El Refugio

Un incontrolable entusiasmo me invadía, quería ver por la ventana del coche todo el tiempo y entonces aparecía, el arco y era tan alto! según yo; que tan solo era un infante. Al entrar en la casa varios perros nos recibían, a veces ninguno, pero lo que mas recuerdo es el olor, tan característico que se impregnaba en mis pulmones, la piel, la ropa y sospecho que hasta en la memoria por que aun siento olerlo en mis recuerdos. Entonces salía; alto, robusto, moreno y gritón, el abuelo. Su voz retumbaba en el piso como un trueno, rasposa como lija y dotada de una carcajada desafiante y atrevida, nos recibía a besos, a abrazos que sabían a bruscos apretones y entonces venia lo inevitable, nos rodeaba con sus brazos de árbol para evitar nuestra huida y nos comía las orejas a mordidas con sus dientes desgastados y filosos, nos hacia gritar pero su risa era contagiosa y sus cosquillas interminables, así nos recibía el abuelo a nosotros, sus nietos.

*A tierra húmeda, coco y aguacate, 

a palma y madera, carbon de anafre

huelen mis recuerdos, huelen incesantes*

Don Alfonso Arjona y Zetina había para aquel entonces fincado su residencia en un pequeño pueblo llamado Bacalar (Bakhalal en maya) al sur del estado de Quintana Roo y muy cerca de la capital, Chetumal. Nosotros, su familia mas cercana vivíamos a tan solo cinco horas en coche y procurábamos visitarlo a menudo. Mis recuerdos son muchos, algunos difusos y otros nítidos como los azules y verdes de la laguna misma. Sus cuentos de serpientes marinas que me hacían observarla desde el mirador de la casa largos ratos buscando una señal, tan solo una de la existencia de semejantes criaturas. Sus relatos de piratas atacando el fuerte de San Felipe y de sus naufragios con baúles llenos de oros y riquezas esperando ser descubiertas. Sus historias acerca de la procedencia de los Arjona en Europa y el Oriente. Sus poesías, sus escritos de viejo melancólico que de alguna forma, me recuerdan tanto a la mas nostálgica imagen que guardo de Ernest Hemingway.

*De selva mística y piedra,

de tierra negra y negra la sombra de tus arboles

de jade y turquesa tus aguas, tus aves,

de madera y fango y letras tu sangre,

Bacalar*

De mi abuelo herede esa quijada puntiaguda, si… esa que hace verme chueca la cara en cualquier foto, su tono de piel de azúcar morena mezclada con canela molida, sus manos largas y expresivas de pianista ¡infinitas! surcadas por protuberantes ríos de sangre hirviente y letras; aún mas hirvientes. Sus entradas en la frente gigantescas ¡monumentales! que francamente hubiese preferido heredar dinero, pero también herede parte de su ser, su cinismo, su inteligencia, el trueno de su garganta y ese amor propio que lo hacia tan egoísta, tan el, tan don Alfonso.

*Soy piel de tu piel, voz de tu voz

de tu huella fértil ascendi

buganbilia en flor*

El Refugio era su casa, su palacio y en el el te recibía ese arco en la entrada tan inolvidable, la casa estaba rodeada de jardines, arboles por aquí y por allá, de repente sus escalones de piedra te invitaban a entrar y un pasillo de serpiente con columnas y techo de bambú te guiaba a la recepción, no sin antes apreciar ese jardín interior encerrado en una especie de cerco de madera que lo protegía. El comedor era grande, con un pequeño teatro al fondo y en sus mesas de madera con sillas de hierro y colchones rojos disfrutábamos una de las tantas dotes del abuelo, la cocina. La casa fungía como hostal y para tal motivo contaba con numerosas habitaciones, la cocina era amplia y desorganizada y en ella el abuelo pasaba muchas horas, a veces pienso que mas que una cocina era su taller y que de ahí emanaba ese olor característico que al Refugio distinguía, a veces me parece verlo sentado a media noche en su cocina-taller mezclando hierbas y brebajes, conjurando con el pasado y pactando con las estrellas el incierto futuro, pero algo me dice que no lo consiguió; las estrellas ya estaban muertas. En el pueblo lo llamaban don Tarot ya que leía las cartas cual místico brujo maya, yo mas bien creo que era un charlatán, pero tenia el don de la palabra y con su voz las lanzaba filosas cortando el viento, cambiando mentes y definiendo destinos. Pero lo que mas yo aún recuerdo era el mirador de la casa, redondo, alto y con una vista que arrebataba el aliento, su alta palapa nos protegía del sol, la lluvia y de la vida misma, parecía que ahí el tiempo transcurría lento y seguro, me gustaba sentarme en el barandal de piedra incrustado con ojitos de turquesa y soñar, soñar que era yo, el rey de ese castillo.

