nada y el agua… ¡hum! no hay nadita a kilómetros a la redonda.

—No pos sí, sin burro esta cabrón —afianzan sus mareados compinches.

—Y ese mendigo perro feo —refunfuña el piadoso y bien alimentado padrecito Don Pedro Elizondo—. No hace más que distraer a los niños de la parroquia y orinar las bancas.

—¡Y mis macetas, padre! —levanta la voz doña Cuquita—. ¡Ese cochino y condenado perro! hay dispense padrecito, pero siempre me orina las macetas y se come mis gardenias ¡mis azaleas!

—Pos dicen que se lo encontraron en el camino antes de llegar a Santa Catalina —chismosea la recatada Prudencia—. Debajo de un almendro a la orilla del riachuelo que cruza la finca de los Elizondo, de sus primos, padre… ¿no será de ellos?

—¡Pero que cosas dices, Prudencia! un perro de esa calaña en mi familia ¡ni lo mande Dios! —sentencia el padre en un levantar de ceja.

En efecto, fue debajo de un árbol, pero de un joven ahuehuete que buscando la sombra negada días atrás en el valle de San Mateo, los sedientos Rodríguez se toparon con el redondo y fastidioso perro. Acababan de entregar como lo prometido al tigrillo, uno de los muchos burros de la finca de los Elizondo, que entre sus muchos negocios estaba el de rentar las cansadas bestias para cruzar el mortal valle.

—Que gordo está —Dice la acalorada Martina recargándose en el tronco y recibiendo así, la primera sombra de muchos días—. Mira como nos mueve la cola, Dionisio, se ve que es requete juguetón.

—Y requete feo —Arguye Dionisio liberando sus pies de sus apretadas botas—. No te encariñes, mujer, que a duras penas tenemos pa’ nosotros.

—Pues ni modo que lo dejemos aquí, pobrecito se va a morir de hambre, mira como brinca el condenado, ¡mira! —Martina acaricia la cabeza del perro viéndolo directamente a los ojos—. Tas feo… si, pero se ve que eres leal y alegre y pos, yo hasta te veo bien chulo, mi Chencho.

—¿¡Chencho!? —Pregunta de un brinco Dionisio—. Que te digo que no le pongas nombre a ese animal que no es de nosotros, ¿que tal que es de la finca?

—Que va a hacer siendo de la finca si esta re descuidado, ¡mira! parece perro de rancho, flaco y panzon.

—Pos será el sereno pero yo no cargo con más bestias que las mías.

—Pos yo soy tu bestia, y vete viendo a ver quien te hace la merienda ahora que lleguemos… y ya ni me digas nada que estoy encanijada.

—¡Oh pues! —Se lamenta un apenado Dionisio.

Así pasaron las horas debajo de aquel gallardo árbol a la orilla del riachuelo. Los Rodriguez no tardaron ni diez minutos en buscarse la mirada y otros diez en hablarse con el tono de quienes se saben suyos, los unos a los otros como los árboles a la tierra, como el agua cristalina al cauce del riachuelo, como la luna misma a la noche primorosa. Fue jugando con las marcadas protuberancias en las manos de su esposo, que Martina lo convenció de llevarse al perro. Fue con un piojito en la cabeza de su señor, que Martina le confirmó que se llamaría Chencho, y fue, una hora antes del anochecer, que Martina ofrendó el más largo de los besos a un atolondrado Dionisio, sellando así el tácito pacto. Al final y faltando una hora antes de caer la nocturna neblina sobre el valle, los Rodríguez se levantaron para emprender el último tramo de su azaroso viaje. Dionisio llevaba consigo toda la carga mientras que Martina abrazaba en su rebozo a su inmóvil hijo, envuelto en un sarape oscuro sin ninguna extremidad a la vista, cual muñeco de trapo. Martina decidió entonces no amarrar al perro convencida de que si este los seguía, sería de ellos… y así sucedió.

……..

