Una carta que ha trascendido a través del tiempo y nos invita a la reflexión.

En 1854, Franklin Pierce, “el Gran Jefe de Washington”, hizo una oferta por una gran extensión de tierras indias, prometiendo crear una “reserva” para el pueblo indígena. La respuesta del Jefe Seattle, publicada según una versión que se atribuye al guionista americano Ted Perry, más allá de su extraordinaria belleza, se ha convertido…

a través de Carta del Jefe Seattle — Seattle Escribe

Una carta que ha trascendido a través del tiempo y nos invita a la reflexión.

En 1854, Franklin Pierce, “el Gran Jefe de Washington”, hizo una oferta por una gran extensión de tierras indias, prometiendo crear una “reserva” para el pueblo indígena. La respuesta del Jefe Seattle, publicada según una versión que se atribuye al guionista americano Ted Perry, más allá de su extraordinaria belleza, se ha convertido…

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Nunca te fuiste.

 

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Acróbata y joven arlequín

 

A mi padre

El cuarto día de un enero de hace 10 años murió Julian -mi padre- del cual guardo pocos recuerdos, según yo ninguno bueno. Recuerdo, por ejemplo; una mañana de mi niñez a la abuela Mercedes levantándome con prisas advirtiéndome que papá había venido por mí para llevarme al cine, ¡al cine! entonces yo me levante veloz y feliz y me vestí de inmediato, pero al salir de mi recamara lo vi a él – a Julian- parado en la sala esperándome como la más fría de las columnas, revivo mi tristeza y decepción por que a quién yo esperaba realmente era a papá Alfonso, el hombre que me había educado como su hijo desde que Julian nos abandono. La confusión de la abuela me supo amarga. Recuerdo que ese día me llevo al cine y a comer como lo prometido, y también que pase una tarde por de más extraña, deseando a cada minuto que terminara. Nada me ataba ya a él, nada en su voz me era familiar, ya no éramos padre e hijo y después de tan desafortunada tarde no volví a saber de él en años, como de costumbre. Julian se convirtió así en un recuerdo difuso, áspero, una imagen vaga que no coincidía en mi historia, la foto enmohecida en un álbum brillante de recuerdos. Y aún parecen vivir lucidas en mi memoria las ultimas veces que lo escuche  -varios años después- cuando vivíamos de punta a punta, yo en Los Cabos y él en Cancún.  Al principio Julian buscaba conversación pero yo propiciaba no hablar con el más de lo necesario, era tan raro escucharlo llamarme hijo. Las últimas veces solo lo saludaba con la debida cortesía para pasarle velozmente el teléfono a mi tía -su hermana- con quien yo vivía en los tiempos relatados. Para aquel entonces todos sabíamos que sufría una intensa depresión y que incluso había buscado acabar con su vida en varias ocasiones. Su voz se escuchaba pausada, melancólica, como arrastrando en cada frase el peso de su tristeza, pero a mí ello poco me importó, lo más que podría sentir por el era lástima. Creo que él presentía su final y a los pocos días recibí una última llamada… había muerto.

Es curioso como el tiempo cambia las perspectivas, y al hombre que un día odie por no recibir de el más que indiferencia, hoy le agradezco con la humildad que “no” me caracteriza parte de lo que soy. A veces, me descubro viéndolo en el reflejo de mi espejo y me doy cuenta que de el guardo más de lo que yo hubiese imaginado y peor aún, de lo que yo hubiese querido admitir. Que más allá de un parecido físico se esconden miedos, fortalezas, debilidades, talentos y sueños compartidos. Entonces creo entenderlo, creo reconocer sus fantasmas, sus razones, lo compadezco y me compadezco a mí por juzgarlo, por odiarlo, por no buscarlo cuando quise y quisiera entonces sentir sus manos, abrazarlo, exigirle a gritos un “por qué” y entregarle sin explicaciones un “te perdono”. Decirle que el vive en mí aunque yo no quiera y que a través de mí vivirá en mi descendencia, en mi memoria y en mis letras.

Hoy, su imagen no me parece tan difusa, ya no me resulta extraño llamarle padre, hoy mi historia con el ya no duele tanto y la integro -nuestra historia- al rompecabezas de mi vida como la más inevitable y necesaria lección. Pero la vida vaya que se empeña en sorprenderme todavía y así, el único recuerdo bueno que guardo de mi padre nació a travez de su muerte, con los libros que me dejo como herencia. ¡Una total sorpresa! Una herencia que no esperaba como nunca espere nada de él. Tal vez su intuición se lo dictó, tal vez me conocía más de lo que yo alguna vez pensé, tal vez fue el peso de la sangre o una relación cósmica, tal vez es solo mi imaginación, un deseo oculto, un dulce y necesario auto-engaño, un perdón a destiempo, tal vez…

…..

Aún guardo conmigo los libros que me diste 

junto a todos los abrazos y besos negados,

guardo en años de recuerdos tus ausencias,

el impulso de tus sueños

y el peso de tus fracasos.

Guardo con mi madre todas tus caricias,

 la protección de tus brazos en los de mi hermano,

todavía tengo de ti, papá

el mismo pelo negro, salvaje y ondulado

el mismo diente chueco, tu reflejo en mis espejos, 

tengo tu altives

y el egoísmo de tus actos.

Aún guardo el tono de tu piel en la mía

y el apellido que me diste sin usarlo,

todo el amor que no te di, todo el calor de mis manos

y en mi memoria

tristes aún habitan tus ojos,

tristes aún resuenan las voces del naufragio.

En un cajón del ropero viejo de mi infancia 

guardo celoso las risas y los llantos

  y nuestras mejores fotos juntos, mi padre

extraviadas

en un tiempo que solo existe entre memorias inventadas

y nostalgias del pasado.

…..

Tú, me debes un padre y yo aún te guardo un hijo.

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Muchacho con pipa

 

Obra pictórica del maestro Pablo Picasso (periodo rosa).