El Perro y la Luna

 

26-Perro, from Rufino Tamayo 15 Lithographs (P. 137), 1973

Inspirado en la obra del maestro Rufino Tamayo. 

Y yo estaré ahí, con la Luna, esperándote. Fue lo que le dijo la anciana Chata a su perro, el Trino, acariciándole la cabeza una noche de Luna llena. Aunque el Trino, carente de entendimiento en el lenguaje humano, logró intuir que esa imagen redonda y brillante a lo lejos, a la que llamaban Luna, estaba relacionada con su diálogo con la Chata. Esa noche fue especial por que comieron mucho. Por donde pasaran los humanos le daban comida y acariciaban su rechoncha barriga, su cola erguida como lanza y esas orejas de piloncillo -según la Chata-. Entonces ambos se acercaban a las tumbas llenas de flores y velas y humos. Ella se sentaba a dialogar con más humanos y el Trino la esperaba entre sus pies paciente. Ella lo presentaba y los humanos le sonreían, algunos niños corrían con el y lo perseguían, y el a ellos. Esa noche fue especial, por que comieron mucho, y por que la Chata estaba ahí con el… contenta.

El Trino no lo sabia pero en México esa noche también era especial para los humanos, lástima que dura tan poco, pensaría tal vez. Al amanecer todo seguiría igual debajo del puente. Las mismas caminatas de ambos buscando comida, las mismas peleas de ella con otros humanos de calles aledañas, las mismas horas en el piso de la parada de autobús esperando a recibir migajas, las mismas faenas eludiendo humanos molestos, esos que te patean a la menor provocación, esos que te avientan piedras, basura o agua sin motivos. Esos que no toleran que estés cerca de ellos. Aunque la Chata siempre estaba ahí, defendiéndolo. Y el a ella.

Hoy el Trino se levanta de un brinco, y no es para menos con semejante patada. Huye del callejón y corre pegadito a la pared por que le dan miedo los coches que pasan veloces y que han matado a tantos como el. Algo le gruñe en la panza y recuerda que tiene hambre, lo que ya no recuerda es cual fue su último bocado. Se siente cansado y se le nubla la vista a ratos. El ruido de la ciudad lo mantiene alerta. No sabe a donde ir.

De repente, un humano estira la mano y le da un trozo de pan, el Trino lo toma y corre a una esquina con el pan en el hocico, lo deja en el suelo y observa al humano con la cola y orejas para arriba, le lanza un trino. Así les llamaba la Chata a sus ladridos, que eran como los trinos -decía- de los negros zanates del parque al que siempre iban juntos. Entonces la Chata lo apretaba contra ella y le besaba las orejas y el negro perro le brincaba alrededor regalándole hartos trinos, como a ella le gustaban.

El perro come su pan.

La noche cae blancuzca sobre la ciudad, los coches se vuelven luciérnagas ruidosas y el frío arremete como cuchillos en los huesos del ahora flaco Trino. La vista ya no le alcanza para ver más allá de una calle y se sienta a esperar recargado en una esquina del centro histórico, como una gárgola más del centenario palacio. Ya no recuerda eso que ha intentado no olvidar, pero no olvida esperar, y espera. Así, pasan los tiempos que el tímido perro no sabe medir, solo los siente en sus pies, en su boca seca y las orejas que ya nadie toca. El trino suspira y observa los humanos caminantes y ciegos de el, de su atención. Algo lo guía tres calles arriba y encuentra una manada de perros rebuscando en los tambos de basura, los reconoce y se une a la búsqueda. No encuentran mucho pero emocionados juegan y se olfatean como tratando de convencerse de que están ahí y que están vivos. Un chorro de agua cae del cielo acompañado de gritos y la manada huye con la noche a cuestas. Esa noche el Trino regresa al puente y duerme debajo de el.

Transcurre otro día, pero en este la tarde languidece lenta y naranja como flor de cempasúchil. Los humanos se comportan diferentes, el entorno huele diferente. Un cansado Trino avanza con éxtasis un camino ya antes recorrido. Las plazas se llenan de voces y máscaras y puestos de comida, pero el animal avanza rápido, esquivando coches y multitudes, sin detenerse mientras la noche cae tibia sobre la calle. Por fin llega y el panteón luce lleno de flores y velas y humos. El Trino merodea entre tumbas y humanos y come de los restos que caen, que le avientan, que encuentra pisoteados entre los pasillos. Algo recuerda y lo siente en su pecho, pero no sabe que.

Avanza de nuevo, esta vez hacia el puente. Y al llegar, observa una Luna gorda y luminosa posarse por encima de los arboles y entonces parece recordar. –Esta ahí, –se dice. Lanza trinos llamándola y dando vueltas sobre la calle solitaria, sollozando. La Luna le contesta destellante y el viejo Trino busca refugio debajo del puente, no esta triste, solo impaciente y se acuesta a esperar.

Ya no despertará.

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Perro de Luna – Rufino Tamayo

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