224067_144550_1Arte Fotográfico – Juan Rulfo

 

 

* El capítulo 2 será publicado en las próximas semanas *

 

A mi madre…

Un feliz Día de las Madres a todos. 

…..

Te dije lo que tenía que decirte pero sin aproximarte a la verdad por que no puedo, ¿cómo explicarte con mis memorias, mis pensamientos, mis múltiples infancias, mis fantasmas y tristezas todo esto que guardo, que yo mismo me sigo explicando?

¿Cómo narrar en nuestro lenguaje los miedos y glorias que te perdiste?

Me he preguntado muchas veces si algún día me conocerás como yo hubiese deseado, si alcanzarías a ver desde tu espejo mi reflejo, aunque la respuesta la tengo ya. Entonces, solo me resta llenarme de ti cuando te abrazo e imaginarme que fuiste la que necesité, y así quererte incluso un poco más de lo que ya te amo.

Aunque deje en el tintero la otra mitad de mi.

 

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Oswaldo Guayasamín

La Marcha Fifí

Resulta increíble como a veces las personas nos discriminamos solas, como una marcha puede sacar a relucir complejos y prejuicios muy interiorizados… que si el color de piel, que si las marcas que usan, que si esos que marcharon nunca movieron un dedo en contra de los regímenes anteriores (vaya a usted a saber si es verdad y tampoco es que interese), en fin, el punto es generalizar a diestra y siniestra sacando a relucir resentimientos y estereotipos, sin pararnos a estudiar —y discernir— la legitimidad de lo que se protesta. Peor aún, se deslegitima desde el poder y el grueso de sus votantes la voz de una oposición también con derechos, como ciudadanos, a actuar frente a los hechos que consideren inadmisibles e independientemente de su actuar en gobiernos anteriores. Pero al parecer, seguimos en un México de clases y los oprimidos reclaman no solo derechos, también el privilegio de una voz con mayor peso que la del resto. “Nos toca”, dirán.
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Pero, ¿Quiénes son los oprimidos? ¿Quién determina si eres o no parte del llamado “pueblo oprimido”? ¿Quién dicta si uno ha sufrido lo suficiente como para alzar tus derechos por encima de el de los demás? ¿Cómo determinamos nosotros —como ciudadanos— quienes ya no merecen el respeto a sus opiniones en pos de la justicia? ¿Está la justicia social por encima de la Ley? ¿En qué momento nos convertimos en jueces revanchistas?

Antes, era el México de pocos, de los privilegiados; ahora es el México de muchos, del llamado “pueblo sabio, pueblo bueno”, pero, la división continua y seguirá acentuándose por las acciones de un gobierno tuerto, manco y mudo que no invierte en impulsar una unidad nacional, por que “divide y vencerás” y suyos serán los votos de los que resulten mayoría. Aunque la consecuencia sea una población enfrentada, que más da. Aunque la corrupción de una cúpula continue las viejas prácticas frente a nuestras narices. Aunque se entronicen antiguos sátrapas, ahora amigos del poder en turno y no estemos dispuestos a levantar un ápice con tal de no dar la razón a los otros; los conservadores, los “fifís”, los enemigos del pueblo. ¿No nos estaremos equivocando de enemigos?

Al final, nuestro ideal de nación —y de justicia— sigue en disputa, donde diferentes bandos estiran con fuerza —y muchas veces rencor—, una cuerda que no da más. México sigue siendo un país no solo de enorme diversidad cultural, sino de añejas heridas y enconados desencuentros con nosotros, con los otros y al parecer hasta con los españoles. 

Por mi parte yo si tengo una cosa clara, no soy del llamado “pueblo”, no soy un “fifí” ni mucho menos un “chairo”. Tampoco pertenezco a la nueva elite de los “oprimidos” y ello no le resta —no debería— valor ni a mis derechos ni a mis opiniones como lo que si soy… un ciudadano mexicano. 

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Fotografía – Claudia Altamirano (Animal Político)