*En aquella casa de arcos y palapas

vive un pájaro brujo de altos vuelos,

dígame, don Tarot, si el aún me ama, 

pero si no, no diga nada, que yo

de amor… me muero*

Casi siempre al otro día bajábamos en estampida hasta el muelle, la casa se ubicaba en lo alto y un camino de tierra empinado nos dirigía a la laguna de mar, para mi era como un mar por que esos azules no correspondían a los de una simple laguna. Teníamos que llegar hasta el final del muelle ya que la orilla era fangosa y yo temía desaparecer en el fondo de ese lodo amenazante. Clavados, muchos clavados, nadábamos hasta hartarnos y a veces, el abuelo nos paseaba en su lancha por toda la laguna presumiéndonos sus dominios, sus reinos con sus conquistas, las brechas que abrió a punta de machete y su orgulloso barco de piedra en el canal de los piratas, donde pretendía algún día poner un restaurante. De regreso le gustaba jugar a mover la lancha violentamente de un lado a otro y a que nos hundíamos como sus cuentos de piratas y solo ahí, en ese instante… creía odiarlo.

*Cántame laguna bonita, un bolero de azul  y verde melancolía*

Cuenta la historia, la de mi madre, que el abuelo era un bohemio, cínico y desvergonzado, carismático, audaz y soñador, cariñoso cuando su orgullo se lo permitía, hombre visionario de arrebatados impulsos, machista pero encantador, padre ausente, un zanate rechoncho de vuelos altos y penetrante graznido, que podía posarse igual en los zapotes como en los framboyanes, egoísta… ya lo dije y gastalon como el solo, apostaba tanto dinero como propiedades, así lo perdía todo y así de la nada, lo recuperaba. Se cuenta, que el dinero que ganaba era tanto que tenia que guardarlo en latas y esconderlo en diferentes rincones de una de sus casas para luego, con su alma embriagada de noche y alcohol regresar a vaciarlas y gastárselo en… da igual. En Veracruz vivían sus mujeres, sus hijos y el groso de su familia. En Bacalar solo el con sus espíritus, sus demonios y la última de sus esposas. Los Faroles y Antojitos Arjona fueron los nombres de sus restaurantes, en los que mi madre y sus hermanos junto a su familia adoptiva trabajaron día y noche, sin descanso y cuyos esfuerzos fueron la base misma de la construcción del Refugio, ese que hoy pertenece a manos indiferentes.

*Fuiste ave de alas anchas, Alfonso, muy anchas

pero de vuelos cortos, Alfonso, de vuelos cortos*

Mi abuelo hablaba mucho, demasiado, sus ojos eran grandes como dos frutos del almendro y se agrandaban aun mas hablando de la laguna, del pueblo y de como su casa fungió como primera casa de la cultura y casa del escritor, de sus noches de tertulias con empresarios y políticos hoy encumbrados, de como un día llego un joven descalzo desde Belize, el mismo al que luego vio convertirse en gobernador del estado. Hablaba también de Veracruz, de la blanca ciudad de Merida y su familia a la que dejo siendo muy joven para recorrer México, de Victoria, de Jose y el resto de sus hermanos y de su familia adoptiva los Rodriguez y solo un día, uno de los últimos, hablo de ella, a la que él en sus recuerdos o mentiras llamaba Teresa; mi abuela, la que fue el amor de su vida, la que llego en un barco a México de quien sabe donde y se fue dejando un aura de misterio, tres niños y un corazón roto. Entonces descubrí que el abuelo también lloraba y que los ojos de mi madre le recordaban a ella, el mas amado de sus ayeres.

*Te perdono mis noches de madrugada y sal

mis lunas de lamentos, mis olas tristes de mar.

Te ofrendo, si regresas, mis cantos de quetzal

y un barco de piedra en la laguna de Bacalar*

 A veces pienso en el abuelo como un amigo cercano, alguien con quien comparto tantas similitudes que, de repente, me lo imagino vivo, sentado bajo la palapa grande del mirador viendo su laguna, y yo con el, el con su risa y yo con la mía, ambas descaradas, atrevidas alborotando la noche y las palmeras del trópico. A veces lo extraño como extraño su casa, mi castillo, ese Refugio con sus pericos despertándome en la madrugada, con nosotros sus niños corriendo en los pasillos escondiéndonos bajo arboles de papaya, de orégano y de limón, matando bichos, descubriendo rincones y escondites, y si… aún me veo acariciando esos ojitos de turquesa con mis pequeños dedos, imaginándome venciendo a los piratas, a las gigantes serpientes y llevándome en una larga lancha todo el tesoro conmigo.

 

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